Domingo 2 de octubre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 20-08-2022 11:13

El capítulo final de un largo relato

El temor de la vicepresidenta ante el avance judicial en su contra y la economía en picada.

Algunos regímenes fracasan a causa de las deficiencias personales de sus líderes, otros porque se aferran a esquemas políticos que resultan ser inapropiados para los tiempos que corren. Demás está decir que el improvisado por Cristina Kirchner a mediados de 2019 está desintegrándose por ambos motivos. Pronto se hizo evidente que Alberto Fernández no estaba a la altura del papel que le fue confiado; para frustración de quienes suponían que sería un moderado sensato, desde el momento en que se colocó la banda presidencial, le pareció natural dejarse intimidar por la señora que lo había nominado, la que, por su parte, contaba con un profuso prontuario que tarde o temprano la obligaría a subordinar absolutamente todo, incluyendo el futuro del país y el bienestar de sus habitantes, a su propia defensa

¿Y Sergio Massa, el tercer integrante del triunvirato que en teoría pondría fin a la al parecer interminable crisis económica? Es menos débil anímica y políticamente que Alberto y, a pesar de su trayectoria sinuosa, no figura en la lista de sujetos notorios que, en una sociedad en que rigiera el estado de derecho, tendrían que responder ante la Justicia por sus presuntas fechorías, pero pocos lo creen capaz de rescatar al gobierno en que, por ahora cuando menos, es la figura más fuerte.

Para impedir que la economía nacional se derrumbe antes de fines del año que viene, Massa tendría que romper por completo con el kirchnerismo que, en este ámbito como en muchos otros, es una antología de ideas estudiantiles fantasiosas. Puede que en realidad Cristina y su gurú preferido, Axel Kicillof, no estén convencidos de que inundar el país de pesos frescos salidos de la maquinita serviría para poner en marcha un proceso de crecimiento vigoroso, pero la verdad es que no se les ha ocurrido nada mejor.

Por lo demás, los dos son contrarios a la producción de bienes porque que han construido su poder político en base a la noción de que los agricultores y empresarios productivos, además de los comerciantes y financistas que los acompañan, son enemigos del pueblo. Merced a los triunfos que se han anotado en su guerra contra tales oligarcas, han dejado al país y, lo que les es más importante, a ellos mismos, sin dinero para asegurarse los votos que necesitarían para mantenerse en el poder después de las próximas elecciones.

La política económica que Massa tiene en mente se asemeja mucho más a la ensayada con tibieza por Mauricio Macri que a la kirchnerista, pero sus esfuerzos por aplicarla ya se han visto jaqueados por sus hipotéticos socios; quieren que tenga éxito, pero les cuesta permitirle probar suerte con tarifazos y otras medidas “neoliberales” que están acostumbrados a denunciar con furia.  Por cierto, lo difícil que le ha sido ubicar como jefe de su equipo técnico a alguien como Gabriel Rubinstein, un profesional que, al igual que virtualmente todos los economistas serios, suele burlarse de las ideas rudimentarias de Cristina, le habrá advertido que sería preciso que la situación se agravara mucho más para que le resultara posible llevar a cabo el ajuste que a su juicio sería imprescindible pero, claro está, él mismo sería considerado el gran culpable si en las semanas próximas hay una nueva corrida cambiaria, una aceleración inflacionaria que llevara al país a las puertas de la hiperinflación, un parate industrial o cualquier otra señal de que el colapso total que prevén los pesimistas es inminente. Desgraciadamente para él, no dispone de mucho tiempo.

No es una casualidad que la agonía del proyecto socioeconómico kirchnerista haya coincidido con el avance de la Justicia sobre la vicepresidenta; aquí y en muchos otros países de instituciones precarias el destino de políticos acusados de actos de corrupción depende más de su poder que de su eventual inocencia. El que el gobierno que Cristina sigue dominando no haya logrado frenar el deterioro de la economía la está privando del apoyo que le permitiría continuar mofándose de aquellos fiscales y jueces que se resisten a entender que la historia la ha absuelto y se atreven a tratarla como si fuera un mortal común. Virtualmente todos los días, se difunden los resultados de nuevas encuestas de opinión en que se ve reflejado el aumento del número de quienes la repudian, lo que, como es natural, influye en las actitudes de muchos miembros de la familia judicial.

