La incertidumbre y no el pesimismo u optimismo es la sensación que parece sobrevolar a la coyuntura económica. No se trata de mala o buenas noticias sino de una madeja de datos aparentemente se signo opuesto lo suficientemente relevantes como para dificultar el cálculo económico y proyectar incertidumbre en un escenario de mediano plazo.
Durante las últimas dos semanas hubo una serie de indicadores que alertaron sobre las dificultades afrontadas por buena parte de la población. El Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) de febrero arrojó una caída de 2,1% contra el mismo mes de 2025 y -2,6% en valores desestacionalizados contra el mes anterior, poniendo fin a una leve recuperación desde el tercer trimestre del año anterior. Por otro lado, las proyecciones privadas de la inflación de abril marcan una leve desaceleración con respecto a la de marzo, pero todavía lejos de volver a perforar el piso del 2% mensual que era el techo de hace un semestre. Eco Go, por ejemplo, proyecta 2,5%, facilitado por una suba menor de alimentos (+1,4%) pero empujado por el alza de combustibles (+10,4%) pero también por la continua recomposición de las tarifas de energía y transporte. Las idas y vueltas en la negociación entre Irán y los Estados Unidos impactan de lleno en el precio del petróleo en el mercado internacional: una buena noticia para las empresas petroleras y los países exportadores de crudo, pero una amenaza para la estabilidad de precios. Por ahora, YPF anunció una “tregua” unilateral, pero si el valor de la materia prima sigue en el rango en el que se situó desde marzo, será difícil contener el traslado al surtidor, a menos que el Gobierno sacrifique parte del impuesto a los combustibles, que se lleva una buena parte del precio pagado por el consumidor.
Doble vara. Precisamente, la recaudación tributaria viene cayendo en términos reales: durante el primer trimestre de este año cayó 7,5% frente al mismo período del año anterior. En marzo, por ejemplo, el IVA retrocedió interanualmente 2,1% también en términos reales, fruto sobre todo del estancamiento del consumo masivo en los grandes centros urbanos, una característica de todo este período que es algo más que una casualidad estadística. Según apunta el informe de la consultora Invecq, ya en marzo “los indicadores adelantados muestran una nueva recuperación, con la heterogeneidad sectorial y regional que sigue mostrando la economía argentina”. En febrero, por ejemplo (último dato conocido), las principales caídas en el EMAE provinieron de la industria manufacturera (-8,7% interanual) y comercio (-7%), que explicaron la mayor parte de la caída del nivel general. “Esta divergencia sectorial es consistente con la dinámica reciente: los sectores primarios y algunos servicios mantienen mejor desempeño relativo, mientras que los sectores vinculados al mercado interno continúan rezagados”, concluye el citado informe.
La “economía de dos velocidades” muestra precisamente la diversidad entre una matriz productiva que va superando records históricos al mismo tiempo que se prepara para apalancar esta bonanza con las inversiones que empiezan a llegar bajo el paraguas del RIGI. Por ejemplo, como apunta otro informe, del IERAL, la energía volvió a ser un motor de dólares para Argentina. “Después de más de una década de déficit (2011-2023), el sector cerró 2025 con un superávit de US$7.829 millones; el cambio no es coyuntural: detrás hay una transformación estructural del sector energético”, subraya.
Tanto este boom como el protagonizado por el sector minero, que ya superó en el primer trimestre del año el pico anterior, con exportaciones por US$2.406 millones pero que el optimismo oficial proyecta para US$36.000 millones para dentro de una década. El cobre, oro y litio protagonizan el interés por consorcios multinacionales con participación de grupos locales que prometen inversiones millonarias en estos procesos: US$57.000 millones según la previsión del Gobierno (con más del 70% destinado a la explotación de yacimientos de cobre).
Así como la provincia de Neuquén se destaca como la gran receptora de inversiones en el área del petróleo y gas, las provincias cordilleranas son las que se benefician de este incipiente boom minero y por eso marcan diferencias en las votaciones para el marco jurídico que consideran conveniente para el desarrollo de esta actividad, diferenciándose de la conducción nacional partidaria y provocando un peculiar eje productivo de incierta proyección.
Estos dos mega sectores junto al complejo agroindustrial (que gracias a una campaña récord en estos días está colapsando el ingreso a los puertos exportadores) es la que promete la afluencia de dólares que rompería el cepo virtual que es la escasez de divisas crónica de la economía argentina. Pero, sobre todo, quitaría presión al mercado cambiario para que el Gobierno pueda cumplir con su asignatura pendiente que es la de acumular reservas para poder ingresar al mercado voluntario de deuda y así bajar el riesgo país que pone un piso a la tasa de interés y el crédito local.
Sin embargo, dos mediciones que realiza la Universidad Di Tella arrojaron más sombras que luces sobre esta dualidad en abril: el Índice de Confianza del Consumidor a nivel nacional cayó 5,7% respecto a marzo y el Índice de Confianza en el Gobierno también retrocedió 12,7% respecto al mes anterior. Una muestra de las dificultades que traerá al propio Gobierno gestionar esta brecha entre las “dos realidades” en vísperas de un año electoral y en el que las realidades “urbanas” pueden pesar más.
por Tristán Rodríguez Loredo














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