Domingo 27 de noviembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 15-10-2022 00:19

La argentinización del planeta

La crisis económica se expande por el mundo y no parece haber modelo que resista. Las semejanzas con la actualidad nacional.

Desde mediados del siglo pasado, la al parecer interminable y, para muchos, misteriosa decadencia argentina ha llamado la atención de políticos, economistas e historiadores de otras partes del mundo. Coincidían en que era una anomalía que no les enseñaría nada útil, ya que en los países “normales” -pensaban en los desarrollados-, a partir de la Segunda Guerra Mundial la producción subía año tras año, disminuía la cantidad de pobres y la inflación era a lo sumo un fenómeno esporádico imputable a la irresponsabilidad de gobiernos determinados. Casi todos suponían que, tarde o temprano, la Argentina optaría por hacer lo que ya habían hecho tantos otros y que, en un lapso relativamente breve, volvería a ser el país occidental relativamente próspero que una vez había sido porque contaba con una población de cultura europea y, huelga decirlo, recursos naturales abundantes.

De más está decir que la Argentina sigue resistiéndose a someterse a las reformas drásticas que a juicio de muchos precisa y, para decepción de los que confiaban en que lograría recuperarse pronto de los males que la afligían, sigue hundiéndose. Así y todo, la idea de que le convendría aprovechar la experiencia ajena no parece tan atractiva como era el caso hasta hace un par de años, ya que en el resto del mundo son cada vez más los países cuyos políticos se sienten tan desorientados por lo que está ocurriendo como los del Frente de Todos y Juntos por el Cambio. No es porque los desafíos sean nuevos, sino que, como los que enfrentan sus homólogos argentinos, son los productos previsibles de tendencias que comenzaban a hacerse sentir hace años sin que los líderes políticos se animaran a reaccionar a tiempo, lo que es comprensible ya que, en los países democráticos, escaseen los dispuestos a privilegiar el largo plazo tomando medidas que podrían costarles muchos votos en las elecciones próximas.       

Pues bien, tanto aquí como en muchos otros países, el largo plazo acaba de llegar. Nadie sabe si sea cuestión de una interrupción breve después de la cual todo seguirá como antes o si se trata de una ruptura y que en adelante nada será igual, aunque está en aumento el número de los que creen estar frente a algo más que grave que una crisis rutinaria.

Puede que aún haya sociedades en que la mayoría cree que el futuro no será peor que el presente, pero son excepciones. En las demás, el consenso es que a las próximas generaciones no les será dado vivir tan bien como la de sus progenitores que, entre otras cosas, los legarán deudas monstruosas que nunca podrán saldar. Aunque por ahora el pesimismo que sienten tantos en el mundo todavía rico sea menos intenso que en la Argentina,  está teniendo un impacto político similar al difundirse la sospecha de que ninguna agrupación está en condiciones de encontrar soluciones viables para los problemas más urgentes.

De estos, el principal es el planteado por lo difícil que es asegurar a virtualmente todos un lugar digno en sociedades que podrían funcionar sin los aportes de una proporción sustancial de sus miembros pero que se aferran formalmente a los valores reivindicados por quienes hablan de la importancia de la “cultura del trabajo”. En democracias en que la relación de los políticos con el electorado es fundamental, mantener satisfechos a quienes tienen motivos para sentirse descartados ha de ser prioritario. Por  cierto, la Argentina no es el único país en que están proliferando “planes” o sus equivalentes que en otras épocas la gente hubiera encontrado humillantes en un esfuerzo por contener a los depauperados. Tampoco es el único en que el nivel educativo de la mayoría propende a bajar a pesar de las advertencias de quienes señalan que estamos entrando en la era de “la economía del conocimiento” en que escasearán empleos adecuadamente remunerados para los que carecen de diplomas universitarios realmente valiosos que sólo una minoría será capaz de conseguir. Otro motivo de pesimismo es la falta de proyectos políticos nuevos que podrían tomar el lugar de aquellos que parecen haberse agotado. El socialismo, sea la variante democrática o la totalitaria, no se ha recuperado de los reveses que sufrió en las décadas finales del siglo pasado cuando en muchos países la clase obrera buscó refugio en los brazos de nacionalistas de derecha.

