ECONOMíA | 13-04-2021 19:03

Bajo la sombra del crecimiento

La economía argentina sigue sin orientarse a un shock de desarrollo, el único que podría mover la aguja del empleo y por lo tanto, de atacar la pobreza.

No es una novedad que la economía argentina enfrente, desde hace mucho tiempo, el síndrome de la frazada corta: nada alcanza para abrigar bien, todos los sectores quieren quedar bajo resguardo, pero es inevitable que, bajo esa lógica, queden partes afuera. Y también desde hace unos años la fórmula repetida una y otra vez para superar ese problema fue siempre la misma: el crecimiento.

Así, la fórmula saladora se fue repitiendo casi como un latiguillo. Todas las cuentas cerrarían, inevitablemente, con un poquito más de PBI. No convenía proponer un ajuste en el rojo fiscal, porque el aumento del ingreso elevaría la recaudación y así se cerraría solo el agujero negro del Tesoro. Tampoco valía la pena rediseñar el gasto social porque encontraría su lugar luego de saltar casi 10% en menos de dos décadas. Incluso cada jurisdicción local encontraba en el atajo del crecimiento una coartada para el gaste ahora, pague después.

Sin embargo, el crecimiento económico es, a su vez, causa y efecto de otras decisiones de política económica y estas, a su vez, muchas veces de elecciones políticas que tienen efectos en el largo plazo muy diferentes a los previstos para la próxima elección. Que las finanzas públicas argentinas, aún desde la época de la Independencia fueron siempre caóticas y forzaron defaults desde tiempos remotos. Pero también es cierto que, como recuerda uno de los estudiosos de la historia económica argentina, Roberto Cortés Conde, las altísimas tasas de crecimiento desde antes de 1880 fue diluyendo las quiebras bancarias, la crisis de la deuda y tantas malas praxis de los ministros de turno. En el corto plazo, la máxima que una buena cosecha acomodaría todo era engañoso: era el último eslabón (azaroso) de una cadena en la que el cálculo económico hacía lo suyo, evidenciado en una altísima capitalización de la economía. El final de la película ya es conocido: cambió el orden económico internacional, se impulsaron ideas de autarquía cuando el flujo comercial comenzaba a expandirse, pero, sobre todo, la dirigencia no encontró nunca un modelo superador al que había colapsado.

Con la certeza estadística que 42% de la población, en promedio, está por debajo de la línea de la pobreza por ingresos (aún más si se consideran otros aspectos relevantes del bienestar) la solución que volvió a surgir es la que solo el crecimiento económico ayudaría a bajar esa cifra en forma sostenible. Y eso no es equivalente a un rebote en las variables económicas como las que están ocurriendo: el 10% estimado de caída del PBI durante el fatídico 2020 sería recuperado, en parte, con un hasta 7% de aumento durante este año y recién encontraría el nivel de 2019 (luego de dos años de recesión) en 2023. Eso, suponiendo que el Covid no obliga a una paralización mayor de actividades, que en el sector externo no hay estrangulamiento de la producción y que la inflación puede mantenerse lejos de la híper. Todos ellos fuertes supuestos que obligan a replantear el caballito de batalla que los economistas venden a los políticos cuando tienen que consensuar decisiones. La historia económica del último medio siglo, al menos, debería reenfocar el rol del crecimiento económico: no ya como la palanca mágica de la economía, sino como un objetivo prioritario de toda la política. No entenderlo es condenar al futuro a seguir alimentando el conflicto en la distribución del ingreso en un juego de suma negativa.

Esta prioridad debería servir como un paradigma bajo el cual se deberían orientar decisiones de corto plazo, iniciativas legislativas en materia tributaria, laboral y comercial. Un verdadero mecanismo de relojería que debería ser puesto en marcha al mismo tiempo que las urgencias emiten sus cantos de sirena para las soluciones tribuneras. Los economistas sólo pueden llegar hasta el umbral de esta sala de máquinas, indicando cuál es la radiografía y el diagnóstico. La política, que al menos desde 1983 reclamó el monopolio de las cuestiones estratégicas en materia económica, cargó su mochila con esta responsabilidad.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

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