Jueves 29 de septiembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 07-08-2022 00:35

Sergio Massa, entre Mingo y Celestino

El plan del tigrense será puesto a prueba por los mercados y la inflación descontrolada. ¿Qué puede fallar o salir bien?

De acuerdo común, Sergio Massa es el más camaleónico de los políticos nacionales, un nómade ideológico sin escrúpulos conocidos que sería capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar la presidencia que tiene en la mira desde la más tierna niñez. Entre los caritativos, el epíteto más usado para calificarlo es “pragmático”. Sea como fuere, si bien en circunstancias menos agitadas que las actuales la reputación nada buena que se ha granjeado en el transcurso de su carrera sinuosa y que se ve reflejada por las encuestas que lo ubican -con Cristina Kirchner, Máximo y Alberto Fernández- entre los líderes oficialistas más repudiados del país, lo condenaría a un fracaso sonoro, por ser tan desesperadamente mala la situación en que se encuentra el país es posible que lo ayude.

En su favor está la esperanza de que, por ser el personaje desprejuiciado que es, podría arreglárselas para liberarse de la tutela sofocante de la jefa y la fauna servil que la rodea. Tendrá que hacerlo si aspira a manejar la grotescamente distorsionada economía nacional con cierta racionalidad. Será por tal motivo, además de lo que sucedía en otras partes del mundo, que los mercados hayan reaccionado de manera inicialmente positiva frente a su transformación en “superministro”. A diferencia de Silvina Batakis, que no logró consolidarse a pesar de sus esfuerzos por hacer creer que era un halcón fiscal, Massa es, conforme a las no muy exigentes pautas locales, un peso pesado político.

Así y todo, es innegable que ha hecho una apuesta sumamente arriesgada, una propia de un kamikaze impaciente que no quería perder más tiempo esperando a que la gran crisis devorara a los kirchneristas con los cuales se alió luego de haberlos fustigado sin misericordia durante años. Son tan malos los malditos números que no le será del todo fácil ordenarlos antes del colapso generalizado que vaticinan los agoreros que, por cierto, no carecen de motivos para prever lo peor. Para los más escépticos, su apuro hará recordar el verso de Alexander Pope según el que “los tontos se apresuran adonde los ángeles temen pisar”, pero Massa mismo cree que, por ser tan enorme el desafío que ha pedido enfrentar, los peronistas y los habituados a acompañarlos le rendirán homenaje por su osadía y se sentirán satisfechos si consigue prolongar el statu quo lo suficiente como para que otros tengan que encargarse del desastre.   

Quienes lo conocen dicen que se inspira en el ejemplo brindado por el brasileño Fernando Henrique Cardoso, el sociólogo renombrado que, como presidente, con el “Plan Real” que sus adversarios denostarían por “neoliberal”, rescató a un país que corría peligro de hundirse en medio de una feroz tormenta económica. Por supuesto, antes de alcanzar la presidencia de su país Cardoso había sido no sólo un político destacado sino también un académico internacionalmente célebre y, una vez en el poder, contaría con equipos técnicos de primer nivel, logros que Massa no puede atribuirse. Por lo demás, lo ayudó el que en aquel entonces la oposición estaba liderada por quien sería su sucesor, Luiz Inácio “Lula” da Silva, que resultaría ser un moderado, no por alguien tan extravagante como Cristina.

Aunque es de suponer que Massa tiene algo parecido al “Plan Real” brasileño en mente, antes de ponerlo en marcha le sería necesario domesticar a los kirchneristas que ocupan lugares clave en el laberíntico aparato gubernamental, incluyendo a muchos del área energética y, mientras tanto, impedir que estalle el conurbano insaciable que absorbe cada vez más de los recursos que produce el resto del país. Por ahora, con Cristina vigilándolo, Massa tendrá que obrar con cautela porque, pero sin su ayuda o, por lo menos, su silencio, le será muy difícil mantener tranquila a la horda de militantes voraces que se han acostumbrado a vivir del Estado, para ellos benefactor, que han sabido construir.

Es de suponer, pues, que en su fuero interior el tigrense estará rezando para que el juicio por corrupción en la obra pública en que la vicepresidenta cumple el rol estelar termine desacreditándola por completo y desmoralizando tanto a sus fieles que la abandonen a su suerte. Sabrá que, antes de que le sea demasiado tarde, le será necesario romper con el kirchnerismo fanatizado que, con tal que conservara el poder, preferiría que la Argentina se cayera en pedazos a que por fin comenzara a sacar provecho de las muchas ventajas comparativas que todavía conserva.

