Tuesday 18 de June, 2024

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-09-2022 00:01

Un pasado que quiere volver

El atentado a la vicepresidenta Cristina Kirchner reconfiguró el escenario político. Las dudas.

Cayó como una bomba. Aquellas imágenes propias de una película de acción francesa en que un sujeto amenazaba a Cristina Kirchner agitando una pistola cargada a milímetros de su cabeza, provocaron una onda expansiva que pronto cubrió todo el territorio nacional y envió esquirlas a otras partes del mundo, donde la preocupación que sentían algunos se vio atenuada por la incredulidad que, desde luego, brindó a los adictos a las teorías conspirativas materia más que suficiente para justificar sus elucubraciones.

¿Cómo es posible, se preguntaban los interesados en las vicisitudes argentinas, que un desconocido de aspecto sospechoso pudiera acercarse sin problemas a una vicepresidenta tan polémica? La investigación que enseguida se puso en marcha sólo sirvió para hacer aún más opaco un asunto ya tenebroso. ¿Qué hacían los policías federales que supuestamente la custodiaban? ¿Por qué, o cómo, se borró toda la información almacenada en el celular del asesino en potencia? ¿Cuál habrá sido el rol de su novia? ¿Temía Alberto Fernández que Fernando Sapag Montiel muriera en una celda antes de que la jueza María Eugenia Capuchetti pudiera entrevistarlo? Los interrogantes siguieron acumulándose.

Aquí, los más aturdidos por lo que acababa de suceder no eran los kirchneristas que, conscientes de que el gobierno que apoyaban estaba tambaleando, se habían preparado mentalmente para algo feo, de ahí la alusión de Máximo Kirchner a “quién mata al primer peronista” y las advertencias de que pronto habría sangre en la calle, sino los que simpatizan con la oposición: sabían que, con argumentos rebuscados, los acusarían de estar detrás del atentado fallido, de ser sus autores intelectuales de uno de los golpes más brutales que ha sufrido la democracia desde su restauración hace casi cuarenta años. Aunque últimamente la Argentina ha experimentado mucho menos violencia política que países presuntamente modélicos como Estados Unidos y Francia, la situación económica es tan angustiante que en cualquier momento podría producirse el tan temido estallido social que abriría las puertas para que irrumpan nuevamente las furias del pasado, furias que motivan nostalgia en sectores kirchneristas.

No se equivocaban quienes preveían que el oficialismo, atontado por los golpes que continuaban intercambiando sus dirigentes principales, se sentiría liberado por el ataque a Cristina: la habían tocado, que empiece el quilombo. Con rapidez impresionante, los guardianes del relato kirchnerista aprovecharon lo que pudo haber sido una tragedia con repercusiones apenas concebibles para declararse apóstoles abnegados del amor universal que luchan contra los infames predicadores del odio. Dieron a entender que todo era clarísimo, que Sabag Montiel, lo supiera o no, trabajaba para una camarilla maligna de derechistas conformada por políticos opositores, periodistas, jueces y fiscales.

El mensaje subyacente era escueto: como dijo el senador José Mayans, hay que parar “de forma inmediata” el juicio de Vialidad contra Cristina y un puñado de colaboradores. Caso contrario, no habrá “paz social”. La Justicia independiente es subversiva.  De tal modo, gatilló una pistola simbólica contra el Estado de Derecho. Quiere que el Poder Judicial se arrodille ante el Ejecutivo, como éste ya hace ante la Jefa. Lo mismo que los demás ultras del kirchnerismo, el formoseño cree que su lideresa y sus acompañantes deberían permanecer por encima de leyes aptas para la gente común. Se trata de una actitud elitista que a buen seguro cae muy bien entre personajes que se han acostumbrado a ser despreciados por sus deficiencias culturales.