Para aquellos personajes que aún la idolatran, tales encuestas valen muy poco. Desde su punto de vista, la Argentina no ha dejado de ser el país de anteayer en que Cristina era dueña de la voluntad mayoritaria y criticarla equivalía a atacar al pueblo. Es lo que piensa Andrés “Cuervo” Larroque; según el ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, “Sin Cristina no hay peronismo, sin peronismo no hay país”. Por razones muy concretas, ya que los ingresos de muchos dependen directamente de la influencia de “la doctora”, comparten tal fanatismo los militantes de La Cámpora que están detrás de las pintadas amenazadoras de “Jueces macristas, no jodan con Cristina”, que están apareciendo en diversos lugares de la Capital Federal y el conurbano, además de un video que nos informa que “Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”. Sueñan con un 17 de octubre kirchnerista poco probable en que millones se movilicen a fin de rescatarla de la cárcel.

Hace un par de años, tales manifestaciones de fervor supuestamente popular hubieran sido suficientes como para impresionar a los jueces, macristas o no, pero desde entonces mucho ha cambiado. Por increíble que les parezca a los kirchneristas, está consolidándose la sensación de que su ciclo en el poder está aproximándose a su fin y que por lo tanto no hay motivos para temerles.

Algo similar sucedió cuando los militares estaban batiéndose en retirada y muchos que habían vacilado en oponérseles, no exactamente por miedo sino más bien porque no los atraían las alternativas, en especial las ofrecidas por el peronismo, comenzaban a hostigarlos. Si bien las internas, sobre todo las impulsadas por Elisa Carrió que agitan al arco opositor, están contribuyendo a hacer cada vez más sombrías las perspectivas frente al país, las dudas en cuanto a la coherencia de Juntos por el Cambio no benefician a los kirchneristas cuyo desprestigio se debe exclusivamente a su propia ineptitud.

Al dar a entender que, en su opinión, Cristina y el fallecido Néstor representan algo tan intrínseco a las esencias nacionales que es sacrílego procesarla por los crímenes que, a juzgar por las bibliotecas llenas de evidencia que tienen a mano los fiscales, perpetraron cuando estaban en el poder, la gente de La Cámpora está haciendo gala de una actitud que es incompatible con el sistema democrático y republicano que impera en el país.  Si sólo fuera cuestión de las ideas estrafalarias de miembros de una secta marginal, carecería de importancia su voluntad de reivindicar la cleptocracia como una forma de gobierno digna, pero sucede que quienes piensan así forman una parte muy significante de la clase dirigente nacional. Además de estar a cargo de una serie de “cajas”, se las han arreglado para colonizar amplias zonas de la administración pública. Por lo demás, han logrado apoderarse de la política educativa en muchos distritos en que someten a los jóvenes a un bombardeo propagandístico incesante con el propósito de transformarlos en soldados de Cristina. En esta empresa, cuentan con la ayuda muy valiosa de sindicalistas de mentalidad parecida.

Como muchos otros países, la Argentina es un campo de batalla en que está librándose una guerra cultural entre los partidarios de ideologías colectivistas y los comprometidos con variantes del liberalismo. Paradójicamente, el hecho indiscutible de que, en América del Norte, Europa, Oceanía, Israel, el Japón y Corea del Sur, la democracia liberal ha brindado resultados que en todos los órdenes son llamativamente superiores a los alcanzados por las distintas alternativas que se han probado, ha sido aprovechado por los responsables de prolongar lo que es ya casi un siglo de decadencia voluntaria. Lo hacen al explicar que la prosperidad de otras partes del mundo se debe a un conjunto de ideas “foráneas”, como si a su juicio atribuirlas a pensadores de origen extranjero sirviera para descalificarla. Podrían decir lo mismo de la ley de gravedad pero, por suerte, hasta ahora ningún militante ha intentado sustituirla por una distinta que sea impecablemente nacional.

De todos modos, para que la Argentina se recuperara antes de que fuera demasiado tarde, no bastaría con que los gobiernos venideros se limitaran a adoptar políticas económicas más realistas que la kirchnerista. También tendrían que llevar a cabo una auténtica revolución cultural a fin de liberar al país del sinfín de actitudes y costumbres que le han impedido progresar, lo que no sería del todo sencillo ya que, como suele decirse, las generadas por el corporativismo peronista conforman el “sentido común” del grueso de la población que acepta como inevitables modalidades que lo perjudican. Si no fuera así, los resultados electorales de las décadas últimas hubieran sido radicalmente diferentes. Con todo, aún hay optimistas que prevén que el desastre que está viviendo el país sirva para liberarlo del facilismo populista que tanto lo ha perjudicado. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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