Desde hace casi veinte años, Massa se ha sentido obligado a privilegiar su relación con los Kirchner, colaborando con ellos cuando le pareció provechoso hacerlo y desafiándolos si sentía que le permitiría aumentar su propio poder, como en efecto sucedió luego de que contribuyó a dinamitar el sueño de la re-reelección eterna. Si bien aún no les ha dado la espalda nuevamente, no puede sino entender que cuanto antes Cristina se vea expulsada de la corporación política mejor será para él y para el país. No sólo se trata de que sea un rival político que, si bien su poder se ha menguado últimamente, todavía está en condiciones de ocasionarle un sinfín de problemas. También de que sea económicamente tóxica. Mientras esté, será virtualmente imposible restaurar la confianza en el futuro de la Argentina; desde el punto de vista de los inversores en potencia del país y del exterior, la mera presencia de la señora en el gobierno constituye una amenaza tan seria que prefieren no comprometerse. Aunque es imposible estimar el costo Cristina, a bien seguro equivale a una proporción sustancial del producto bruto nacional.

Se ha iniciado, pues, una etapa que promete estar repleta de paradojas. La presidenta virtual es consciente de que su propia salvación, vinculada como está con la evolución de su poder político, dependerá del éxito o fracaso de la gestión del “superministro” que a regañadientes aprobó porque creía que ya no quedaban más alternativas viables. Sin embargo, para que Massa alcance sus objetivos mínimos -frenar la inflación, encontrar varios miles de millones de dólares para que el país cuente con reservas e impulsar a los empresarios, comenzando con los del campo, a producir y exportar más-, tendrá que liquidar el poder que aún retiene Cristina sin asustarla prematuramente. Así las cosas, estamos por asistir a un duelo político despiadado.

Si algo no le falta a Massa es confianza en sus propios dones. Con modestia, dice no creerse un “salvador” o un hombre providencial, pero no puede sino esperar que otros, comenzando con los empresarios y financistas del país, seguidos sin demora  por aquellos del resto del planeta, se sientan debidamente impresionados por su presunta voluntad de hacer cuanto sea preciso para ahorrarle al país el destino triste hacia el cual ha estado deslizándose como un sonámbulo.

Dentro de poco, Massa viajará a Estados Unidos, donde ya tiene muchos contactos, además de Europa y Qatar en busca de fondos frescos. ¿Estará pensando en probar suerte con un esquema similar a la convertibilidad de Domingo Cavallo que dio al país una década de estabilidad monetaria antes de deshacerse a causa de lo traumático que es para la clase dirigente nacional verse constreñida a convivir con un peso fuerte? He aquí el nudo de la según parece inacabable crisis económica que amenaza con hacer de la Argentina un Estado fallido. No sólo es cuestión de la irresponsabilidad propia de populistas que insisten en gastar demasiado sin preocuparse por las previsibles consecuencias, sino también de la cultura política que les ha permitido prosperar a costa de una proporción creciente de los demás. Tanto Massa como los estrategas de la oposición esperan que la realidad dura que estamos viviendo sirva para enseñarle a la mayoría de lo insensato que es insistir en que el país tiene derecho a vivir por encima de los medios colectivos disponibles aunque, desde luego, los líderes de Juntos por el Cambio esperan ser los únicos beneficiados por la hipotética toma de conciencia así supuesta.

De todas formas, aunque fue gracias a Cavallo que la gestión de Carlos Menem no culminara en un desastre fenomenal, a pesar del gran prestigio tanto nacional como internacional que tal hazaña le dio, no pudo salvar a su sucesor, Fernando de la Rúa, que ni siquiera disfrutaba del respaldo de la UCR; a juicio de Raúl Alfonsín, era demasiado “derechista”.

Según expertos en la materia, hoy en día la situación socioeconómica del país es aún peor de lo que era a inicios de los años noventa cuando la hiperinflación barría con todo, o a comienzos del siglo actual. Algunos, como el libertario Javier Milei, comparan el panorama frente a Massa con el de junio de 1975 cuando Celestino Rodrigo optó por “sincerar” las variables financieras y, al subordinar todo a la lógica matemática, provocó un choque tremendo entre lo económico y lo político. Puede que quienes hablan de un “massazo” no estén pensando en el “rodrigazo” que marcó un antes y después en la historia del país, pero la verdad es que cualquiera que intente tomar en cuenta la brecha muy ancha que se ha abierto entre lo que la economía está en condiciones de  suministrar y lo que la población demanda de ella, entenderá que podría repetirse aquella convulsión calamitosa si el gobierno intensifica de golpe el ajuste parcial que está realizándose.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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