Jueves 8 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 10-11-2022 20:33

Perdidos en un mundo propio

Por qué la política sigue ensimismada con sus internas en medio de la crisis. ¿Alcanza con el plan Massa?

Extraño país, la Argentina. Aunque corre peligro de precipitarse en un abismo, sus líderes políticos brindan la impresión de no sentirse demasiado preocupados por lo que le está ocurriendo. Antes bien, parecen estar más interesados en las internas de sus agrupaciones respectivas que en preguntarse lo que sería necesario hacer para ahorrarle al país el destino trágico que podría ser suyo en el futuro inmediato. Si bien tal actitud puede entenderse, ya que, para muchos integrantes de la clase política nacional, su propio lugar en el mundo dependerá de la evolución de la interna en que están participando, para los demás es una forma de escapismo. Quieren que “los dirigentes” presenten cuanto antes programas coherentes, hojas de ruta que les dirían con claridad cuál sería el camino que tomarían si un día llegan al poder y de tal modo ayudar a hacer menos asfixiante el clima de incertidumbre que cubre todo el territorio nacional.  ¿Es mucho pedir? Desde el punto de vista de la mayoría de los políticos, sí lo es; temen que los perjudicarían propuestas que toman en cuenta la nada grata realidad. Reacios a arriesgarse, lo que muchos quieren es que el país les rinda homenaje por lo que hicieron, o prometieron hacer, en el pasado.

Así, pues, en vena nostálgica Cristina habló de la “alegría” que según ella sentía la gente en tiempos idos cuando el kirchnerismo triunfaba en las elecciones y aún existía la “ilusión” de que el pueblo trabajador conseguiría todo cuanto creía merecer. Era como si la señora intentara escribir su propio obituario político, pero para sus partidarios se asemejara al prólogo de un manifiesto electoral.

¿Está decidida la vicepresidenta a candidatearse nuevamente? Si bien sus asesores creen que le convendría más conformarse con una senaduría que le daría los fueros que a buen seguro precisará, a los fieles los entusiasma la idea de que la jefa, pertrechada de los poderes mágicos que le atribuyen, lograra rebobinar la historia para hacer resurgir el país “alegre” de diez o más años atrás. Sueñan con enfrentarse una vez más con el satánico ingeniero Mauricio Macri que, por su parte, mantiene en estado de alerta a sus simpatizantes al insinuar que le gustaría reanudar la tarea que dejó sin terminar hace casi tres años.

Vivir en el pasado tiene sus atractivos. En la Argentina, que es un país cuya cultura política es sumamente conservadora y que desde hace más de cien años se ha resistido a adaptarse a los cambios que irían modificando el panorama mundial, escasean los inmunes a sus encantos. Todas las fuerzas políticas tienen los ojos puestos en una etapa histórica que les parece dorada o, lo que es más frecuente, repleta de ilusiones; los radicales reivindican épocas en que había boinas blancas por doquier, los peronistas a las protagonizadas por descamisados que ponían los pies en fuentes oligárquicas o, en el caso de los kirchneristas, aquellas en que Montoneros, tan románticos ellos, sembraban el terror.

En otro rincón del mapa ideológico, los hay que recuerdan con ternura “la generación del 80”, del siglo XIX, mientras que los macristas prefieren detenerse en períodos más recientes, antes de que procurar gobernar la Argentina les enseñara que hacer que el país cambiara de rumbo no sería tan fácil como habían imaginado.

Mientras que en otras partes del mundo suelen celebrarse los éxitos, aquí los memoriosos intentan revivir en su imaginación el optimismo que muchos sentían antes de resignarse al fracaso de un proyecto particular. Son tantas las utopías, o pre-utopías que resultaron inalcanzables, y los grandes problemas actuales parecen tan difíciles de superar, que puede considerarse natural la voluntad generalizada de compartir por un rato las ilusiones de los putativos ancestros intelectuales de cada uno, pero por ser tan graves las circunstancias imperantes, acaso sería mejor que los políticos dejaran el pasado en manos de los historiadores para concentrarse en lo que el próximo gobierno tendría que hacer para reparar el daño hecho por uno que se ha separado por completo del grueso de la sociedad pero que, así y todo, se ve obligado a seguir ocupando los puestos de poder.

Si el sistema político fuera parlamentario, un gobierno de Juntos por el Cambio ya estaría pagando los costos del primer año de una gestión muy ardua y la oposición peronista estaría esforzándose por aprovechar los presuntos errores ajenos y convencer a la ciudadanía de que había aprendido de los propios, pero, demás está decirlo, es presidencialista, de suerte que el país ha tenido que soportar por un par de años más una administración manipulada por una facción que ya fue repudiada por el electorado.

