No es original pero un concepto que los economistas se cansaron de explicar que bajar la inflación es como bajar de peso en una dieta: luego de tomar la decisión, al principio los frutos se ven pronto pero luego el proceso se va desacelerando y cada vez un kilo cuesta mucho más esfuerzo. Análogamente, cada punto porcentual menos de alza del IPC costaba poco esfuerzo en el verano de 2024, luego del calamitoso bimestre diciembre 2023-enero 2024 (25,5% y 20,6% respectivamente y 51% acumulado sólo en 60 días) el reordenamiento de la economía post devaluación y el lógico desinfle de expectativas, arrancó con un bimestre más “lógico” aunque siempre en dos dígitos mensuales: 13,2% para febrero y 11% para marzo de 2024.
Del techo al piso. Pronto, el objetivo de evitar una hiperinflación cedió paso a buscar un piso cada vez más bajo: primero fue el de un dígito mensual, que se consiguió en abril de ese año (+8,8%) y, luego, estableciendo otras metas que tensaban los resortes de una estructura económica desgastada. Sin precisarlo, el objetivo deseado por el Gobierno era estar por debajo del 1% mensual para mostrarlo como trofeo electoral antes de octubre.
El investigador de Fundar Emiliano Libman se pregunta por qué combatir la inflación en una economía al borde del caos es más sencillo. Su respuesta es que la existencia de desequilibrios agudos incrementa la demanda por una política que los combata. “Además, cuando la inflación es más alta, todo el mundo la toma en cuenta a la hora de tomar decisiones y esto ayuda a coordinar un proceso de estabilización”, explica. Cuando la inflación se ve desbocada y ante la falta de una alternativa mejor, aparece el recurso clásico de una política que pueda bajar la inflación de un plumazo: domar el dólar, una de las varias patas que tiene un programa de estabilización pero que la variada experiencia argentina en la materia enseña que precisa de otras acciones complementarias, como implementar una política fiscal restrictiva y ordenar los precios relativos. “Otro componente central es adoptar algún “ancla” para el programa, que es la que coordina el proceso de toma decisiones y reorganiza el sistema de precios”, añade.
El final del relato ya es conocido: el programa tropezó, fundamentalmente, con la tradicional escasez de divisas, el talón de Aquiles de este esquema: por un lado, aumentaban las expectativas devaluatorias, algo lógico en un país que hizo abuso de la política cambiaria para calmar los mercados internos y, por otra parte, desacomodó los precios relativos que venían castigados de los años de controles, subsidios y regulaciones diversas. La corrida cambiaria, el salvataje del Tesoro norteamericano y la vuelta a cierta “normalidad” luego de la victoria oficialista de octubre, dejaron como saldo un nuevo escalón, pero esta vez más alto, en el alza del IPC. De 1,5% de mayo saltó a 2,5% en noviembre. Pero desde entonces, la tendencia no parece ser descendente, sino que apareció una inercia ascendente. Las razones son varias y en cada momento aparece un “culpable”. Los dos últimos fueron el precio de los alimentos frescos y en especial el de la carne (que llegó a triplicar el IPC en el tercer trimestre del año pasado) y los servicios públicos que aprovecharon la relativa quietud para actualizar sus tarifas postergadas.
Con el número de enero todavía en preparación por el INDEC y la polémica acerca de la postergación del cambio de fórmula para medir el IPC que desembocó en la renuncia de su director Marco Lavagna (ver nota de tapa de NOTICIAS), las estimaciones privadas dan entre 2,4% y 2,7%, nada exorbitante, pero muestra lo dificultoso que es seguir bajando la inflación con un nuevo esquema cambiario.
Reservas en la mira. La fortaleza de un programa desinflacionario de corto plazo está vinculado con la magnitud de las reservas del Banco Central. Fue lo que el FMI y el Tesoro norteamericano le indicaron al Gobierno como puntos de mejora. Coincide con el cambio de comportamiento en la materia: durante el primer mes del año, el Banco Central terminó comprando un promedio de U$60 millones diarios, un ritmo que, si se mantiene a lo largo de 2026 alcanzaría para abastecer el pago de los servicios de la deuda y hacer frente a otra amenaza naciente: un eventual desequilibrio comercial.
Para el exministro de Economía Domingo Cavallo, en la actual coyuntura económica, comprar reservas con emisión es la política monetaria más apropiada. “Ya no deben quedar dudas de que la acumulación de reservas libres en el Banco Central ayuda a que baje la tasa de riesgo país. En la medida que este fenómeno continúe, se irá aproximando el momento en el que Argentina recupere el acceso al mercado internacional de capitales a tasas de interés que no excedan su ritmo potencial de crecimiento” explicaba el “padre” de la convertibilidad para hacer frente a un efecto colateral inevitable: la dificultad para volver a perforar el piso inflacionario del 2% mensual. Pero al mismo tiempo, sugiere que este año “par” (sin elecciones a la vista) es el momento adecuado para revertir la caída de la producción y el consumo a través de la baja sustancial del riesgo país y su rápido contagio a la tasa doméstica con una fuerte resurrección del crédito de consumo.
Además, el economista jefe del IERAL Jorge Vasconcelos destaca como algo positivo se frenó la “fuga de capitales”, que se había expresado entre julio y octubre en una demanda adicional de dólares de unos US$5.000 millones por mes para las personas físicas, que se sustraen del circuito crediticio local. “Esta es una variable clave de cara a 2026, porque captura un tercio del volumen total del mercado cambiario y es mucho más sensible a las señales de la macro y de la política que el segmento asociado al comercio exterior de bienes”, explica. Pero advierte que el principio de “círculo virtuoso” que se puso en movimiento por el cambio en las condiciones financieras necesita retroalimentarse desde el lado del sector real de la economía, pero las secuelas de tres trimestres de estancamiento del nivel de actividad complican la recuperación de la inversión pública, del crédito al sector privado (con excepción de los préstamos en dólares) y del empleo. Por eso, la ilusión de una nueva “ancla cambiaria” para romper el piso que parece imposible del 2% mensual enciende las luces amarillas, como también ver que luego de dos años el contador de reservas netas siga en rojo.
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por Tristán Rodríguez Loredo


















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