Viernes 9 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 01-10-2022 14:17

Italia frente a su destino

Por qué el ascenso de la ultraderecha de Giorgia Meloni preocupa a Europa y al mundo.

De tomarse en serio lo que dicen los preocupados por lo que está ocurriendo en su parte del mundo, los europeos, alarmados por el chantaje nuclear de Vladimir Putin y, más aún, por el aumento brutal de los costos de la energía que hace prever un invierno muy cruel para el grueso de la población del Viejo Continente, están por entregarse a la “ultraderecha”, como sucedió, de manera decididamente más truculenta, hace un siglo luego de apoderarse los bolcheviques de Rusia. Para quienes piensan así, el triunfo electoral de una coalición encabezada por Giorgia Meloni, la líder de la agrupación “posfascista” Hermanos de Italia, y el avance de los Demócratas de Suecia, un partido de perfil similar, confirman lo que ya sospechaban: los demonios de un pasado terrible están despertándose de un sueño que había durado más de setenta años en que, por fin, los europeos habían aprendido a convivir en paz.

No es para tanto. Si bien es cierto que Hermanos de Italia -como el peronismo- cuenta con antepasados fascistas, sus lazos con el totalitarismo colectivista son más tenues que aquellos de los muchos ex comunistas que siguen desempeñando papeles políticos en países democráticos. Lo que tienen en común los tildados de “ultraderechistas” de Italia y Suecia, además de los de Francia, España, Polonia, Hungría y otros países que se aferran a principios parecidos, no es el amor a los uniformes y la violencia callejera sino su apego a lo que creen son los valores tradicionales de sus países respectivos.

Como Meloni, están a favor del Estado Nación y la familia como la célula social básica y en contra de innovaciones como “el matrimonio igualitario” además, huelga decirlo, de la inmigración masiva de musulmanes cuyas normas culturales consideran incompatibles con las europeas. No son temas menores. Hasta ahora, no se ha descubierto un sustituto adecuado del Estado Nación para brindar a casi todos la sensación de pertenecer a una comunidad multitudinaria. Asimismo, el que el debilitamiento de las estructuras familiares haya coincidido con el colapso de la tasa de natalidad en Italia hace sospechar que sería suicida dejarlas deteriorar todavía más. En cuanto a la inmigración de millones de personas de costumbres radicalmente distintas de las del país anfitrión, la historia de nuestra especie hace pensar que entraña muchos peligros.

Antes de la invasión de Ucrania, personajes notorios de la derecha así supuesta admiraban a Putin porque compartían el desprecio que sentía el ruso por las nuevas variantes del progresismo que originaron en el mundo académico norteamericano para entonces difundirse, con rapidez desconcertante, por casi todos los países de habla inglesa y, de manera menos vigorosa pero así y todo evidente, por los de Europa occidental. Si bien algunos políticos destacados, como el veterano Silvio Berlusconi, continúan reivindicando a Putin, las atrocidades perpetradas por las fuerzas armadas rusas y, huelga decirlo, la probabilidad de que, a pesar de su superioridad numérica, sean derrotadas en el campo de batalla por las ucranianas, están privándolo del apoyo de muchos otros. Por cierto, parecería que Meloni no se propone romper filas con la mayoría de los dirigentes europeos que respaldan a Volodymyr Zelensky en la lucha no sólo por la integridad territorial de su país sino también por su derecho a existir.

El resultado de las elecciones italianas ha ocasionado inquietud en Kiev donde, por motivos comprensibles, lo único que quieren saber los líderes ucranianos es si el cambio de mando en un país clave los beneficiará o si, por el contrario, los perjudicará.  Temen que la cercanía a Putin de Berlusconi y Matteo Salvini influya en la actitud asumida por el eventual gobierno de Meloni que iniciaría su gestión justo cuando el frío creciente haga más feroz el impacto de la crisis energética que es el arma más potente del autócrata.  Si hay conflictos entre el próximo gobierno italiano y “los burócratas” de la Comisión Europea, se deberán al enfrentamiento de los deseosos de apaciguar a Putin con los resueltos a frenarlo.