La situación anómala así supuesta no ha beneficiado a nadie. Al impulsar las tendencias centrífugas tanto del Frente de Todos como de Juntos Por el Cambio, ha debilitado a ambas coaliciones y brindado a los libertarios, que quieren hacer borrón y cuenta nueva de virtualmente todo, oportunidades para tratarlas como dos partes de una sola corporación política parasitaria, “la casta”, cuyos miembros se ayudan mutuamente al inventar cada vez más cargos para ser repartidos entre sus colegas, sus parientes y sus amigos. En Estados Unidos, Brasil y otros países, la prédica de los disconformes con el desempeño de las agrupaciones tradicionales ha tenido consecuencias desconcertantes al posibilitar el protagonismo de personajes tan escandalosamente heterodoxos como Donald Trump y Jair Bolsonaro, pero aquí, hasta ahora sus equivalentes han conseguido mantenerse más o menos intactos.

No cabe duda de que Juntos Por el Cambio se ha visto perjudicado por el internismo. Aunque las diferencias entre las sectas oficialistas sean mayores que las que están motivando enfrentamientos entre las de la coalición formada por el PRO, la UCR, la Coalición Cívica y algunos peronistas como Miguel Ángel Pichetto, se esperaba que la oposición ofreciera una alternativa más disciplinada a una sociedad que está harta de asistir a disputas entre ególatras que privilegian sus intereses personales por encima de todo lo demás.

El espectáculo brindado por Juntos Por el Cambio ha motivado cierto optimismo entre peronistas que meses atrás parecían convencidos de que ya estaba escrito que su movimiento sería aplastado en las elecciones programadas para el 27 de octubre del año que viene. Sea como fuere, aunque a juzgar por las encuestas, Alberto, Cristina y Sergio Massa se engañarán si apuestan a que la gente cambie de opinión en los meses próximos al darse cuenta de que no son tan malos como muchos dicen, están aferrándose a la esperanza de que sus contrincantes principales se las arreglen para hundirse.

En política, suele ser muy peligroso caer en la tentación de cantar victoria prematuramente, como hacían los partidarios de Juntos Por el Cambio cuando optaron por dedicarse a internas en que la lealtad a personajes determinados pesa más que las presuntas discrepancias ideológicas. Aun cuando las reyertas entre los macristas y sus adversarios no hayan ayudado mucho a los kirchneristas, han contribuido al alza de las acciones de quienes basan su mensaje en el desprecio que dicen sentir por la clase política en su conjunto. Si, como muchos temen, la economía se derrumba en los meses próximos, la búsqueda frenética de una alternativa salvadora podría dinamitar no sólo al oficialismo sino también a la coalición de quienes se creen predestinados a tomar su lugar.

Las perspectivas frente a la economía nacional son ominosas. El Banco Central es un colador; una vez más, está perdiendo reservas a un ritmo alarmante. Al campo le costará mucho recuperarse del impacto de la sequía prolongada que acaba de devastarlo. Lo que queda de la industria se ve afectada por la falta de divisas que necesita para importar insumos. Para disfrazar el proceso devaluatorio que está en marcha, Massa no deja de crear nuevos tipos de cambio; hay dólares para todos los gustos salvo aquellos de los ya pobres que procuran sobrevivir al tsunami inflacionario que está destruyendo millones de presupuestos familiares. Detrás de todo esto está la sensación nada arbitraria de que el gobierno apenas simbólico encabezado formalmente por Alberto ha perdido el control porque se ha desconectado del país real.

Puede que Massa haya demorado por algunos meses el colapso que parecía inminente en las semanas que siguieron a la renuncia de Martín Guzmán, pero ya parece poco probable que logre postergarlo hasta que lo haya heredado un gobierno de otro signo como quisieran aquellos kirchneristas que son reacios a bajarle el pulgar. Se trata de una variante de la estrategia que fue elegida por generaciones de peronistas; entendían que podrían sacar ventaja de su propia ineptitud entregando una economía rota a un régimen militar que, andando el tiempo, se haría tan odioso que la gente olvidaría las deficiencias de quienes lo habían antecedido. Fue con el propósito de recrear el estado de ánimo de aquellos tiempos que los kirchneristas y sus amigos coreaban “Macri basura, vos sos la dictadura”. Encerrados en el metaverso que ellos mismos han creado, Cristina y sus feligreses siguen negándose a entrar en el mundo que efectivamente existe y en que, desgraciadamente para algunos, rigen normas legales que son muy distintas de las confeccionadas por los pensadores kirchneristas.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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