EN LA MIRA DE NOTICIAS | 18-12-2022 00:10

Una época se acerca a su fin

La vicepresidenta Cristina Kirchner sigue hablando de persecución judicial tras su condena. Cómo se reordena el oficialismo sin su candidatura.

Desde hace casi veinte años, el orden político nacional gira en torno a Cristina Kirchner. Todos, fueran creyentes fanáticos, apóstatas, agnósticos o herejes declarados que la consideraban una ególatra rencorosa, han tenido que adaptarse a su presencia en el centro del sistema. Es por lo tanto lógico que su decisión aparente de borrarse de las listas de candidatos a puestos electivos haya tenido un impacto mucho más fuerte que la condena, más benévola de lo que muchos habían previsto, a seis años entre rejas e inhabilitación vitalicia para desempeñar cargos públicos que le propinó el Tribunal Oral Federal N°2.   

¿Hablaba en serio “la doctora” cuando, presa de indignación por lo que acababa de escuchar, dijo lo que dijo al país o sólo fue un intento de movilizar a sus partidarios? Por ser tan lentos aquí los procesos judiciales, seguirá disponiendo de mucho tiempo en que pelear por una senaduría y de tal modo conservar fueros que le asegurarían años más de libertad. Si bien quedaría expuesta al riesgo de que un día el grueso de una clase política remozada optara por entregarla a los deseosos de verla encarcelada, para que algo así ocurriera el país tendría que experimentar un cambio cultural monumental.  

Sea como fuere, la mera posibilidad de que en adelante los kirchneristas y sus aliados peronistas tengan que acostumbrarse a la vida sin Cristina, o con ella limitándose a cumplir el papel de una gran matriarca mientras procure defenderse contra los convencidos de que incluso los políticos más poderosos deberían subordinarse a la ley como si fueran ciudadanos comunes, ha conmocionado al oficialismo, que ya estaba desmoralizado no tanto por los fracasos de su gestión cuanto por la merma de apoyo popular que sufría. Caudillistas congénitos, los peronistas se sienten huérfanos, abandonados a su suerte en un mundo hostil que se resiste a entender que, a pesar de las apariencias, son buenas personas que aman al prójimo.

También ha repercutido “el renunciamiento” de Cristina en la interna de la coalición opositora. Para algunos, la eventual marginación de la señora debería ser acompañada por la de Mauricio Macri ya que, con malicia, juran creer que el ingeniero que se crió en una familia adinerada es el equivalente “neoliberal” de la “abogada exitosa” chavista, de ahí las alusiones al “efecto espejo” que supuestamente los reúne, si bien lo único que tienen en común los dos es que ambos se han sentado en el sillón de Rivadavia. En comparación con los delitos concretos cometidos por Cristina y que mantendrán ocupados a centenares de juristas por décadas más, los atribuidos a Macri son a lo sumo veniales.

Lo mismo podría decirse de la ya célebre escapada a Lago Escondido, la residencia patagónica del multimillonario británico Joe Lewis, de un cuarteto de jueces federales, ciertos funcionarios porteños vinculados con Juntos por el Cambio y ejecutivos del Grupo Clarín. ¿Aceptaron dádivas ilícitas los que asistieron a la reunión? En algunos casos parecería que sí, pero ello no quiere decir que los involucrados hayan participado de una conspiración antidemocrática, como insinuó Alberto Fernández por la Cadena Nacional. A juicio del moralista en jefe de la Nación, al viajar al sur los jueces mostraron que la generación judicial actual -integrada casi exclusivamente por personajes avalados por el peronismo- es muy inferior a las de antes.

Que empresarios, operadores mediáticos, políticos y magistrados suelan relacionarse de manera “promiscua” puede considerarse lamentable, pero es habitual en todos los países del mundo, ya que es normal que se interconecten socialmente miembros de las distintas elites. Denunciarlo como evidencia de que lo que los partidarios de Donald Trump y la nueva derecha europea llaman “el Estado profundo”, y el senador kirchnerista Oscar Parrilli “el Estado paralelo”, no aclara nada. Para más señas, los kirchneristas, sin excluir a Alberto, siempre han sido tan promiscuos en tal sentido como sus adversarios.

