CULTURA | 02-02-2022 15:03

Fernando Savater: “El talento más alto también procrea retoños deformes y criminales”

Reproducimos dos artículos del último libro de Fernando Savater que sale este mes, "Solo integral". Sobre la cancelación y la pandemia.

Los dos artículos que publicamos a continuación son parte del volumen “Solo integral. Una vuelta de tuerca a sus mejores ideas” (Ariel) que llegará en febrero a las librerías. Allí, Fernando Savater recoge las columnas de 300 palabras que escribió todos los sábados para el diario El País y un comentario de casi igual extensión agregado en tiempos actuales, para la edición del libro, con el subtítulo “Col tempo...” (“Con el tiempo”). Aquí los textos:

 

Solo integral

Infección

El talento más alto también procrea retoños deformes y criminales” (27 de enero 2018).

El problema moral que plantean los panfletos antisemitas de Céline no es si Gallimard debe o no reeditarlos, sino cómo comprender que hayan sido escritos por la misma mano que compuso “Viaje al fin de la noche”, una de las grandes novelas europeas del pasado siglo. Yo he leído esos panfletos, cuyo título no pienso repetir, que se consiguen por internet sin mayores dificultades. ¿Acaso puede hoy prohibirse un libro, cuando cualquier mercancía está a un clic de ordenador? Quizá una edición regular de venta en librerías borraría parte del aura maldita que los rodea y los hace más tentadores (mejor no hablar de unas posibles notas críticas, en las que algunos confían como en la pareja de la Guardia Civil que flanquea al peligroso maleante). Porque esos panfletos son repulsivos: tan convulsos y desquiciados que, si el tema no fuese serio, darían risa. Pero a su modo son imprescindibles para entender nuestra época, en la que de lo mejor puede brotar lo peor y el talento más alto también procrea retoños deformes y criminales.

Céline escribió un breve ensayo biográfico sobre Ignaz Semelweiss, un médico que a comienzos del siglo XIX descubrió el modo de evitar las fiebres puerperales que mataban a tantas parturientas (lo editó Alianza, traducido por García Hortelano). Bastaba con lavarse bien las manos y también los instrumentos que se utilizasen en el parto. Pero en aquella época anterior a Pasteur, esta sencilla solución resultaba increíble y los colegas se burlaron de Semelweiss. Entonces él, para convencerlos, se hirió con un bisturí empleado en una autopsia, infectándose mortalmente. Me pregunto si Céline no hizo otro experimento semejante, contaminando voluntariamente su escritura con los peores miasmas del siglo para ponernos en guardia contra la infección política de la historia. (27 de enero de 2018).

Louis Ferdinand Céline

Col tempo...”. El tema de cómo talentos que levantaron algunos de los monumentos intelectuales más duraderos de nuestra época pudieron perpetrar también páginas abominables, antihumanas, sigue escandalizando hoy tanto como hace cincuenta o cien años. No se trata de ejemplos de la más bien risible cultura de la cancelación de nuestros días, que trata de castigar a título muy póstumo a personalidades emprendedoras de hace varios siglos por no compartir los prejuicios de la madre Teresa o Greta Thunberg. El caso de Louis-Ferdinand Céline o, casi dos siglos antes, el del marqués de Sade, son distintos: no se puede decir que lo escandaloso de su forma de pensar o de escribir fuese reflejo de una época diferente a la nuestra porque también chocaron con sus contemporáneos. El marqués de Sade fue perseguido y encarcelado por sus obras, y hoy, a pesar del triunfo de la Ilustración, no recibiría mucho mejor trato si fuese un escritor actual. Al contrario, le beneficia el respeto histórico que le convierte en una especie de clásico, lo que le asegura una cierta veneración. En realidad, el sadismo y el antisemitismo son repulsivos y no merecen ninguna disculpa. Pero hemos aprendido (salvo los fanáticos, es decir, los que se niegan a aprender) que podemos disfrutar una obra de arte de manera discrecional: gozar de su forma, aprender de su originalidad, tonificarnos con su brío estilístico pero sin dejarnos pinchar por sus espinas venenosas. Esto puede resolver el tema respecto a nuestro trato con la cicuta literaria: paladearla pero escupirla antes de que nos infecte. Se mantiene sin embargo el enigma de cómo en el mismo creador pudieron darse las cimas luminosas y los fétidos charcos; eso ya no pertenece a la historia de la literatura o el arte, sino a la inescrutable fisiología del alma.