Aunque mucho ha cambiado en el transcurso de los siglos últimos, cuando de las diferencias políticas se trata seguimos utilizando las categorías de “izquierda” y “derecha” que se acuñaron en tiempos de la Revolución Francesa. Sin embargo, mientras que hasta hace aproximadamente sesenta años la izquierda se oponía a los privilegios de clase y la derecha quería mantenerlos, a partir de entonces las posturas se han modificado.  Hoy en día, los herederos de la vieja izquierda propenden a solidarizarse con minorías que a su juicio han sido víctimas de injusticias ancestrales y los calificados de derechistas suelen ser partidarios del sentir mayoritario que, casi siempre, es más nacionalista que cosmopolita, repudian a los nuevos dogmas sexuales que se han puesto de moda y son contrarios al multiculturalismo que, insisten, está transformando en aquelarres a aquellos países que lo han adoptado. En otras palabras, la izquierda aburguesada actual se asemeja cada vez más a la derecha elitista del pasado no muy remoto y los partidos, como la Agrupación Nacional de la francesa Marine Le Pen, que suelen verse ubicados en el extremo derecho del espectro ideológico, dependen de los votos de la clase obrera.

Entre los más preocupados por el desafío planteado por la versión actual de la derecha están los comprometidos con lo que llaman “la idea europea”. Aunque Meloni, sus aliados y sus equivalentes de otros países podrían afirmar que, en verdad, son mucho más europeístas que sus críticos, puesto que están esforzándose por preservar lo que en su opinión históricamente ha caracterizado a Europa y luchan contra quienes minimizan el significado de las diferencias entre las distintas culturas, se ha hecho habitual acusarlos de ser “antieuropeos” debido a su negativa a apoyar el proyecto impulsado por “los burócratas de Bruselas” que están tratando de obligar a los 27 países de la Unión Europea a someterse a las mismas reglas. Al igual que los partidarios del Brexit, señalan que el “déficit democrático” de la UE está en la raíz de muchos problemas y que, andando el tiempo, podría llevarlo al fracaso.

No exageran. Los tecnócratas que están a cargo de las instituciones europeas han logrado aislarse de la opinión pública de los países miembros construyendo murallas burocráticas que son virtualmente impenetrables. Lo justifican afirmando que muchos temas son demasiado complicados, y demasiado importantes, como para permitir que los debatan legos ignorantes que no estarían en condiciones de aportar nada útil.  También pueden señalar que en una confederación tan variopinta como la de la Unión Europea es sumamente difícil crear movimientos multinacionales, sobre todo en una época como la actual en que los grandes relatos de antes, de pretensiones universales, se han visto remplazados por versiones de “la política de la identidad” que son intrínsecamente divisivas.

Por lo demás, como mostraron frente a los casos de Grecia y la mismísima Italia, los “burócratas” bruselenses son plenamente capaces de presionar a gobiernos que fueron elegidos merced a su presunta voluntad de aplicar un programa propio, obligándolos a abandonarlo. El ex primer ministro Mario Draghi fue en efecto nominado por la UE para llevar a cabo reformas resistidas por sus compatriotas a cambio de fondos cuantiosos destinados a hacer menos onerosa la recuperación de una economía devastada por la pandemia.  Desde noviembre de 2011, cuando quienes dominaban la UE se las arreglaron para librarse de Berlusconi, ningún primer ministro italiano alcanzó el puesto gracias al voto popular. Con tal que nada imprevisto suceda en las semanas próximas, Meloni cambiará la situación anómala así supuesta.

Si bien todos los países del mundo enfrentan un futuro muy incierto, pocos se sienten más vulnerables que los europeos. Optaron por sumar fuerzas no sólo por creer que, a menos que lo hicieran, podrían reeditarse las guerras que en el siglo XX pusieron fin a la hegemonía mundial de la región que había creado la civilización moderna, sino también porque entendieron que incluso los más grandes, como Alemania y Francia y el Reino Unido. eran demográficamente pequeñas en comparación con Estados Unidos, China, la India y, mientras duraba, la Unión Soviética. Aunque por cantidad de habitantes la UE ocupa un lugar intermedio entre los dos gigantes asiáticos por un lado y, por el otro, Estados Unidos, parecería que los esfuerzos de los tecnócratas de hacer de ella una unidad monolítica están resultando contraproducentes. Después de todo, el Brexit fue en buena medida una consecuencia previsible de la inflexibilidad de Bruselas.

Por fortuna, la “derecha” europea cuyos esporádicos triunfos electorales asustan a quienes se suponen progresistas, no es tan belicosa como eran sus ancestros putativos.  Lejos de fantasear con conquistas imperiales, quiere defender en cuanto pueda lo que su país todavía tiene. Es explícitamente reaccionaria: en otros tiempos, los “ultraderechistas” competían con sus homólogos de la izquierda cuando se trataba de inventar sistemas sociales novedosos, pero la prioridad de los de hoy es impedir o, por lo menos, demorar la desintegración de los ya existentes. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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