ECONOMíA | 07-02-2022 14:30

Por qué el acuerdo con el FMI no basta

Eludida la ruptura total, continúa la incertidumbre sobre cómo se alcanzarán los compromisos y metas convenidos con el Fondo.

El Excel resiste cualquier prueba. La frase, pronunciada en el universo económico no hace más que referir a una realidad que combina voluntarismo con patear las soluciones para adelante. “Hemos llegado a un entendimiento sobre el marco para la implementación de la política monetaria como parte de un enfoque múltiple para enfrentar la alta y persistente inflación”, decía el comunicado oficial del Fondo Monetario Internacional (FMI). Por eso, se presenta un desafío mayúsculo: que las metas establecidas en ese primer esbozo puedan llegar a convertirse en metas operativas para el diseño de la política económica a partir de ahora.

La divisoria de aguas se dio en el campo político entre quienes veían necesario un acuerdo y quiénes lo creían un lastre para la reactivación de la economía argentina, sumergida luego de tres años consecutivos de recesión (la última caída fue de más de 10% en el pandémico 2020) y un inicio de recuperación el año pasado. Pero nadie lo ve como un paso suficiente para iniciar, por fin, un ciclo virtuoso de desarrollo.

Grieta futurista

“Falta el plan de vuelo y cómo se va a instrumentar. Pero descomprimir para no entrar en default ya es positivo”, subraya Eduardo Fracchia, director del área de Economía del IAE. A su juicio, la decisión implica apostar por “un guiño a los mercados, algo de ajuste fiscal, contención de la inflación, leve crecimiento, licuar un poco la deuda, actualización de tarifas entre otra.”, un mix de realismo económico que frena el deterioro y que incluso le puede dar una luz de esperanza a Alberto Fernández en el desafío electoral de 2023.

Camilo Tiscornia, socio de C&T Asesores Económicos también ve algo positivo evitar el “desbarranque” de la economía al confirmarse el “entendimiento”. A su juicio, a pesar de que hace un tiempo se descontaba un acuerdo para noviembre o diciembre, como tarde, “la estrategia de seguir tirando la cuerda se terminó con el susto provocado por el bajo nivel de reservas que complicaba la situación mucho. Pero la novedad de Máximo Kirchner renunciando, no ayuda a bajar el riesgo”, completa.

Otros, en cambio, ven en esto como una forma de posponer un inevitable cambio de rumbo en la política económica. Jorge Colina, presidente de IDESA es enfático: “va a fracasar porque es la misma estrategia del acuerdo con el FMI en 2018: se quiere eludir el ajuste, asumiendo que va a crecer la economía, que los ingresos públicos crecerán más que el gasto y así se evita el recorte. Es una utopía”.

En esta visión, la debilidad de la estrategia elegida radica que la economía no puede crecer con un estado tan desordenado. “Es incoherente. La lógica indica que primero tenemos que bajar el déficit fiscal para que la economía pueda empezar a crecer” sentencia Colina.

El tema del tan mentado ajuste no es un factor más. Fernando Marengo, economista asociado de Arriazu Macroanalistas, sostiene que por lo que se conoce hasta ahora, existe un preacuerdo que busca solucionar los problemas de corto plazo: inflación, emisión monetaria “y para ello ataca el déficit, a la vez de intentar dejar de perder reservas. Ahora no encara los problemas de fondo del país, lo que demandará reformas estructurales (en lo económico: presión tributaria, nivel y eficiencia del gasto, reforma previsional y laboral)”, proyecta.

En detalle del acuerdo con el FMI

El dilema no está en cada una de las metas comprometidas en sí mismas, sino en cómo articularlas para lograrlas simultáneamente en un equilibrio dinámico que, además dependerá de variables exógenas (precio de los commodities, de la energía, clima, conflictos internacionales, inflación y tasa de interés global, por ejemplo) que podrán desarmar en horas el esfuerzo de meses.

