Saturday 15 de June, 2024

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-02-2023 00:48

El gran dilema opositor

Los dirigentes de Juntos por el Cambio observan la gestión de Alberto Fernández para planificar su posible gobierno.

Puede que haya personas que, luego de estudiar con objetividad los pros y contras de las diversas propuestas políticas, voten a favor de las que les parezcan más coherentes, pero tales excéntricos no abundan en ninguna parte. Aquí, como en el resto del mundo, los prejuicios, presuntas afinidades y el deseo de encontrarse entre los ganadores pesan mucho más que los meros datos concretos.

Para los dirigentes de Juntos por el Cambio, el que sea así es motivo de frustración. Creen merecer el apoyo de una mayoría abrumadora defraudada por la gestión pésima de un gobierno que está más interesado en los problemas judiciales de su jefa espiritual, Cristina Kirchner, que en el bienestar de la gente. Sin embargo, a juzgar por las encuestas, en los meses últimos, los peronistas están comenzando a pisarles los talones gracias en buena medida a la presencia perturbadora del libertario Javier Milei. De consolidarse tales tendencias, un eventual gobierno neomacrista no se verá respaldado por la mayoría abrumadora que, según presidenciables como Horacio Rodríguez Larreta, necesitaría para reconstruir un país en ruinas.

Para muchos, la oposición ha dejado de convencer a los insatisfechos con el statu quo - es decir, a casi todos -, debido a las reyertas internas en que halcones intercambian picotazos con palomas y radicales rencorosos hacen cuanto pueden para incomodar a sus socios del Pro. Desgraciadamente para Juntos por el Cambio, el rígido calendario político asegura que las a menudo denigrantes disputas internas continúen por algunos meses más. Para sobrevivir en el fratricida mundillo político, los dirigentes tienen que decir algo impactante todos los días; saben que un silencio prolongado dispararía rumores de que están por retirarse del escenario.

Con todo, aun cuando las aguas se calmaran lo suficiente para que Juntos por el Cambio brindara la impresión de ser un conjunto disciplinado, sus integrantes tendrían que enfrentar el temor que muchos sienten por lo que harían en el caso de que llegaran al poder.

Aunque la mayoría jura querer que los políticos les digan la verdad sobre lo que se proponen hacer, en el mundo real suele preferir mentiras reconfortantes o, por lo menos, eufemismos que sirven para suavizar planteos que, en realidad, son muy duros. Carlos Menem lo entendió muy bien: con el cinismo juguetón que lo caracterizaba, en una oportunidad afirmó que “si les decía lo que iba a hacer, no me hubieran votado”, a pesar de lo cual, andando el tiempo, el programa estabilizador que puso en marcha resultó ser sumamente popular. Es de suponer que los economistas convocados por las distintas facciones de Juntos por el Cambio prevén que los paquetes de medidas que están preparando tengan un destino similar y que, una vez superadas las dificultades iniciales, sean aceptados por la sociedad. Como señalaba Menem, para alcanzar el paraíso, primero hay que pasar por el purgatorio. ¿Y el infierno? De estar en lo cierto los más pesimistas, será necesario atravesarlo antes de llegar al purgatorio.

En sociedades democráticas, la racionalidad, o lo que las elites de turno toman por racionalidad, es de valor relativo. No sólo en la Argentina sino también en otras latitudes, abundan los habituados a pedir lo imposible y ensañarse con quienes les advierten que es forzoso respetar ciertos límites. El presidente francés Emmanuel Macron está en apuros porque está resuelto a reformar el sistema jubilatorio de su país; basándose en estadísticas contundentes, dice que a menos que lo haga, dejará de ser viable. Aunque parecería que el grueso de sus compatriotas coincide en que sí es necesario modificar un esquema que está claramente desactualizado, ya que la proporción de ancianos sigue aumentando y son cada vez menos los que aportan a los fondos comunes, también quiere aferrarse al statu quo. Si bien los cambios que impulsa Macron - como aquellos que promovía Mauricio Macri en su momento -, son menores, sus adversarios se las han arreglado para llenar las calles de todas las ciudades francesas de manifestantes furiosos. ¿Populismo insensato? Puede que lo sea, pero a los mandatarios les es preciso prestar atención a las veleidades populares.

Desde la antigüedad, los preocupados por el destino de las sociedades democráticas están buscando la manera de impedir que demagogos inescrupulosos aprovechen los deseos de la gente para provocar desastres. Saben que medidas cortoplacistas que se instrumentan para congraciarse con el electorado pueden tener consecuencias calamitosas, como en efecto ha ocurrido con frecuencia deprimente en la Argentina desde hace muchísimo tiempo.