Arrepentimiento

¿Cómo seremos después de la pandemia? Ojalá hayamos aprendido a quejarnos menos y disfrutar más” (18 de abril de 2020). En mi adolescencia de colegio religioso solían llevarnos a ejercicios espirituales: tres días encerrados en una residencia, sin salidas ni visitas, escuchando homilías sobre las desventajas de morir en pecado y las incomodidades del infierno. Teníamos ratos dedicados a la meditación, a la que nunca he sido aficionado, que yo ocupaba con ocurrentes pensamientos impuros y prácticas nefandas. El objetivo del retiro espiritual era despertar el propósito de enmienda y cambiar — a mejor, claro— nuestras vidas. Conmigo nunca funcionó. En vez de recordar con santo rechazo mi pasada existencia pecaminosa, no veía el momento de salir de la clausura y volver al culpable paraíso.

Ahora vuelvo a estar en un encierro purificador similar: contra malicia, milicia, toca regenerarse. Tampoco creo que surta efecto. Predicadores de ambos sexos nos dicen cómo debemos limpiar nuestras costumbres, abandonar el consumismo, reconciliarnos con la naturaleza que tanto nos ama, renunciar a los caprichos del yo y entregarnos a los deberes del nosotros. Hablan en plural (“debemos cambiar, no podemos seguir...”), pero es evidente que se refieren a los demás, porque ellos/ellas siempre estuvieron preparados para el santo advenimiento, listos para cuando la plaga les diese la razón. Entonan himnos a lo público, de cuya necesidad es difícil dudar con peste o sin ella, pero abominan de los empeños privados que precisamente ahora se están revelando como indispensables para la salvación social. Si son más tontos, nacen con asas. ¿Cómo seremos después de la pandemia, además de mucho más pobres? Ojalá hayamos aprendido a quejarnos menos y disfrutar más. O como ha dicho Marta Sánchez, pensadora más aguda que Agamben y Žižek: “Espero que no tengamos miedo a ser los de antes”. (18 de abril de 2020)

Abrazo

Col tempo...”. Ahora que gracias a las vacunas y a que muchos han pasado ya la epidemia el final efectivo de la pesadilla covid parece estar realmente a nuestro alcance, las recomendaciones de cambiar penitencialmente de forma de vida se hacen menos apremiantes. ¡Fuera máscaras (y mascarillas)! Queremos volver a mezclarnos con los otros, a besarlos, a abrazarlos, a sobarlos lo más posible a poco que lo merezcan y a dejarnos sobar por ellos. Vivir humanamente es vivir achuchados y achuchando, olvidarnos del “pathos” de la distancia, ese prejuicio altanero que predicaba Nietzsche. También queremos reanudar nuestros alegres vicios, el consumo de los regalos que nuestra época nos hace, sus herramientas maravillosas, sus viajes, sus parques de atracciones y la atracción demasiado tiempo postergada de pasear libremente por cualquier parque. Y, desde luego, queremos reiniciar los trabajos de los que tanto nos quejábamos y que hemos aprendido a añorar como lo más parecido a nuestro destino en este mundo: trabajar, producir, construir, vender y comprar, regresar jubilosos al comercio de la carne y de la vida. Hemos vivido todos esta pandemia como un largo acontecimiento insólito que ha trastocado nuestras vidas, pero la verdad es que no ha habido generación desde que la historia guarda registro de nuestras sociedades que no haya conocido una pestilencia parecida, más o menos letal. Nos hemos ido haciendo humanos a golpe de epidemias, catástrofes y guerras. De ellas no se puede sacar otra lección que mayor determinación para afrontar las próximas plagas. En cuanto al arrepentimiento..., ¡ojalá lleguen a arrepentirse los virus cuando se convenzan de que no pueden con nosotros!

 

El libro

Sumido en la depresión por la muerte de su esposa, Sara Torres, en 2015; Fernando Savater creyó que nunca más volvería a escribir. Pero un editor de El País le propuso hacer una breve columna de 300 palabras los sábados, y la brevedad fue el atajo para regresar al oficio de toda su vida.

Así este filósofo vasco nacido es 1947, retomó el debate con sus temas preferidos: el nacionalismo, la política española, la cultura. El nuevo volumen se llama “Solo integral” (Ariel) en referencia a la escalada “free solo”. Pero Savater está de nuevo acompañado. Karen es el nombre de su nuevo amor, al que dedica el libro.

 

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