Marengo calcula que el déficit primario “normalizado” en 2021 (sin contar los ingresos extraordinarios “por única vez”) fue del 4,3% del PBI con lo que el ajuste comprometido para este año sería de 1,8% adicional. Es decir, con estas estimaciones, la disciplina fiscal para o la capacidad de generar ingresos debería sin mucho más acertada para lograr lo que se prometió. Salvo, claro, que el espíritu del entendimiento sea el de trasladar el momento álgido para más adelante. Hilando un poco más fino y con el calendario en mano, para la próxima administración, que en Argentina es el largo plazo.

En una economía con reservas en su más bajo nivel, con controles cambiarios y cepos a las importaciones y una brecha cambiaria que fluctúa el 100%, la trayectoria del dólar es un elemento clave, aunque imposible de evaluar sin el resto de las variables. Tiscornia no apuesta a que el tipo de cambio oficial, en el afán por recomponer el gran retraso del año pasado (+24% contra +51% de inflación) recupere el terreno perdido. Cree que le será complicado, justamente por la presión inflacionaria que también tiene que reestablecer precios relativos muy distorsionados con casi dos años de controles y anclas para frenar la inflación (tarifas y dólar). Pero el partido más difícil, en su óptica, será el de recomponer reservas, otra promesa mucho más fácil de formular que de alcanzar.

En este campo, las estimaciones no son halagüeñas para este año. Seguramente, la cosecha terminará siendo menor a la del año pasado aún con precios que se sostuvieron, con una baja combinada que se proyecta en US$ 2.000 millones. Además, los precios de la energía (fundamentalmente petróleo y gas) siguen subiendo, alentados por el conflicto entre Ucrania y Rusia y obligaría a más erogaciones para afrontar las importaciones de gas licuado.

Dinero. También, la política monetaria es otro de los temas en los que hará foco el monitoreo del Fondo. “El sendero fiscal acordado mejoraría de manera gradual y sostenible las finanzas públicas y reduciría el financiamiento monetario”, subrayaba el parte de prensa del FMI, por si algún “heterodoxo” insiste en encontrar multicausalidades a la inflación “persistente” según su propia denominación. No es un tema menor: 10.600% desde el abandono de la convertibilidad, o sea una tasa promedio del 26,33% (casi 2% mensual). Para los técnicos que elaboraron este plan de contingencia, mirar con detenimiento el ducto que une al déficit fiscal con su financiamiento vía emisión monetaria será tarea cotidiana. Por eso, proyectan, deberán buscarse fuentes alternativas, justamente porque no se prevé una baja sustancial del gasto y eso queda claro. La tasa de interés, se estipular, debería volver a ser positiva (es decir, más del 5% mensual en función de la inflación presente). ¿Será esa la tasa efectivamente “positiva”? Es claro que, si eso ocurre, descomprimirá la demanda por emisión, pero al mismo tiempo aumentará el costo de financiamiento del Banco Central que tiene un stock de deuda de casi 4% del PBI en una bola de nieve muy difícil de parar. Nuevamente la confianza pasa a tener un papel operativo: determinará la disponibilidad de fondeo voluntario del que dispondrá el Gobierno para poder hacer un puente transitorio hasta conseguir el ansiado déficit (operativo) cero en 2025.

Pero todas estas piezas, como las de un Jenga, se irán moviendo tratando de no alterar el equilibrio parcial conseguido en los demás sectores, con un tablero de control que parece estar definido con algunos indicadores clave: la brecha cambiaria, el nivel de actividad, el nivel de reservas y, cuando no, la tasa de inflación mensual. Casi todo lo demás se irá acomodando por añadidura, pero un traspié en estos logros forzará una y otra vez el pedido de un “waiver” y la visita de las misiones técnicas se convertirá en una pesadilla. Quizás, como naturalizamos la inflación “persistente” también asimilemos el monitoreo eterno del Fondo.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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