Una forma de reducir el peligro consiste en obligar a los políticos a respetar ciertos límites jurídicos y constitucionales. Otra, la elegida por la Unión Europea, es crear densas capas burocráticas que se interponen entre los representantes elegidos por el pueblo y quienes ejercen el poder real; en muchos países europeos, nadie sabe muy bien quiénes son responsables de tomar decisiones que inciden profundamente en su vida diaria, ya que les son tan distantes como nos son los jerarcas del Fondo Monetario Internacional. Aunque dicho “déficit democrático” ya contribuyó al Brexit y podría hacer estallar la UE, hasta ahora ha funcionado.

Ahora bien; ¿Qué ocurriría si, en un rapto de sinceridad, los líderes opositores anunciaran que bajarían drásticamente el gasto público, eliminarían muchos “planes” y obligarían a los beneficiados que queden a ganar el dinero que reciban con el sudor de su frente, reducirían la presión tributaria para aliviar a los empresarios, suprimirían muchas “conquistas sociales”, comenzando con las leyes laborales existentes, y frenarían de golpe la maquinita? Lo más probable es que perderían las elecciones porque en tal caso demasiados temerían verse incluidos entre los damnificados.

Así las cosas, los aspirantes a remplazar a los kirchneristas tienen que hacer pensar que son personajes fuertes que serán capaces de ponerse a la altura de las circunstancias y tomar medidas muy duras, pero abstenerse de decir con precisión lo que están dispuestos a hacer. Es por lo tanto comprensible que se hayan acostumbrado a aludir a su voluntad de abrumar a la gente con una avalancha de iniciativas osadas el primer día de su hipotética gestión sin entrar en más detalles.

¿Y los kirchneristas? Ellos también afrontan una disyuntiva nada sencilla. Algunos meses atrás, parecían haberse resignado a una derrota catastrófica en las elecciones venideras, razón por la que los más destacados soñaban con replegarse a La Matanza por suponer que les sería un baluarte inexpugnable. Sin embargo, de tomarse en serio algunos sondeos recientes, podrían ganar no sólo en la Provincia de Buenos Aires sino también en el país, si bien no sería por sus méritos propios sino por las dudas que muchos sienten en cuanto a la capacidad para gobernar de una oposición dividida, además, claro está, de las perspectivas abiertas por la irrupción de Milei que está capturando votos que de otro modo serían de la principal coalición opositora. Si bien aún puede considerarse poco probable que el Frente de Todos, encabezado, tal vez, por Sergio Massa, se anote un batacazo en el cuarto oscuro, está aumentando el riesgo de que termine siendo el recipiente de la “bomba económica” que, según Macri, está armando.

Para una agrupación política de mentalidad conspirativa como la kirchnerista que se había reconciliado con la idea de que, puesto que tuvo las horas contadas, le convendría concentrarse en garantizar el fracaso de su sucesor dejándole un campo minado, verse constreñido a seguir en el poder por algunos años más sería todo un desafío. Tendría que optar entre desmantelar la bomba que está construyendo por un lado y, ´por el otro, continuar llenándola de explosivos mientras cometa barbaridades con el propósito de ahuyentar a los votantes. Una tercera alternativa, la que según parece han elegido tanto Alberto como los kirchneristas que lo desprecian, consistiría en procurar perfeccionar la bomba para que resulte letal e intentar seducir al electorado advirtiéndole que la coalición opositora quiere castigarlo por haberlo repudiado en 2010. Huelga decir que, de tener éxito una maniobra de tal tipo, la próxima gestión peronista sería aún más caótica y mucho más dañina que la actual.

A diferencia de Juntos por el Cambio, que todos los días tiene que mostrarse unido, el Frente de Todos es el vehículo electoral de un movimiento que nunca ha vacilado en romperse en pedazos a fin de ofrecerle al electorado alternativas a un gobierno de su mismo “espacio”. No extraña, pues, que La Cámpora se haya distanciado de Alberto; como Cristina, sus jefes dan por descontando que les sería peor que inútil tratar de defender la gestión de un hombre que, a juicio de sus adversarios declarados, ha sido el peor presidente de la democracia argentina. Hasta hace poco, los enemigos internos de Alberto tenían motivos para querer que protagonizara un fracaso realmente espectacular por suponer que, luego de un breve intervalo, les sería dado regresar al poder y, una vez más, fustigar a la gente de Juntos por el Cambio por haberles legado una herencia fatídica. De ser así, no les convendría en absoluto que un peronista triunfara en las elecciones venideras, lo que les suministra otra razón para seguir saboteando la gestión del personaje elegido por Cristina para sentarse en el sillón presidencial.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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