Hay varias formas de interpretar el “renunciamiento” de Cristina. Una es que se ha resignado al destino triste previsto por los jueces que la condenaron y que lo imputa a la incapacidad de sus simpatizantes políticos de brindarle la protección que cree merecer. De ser así, lo que más quiere es regresar a casa y aguardar con estoicismo lo peor. Otra es que cree que le conviene desafiar al jefe de Clarín, Héctor Magnetto, al que según parece ve como el presidente en las sombras de la Argentina, el gran titiritero que manipula a todos los demás reconstruyendo la realidad a través de los medios que maneja, para que ordene su detención; esperaría que “el pueblo” finalmente se alzara en rebelión contra tamaña infamia. Y es de suponer que, consciente de que han resultado ser inútiles los argumentos legales esgrimidos por sus abogados, ha elegido seguir la lucha en el terreno exclusivamente político o ideológico con la esperanza de que, con la ayuda de la izquierda internacional, consiga transformar una derrota dolorosa en un triunfo épico.

La estrategia que ha adoptado entraña muchos riesgos. Si sus adherentes llegan a la conclusión de que en adelante no estará en condiciones de suministrarles los votos que necesitan, muchos se sentirán tentados a consignarla al pasado. Es lo que hicieron casi todos con Carlos Menem, “el mejor presidente desde Perón”, según un tal Néstor Kirchner, cuando dejó de serles útil. No extrañaría en absoluto que Cristina compartiera el mismo destino. Como ella sabe mejor que nadie, la política es un oficio muy cruel.

Aunque es difícil saber lo que está pasando por la cabeza de la mujer que, para frustración de quienes nunca la han respetado, logró dominar la Argentina durante un par de décadas pero que últimamente ha visto disminuir su poder de atracción hasta tal punto que se sabe incapaz de ganar una elección presidencial, no lo es entender lo amargo que es para ella enfrentar la probabilidad de que la historia le haya reservado una condena que sea aún más lapidaria que la pronunciada por aquellos tres jueces, Jorge Gorini, Rodrigo Giménez Uriburu y Andrés Basso. No podrá sino comprender que el “proyecto” sociopolítico que adoptó ha fracasado de manera realmente catastrófica al depauperar todavía más a un país que una vez se creyó destinado a prosperar. Asimismo, por seductora que le parezca la teoría del “Lawfare”, conforme a la cual los dirigentes populares suelen ser víctimas de la maldad judicial derechista, a esta altura se habrá dado cuenta de que será recordada por la posteridad no por el eventual lado positivo de su prolongado reinado sino por haber sido tan asombrosamente corrupta.  Cuando de la imagen de Cristina se trata, la evidencia “anecdótica” de sus propias hazañas, y las de sus cómplices, en tal ámbito, pesará mucho más que el análisis frío que hizo el fiscal Diego Luciani del mecanismo, tan sencillo como eficaz, que armó a fin de desviar miles de millones de dólares de las arcas públicas a las del grupo que encabezaba.

Hay optimistas que se aferran a la esperanza de que aquella condena haya marcado un punto de inflexión político, el momento en que la Argentina comenzara a liberarse de las taras éticas que tanto contribuyeron a la decadencia secular que la ha llevado al borde de la autoinmolación. Atribuyen lo que le ha sucedido al país a la propensión de demasiados políticos a privilegiar su propio bienestar, y aquel de sus familiares y amigos, por encima del bien común, y de justificar su conducta entregándose a abstracciones fantasiosas y, a la larga, ruinosas como las elaboradas por los kirchneristas.

Con todo, aunque es concebible que la debacle electoral que en opinión de algunos sufrirá el peronismo antes del fin del año que viene permita que un gobierno de ideas muy diferentes intente concretar las demoradas reformas “estructurales” que tantos creen imprescindibles, el que a pesar de todo lo ocurrido Cristina aún cuente con el apoyo de un segmento significante del electorado hace temer que quienes se encarguen del país no lo tengan nada fácil, lo que plantea la posibilidad de que, para asegurarse un mínimo de paz social, se sientan obligados a hacer concesiones a la minoría intensa que se esforzará por aprovechar las dificultades que enfrentarán, presionando a los fiscales y jueces para que dejen a “la doctora” en paz.

La “grieta” que angustia tanto a los bienpensantes que sueñan con un país menos conflictivo separa a los persuadidos de que todos deben someterse a la ley de los que se aseveran convencidos de que en última instancia lo que importa es la ubicación en el mapa político de los acusados. Como sentenció Perón: “Al amigo todo, al enemigo ni Justicia”. Así pues, conforme a las encuestas, Cristina retiene el apoyo o, por lo menos, la intención de voto de muchos que la creen culpable de haberse apropiado ilegalmente de una cantidad fabulosa de dinero. No es que quienes piensan de dicha manera toman al pie de la letra el principio resumido en el eslogan “roba pero hace”, ya que sería muy difícil sostener que lo efectivamente hecho por Cristina y sus acompañantes en el poder haya sido tan beneficioso para el país que sería comprensible que una sociedad agradecida pasara por alto la forma en que aprovecharon las oportunidades para aumentar su patrimonio personal.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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