También está terminando el ciclo “neoliberal” que fue iniciado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher y que contribuyó tanto a la declinación del socialismo, mientras que los intentos de combinar las dos grandes corrientes así denominadas en una “tercera vía”, que amalgamaría el irrefrenable dinamismo innovador del capitalismo libre con la justicia social promovida por una burocracia estatal para crear una síntesis superior, distan de haber brindado los frutos  esperados. En todas partes , “el centro” está haciendo agua, aunque en la Argentina los efectos de dicho fenómeno han sido menos llamativos que en Europa y Estados Unidos.

¿Aún hay países democráticos que podrían servir de modelos para los que, conscientes del atraso de su propia sociedad, aspiran a reestructurarla a imagen y semejanza de otras que creen más exitosas? Por los muchos conflictos internos que, en opinión de algunos, entrañan el riesgo de que hayan estallidos sociales que sean todavía más destructivos que los de hace un par de años, Estados Unidos ha dejado de ser uno. Lo mismo puede decirse de Francia, Alemania. Italia y otros integrantes de la Unión Europea, además, claro está, del Reino Unido que también está enfrentando una multitud de problemas muy graves que no pueden ser atribuidos sólo a las repercusiones de la pandemia seguida por la guerra de conquista que ha emprendido Rusia en Ucrania. ¿Y los países escandinavos? Aunque siguen fascinando a los buscadores de alternativas, el principal, Suecia, está perdiendo su atractivo al ampliarse la brecha que separa a la mayoría autóctona de una minoría de origen medio-oriental y balcánico, de ahí la irrupción reciente de un partido calificado de “ultraderechista” a causa de su oposición a la inmigración casi irrestricta.

También está en dificultades China que, para los atraídos por el autoritarismo, ofrece una alternativa exótica a la civilización occidental, si bien una en que su propio lugar tendría que ser forzosamente subalterno. Sea como fuere, hay señales de que el período de crecimiento económico explosivo que en el lapso de una generación la transformó en una gran potencia comercial, dotándola de los medios que necesitaría para alcanzar el objetivo de desplazar pronto a Estados Unidos como el hegemón mundial, está acercándose a su fin.

Puesto que la autoridad del Partido Comunista de Xi Jinping se basa en buena medida en su presunta capacidad de mantener una tasa de crecimiento económico que sea decididamente superior a la de los demás países, no le sería nada fácil conservar la paz social si la expansión constante a la que tantos chinos se han acostumbrado se hace más letárgica. Según se informa, a mediados del año actual China crecía a un ritmo de apenas el 0,4 por ciento, lo que, como no pudo ser de otra manera, hizo temer que la economía mundial, ya bofeteada por una tasa de inflación insólitamente alta en muchos países y los esfuerzos por frenarla de la Reserva Federal estadounidense, estuviera por caer en una recesión muy dolorosa. Es lo que está insinuando el Fondo  Monetario Internacional, si bien es reacio a decirlo de manera explícita.

La ausencia de proyectos sociopolíticos tan persuasivos como los que competían a lo largo del siglo XX es un asunto serio. Aun cuando resulten ser ilusiones, mientras duren hacen que parezca comprensible lo que sucede en el mundo y que por lo tanto la vida de cada uno tiene sentido. Si bien para algunos su credo religioso particular sigue cumpliendo dicha función, las ideologías políticas que a partir del siglo XVII comenzaban a sustituir a los cultos tradicionales están perdiendo su capacidad para hacerlo, lo que hace explicable el éxito parcial de una variedad de movimientos novedosos cuyos adherentes se afirman resueltos a ir a virtualmente cualquier extremo para remediar los errores que a su entender cometieron sus antepasados que, dicen, maltrataron criminalmente a minorías étnicas y sexuales, además de la mismísima madre tierra, ya que, merced a sus actividades industriales y agrícolas, el género humano puso un marcha cambios climáticos que, nos advierten, tendrán consecuencias pavorosas.

Por desgracia, tales movimientos no parecen destinados a mejorar las perspectivas frente al hombre común. Antes bien, lo más probable es que perjudiquen a la mayoría que no quiere sacrificarse para “salvar el planeta”. Si bien políticos como Donald Trump que han sabido sacar provecho de los temores legítimos de los muchos que se sienten amenazados por la globalización y por la presunta proximidad de la “economía del conocimiento” que prescindiría de los servicios de una multitud de trabajadores, ellos tampoco tienen “soluciones” convincentes. De todos modos, por ahora cuando menos parecería que llevan las de ganar los tecnócratas que, con la ayuda de lo que llaman “la ciencia”, esperan manejar los grandes cambios que ven acercándose. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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