Aunque sería lógico suponer que, para los kirchneristas, el protagonismo de Cristina en la causa por la red de corrupción más notoria, y por un amplio margen más lucrativa, de las décadas últimas, constituiría el flanco más débil del movimiento que han formado, es evidente que prefieren perorar en torno al tema que intentar defender la gestión de lo que, al fin y al cabo, es el gobierno que han improvisado. Es comprensible; el drama de Cristina es sencillo. No es necesario ser un jurista para entender lo que está en juego. También es emotivo. Es por lo tanto natural que muchos propendan a tomar partido, como hacen los que siguen las peripecias de los personajes de un culebrón televisivo, sin preocuparse por los molestos detalles legales. En cambio, conseguir el apoyo de un electorado asustado por una crisis económica demoledora explicándole que ya no quedan alternativas a un ajuste doloroso requeriría talentos que los kirchneristas, que antes de regresar al poder prometían inaugurar una nueva época de abundancia, no poseen. Facilistas por vocación, hablar de sacrificios y esfuerzos mancomunados les es ajeno.

A los católicos y protestantes les gusta repetir lo de “debemos amar al pecador pero odiar al pecado” que se basa en algunas palabras de San Agustín, pero los kirchneristas más vehementes no están para tales sutilezas. Desde su punto de vista, el que a su juicio Cristina haya sido una gran lideresa “popular” que, para más señas, haya adoptado posturas calificadas de “progresistas” en los países ricos es más que suficiente para que sea meramente anecdótico lo que habría hecho con miles de millones de dólares destinados a obras públicas en Santa Cruz.  Si tienen que optar entre la lealtad, a menudo interesada, por un lado y el respeto por la legalidad por el otro, no vacilarán en anteponer su solidaridad  con una persona de carne y hueso a sus hipotéticos principios morales.

Si bien el kirchnerismo, como el peronismo del cual salió y al cual, en su hora de necesidad, está tratando de regresar, es una creación esencialmente argentina que en el exterior motiva más perplejidad que comprensión, sus estrategas, por llamarlos así, están dispuestos a hacer uso de insumos ideológicos que importan desde Estados Unidos y otros países anglohablantes. En todos, la noción de que, pensándolo bien, no hay mucha diferencia entre la violencia física y la verbal, está provocando debates furibundos entre los comprometidos con la libertad de expresión y quienes dan prioridad a los sentimientos de integrantes de grupos minoritarios supuestamente vulnerables, de los que el de los transexuales es por lejos el más belicoso. Como los kirchneristas, ven en cualquier crítica o chiste irrespetuoso una manifestación de odio. En algunos lugares de Canadá, Irlanda y el Reino Unido, la policía local toma muy en serio sus quejas.

Otra moda política y social que los kirchneristas han sabido aprovechar  desde el vamos se basa en la idea de que las víctimas siempre son moralmente superiores a los victimarios. Mientras que en el pasado no tan remoto los más fuertes se enorgullecían de sus proezas y los débiles sentían vergüenza, hoy en día éstos llaman la atención a sus sufrimientos y reclaman que los descendientes de los encumbrados de ayer les paguen reparaciones económicas o los beneficien con esquemas de “discriminación positiva”, algo que en muchas partes del mundo occidental hacen con humildad conmovedora empresas gigantescas y universidades prestigiosas. Si bien es difícil creer que Cristina, la que, a pesar de los reveses que ha sufrido en los meses últimos, sigue siendo la persona más poderosa del país y, según las malas lenguas, una de las más acaudaladas, sea precisamente una víctima, sus seguidores no vacilan en presentarla como una; saben que le sería políticamente, y por lo tanto jurídicamente, beneficioso figurar como una pobre mujer perseguida por machistas desalmados.

Frente a un crimen como el que casi se perpetró la semana pasada, los investigadores suelen preguntarse ¿cui bono?, o sea, ¿quién se beneficia? A primera vista, la respuesta es virtualmente nadie con la excepción de los interesados en sembrar caos por creerse en condiciones de aprovecharlo, lo que excluiría a los dirigentes de Juntos por el Cambio que están rezando para que algo parecido al statu quo se prolongue hasta vísperas de las elecciones previstas por la Constitución nacional. Por cierto, no les convendría en absoluto que el país se transformara en un campo de batalla en que bandas de energúmenos despiadados y delincuentes vinculados con el narcotráfico luchen por recursos cada vez más escasos, como en efecto ya está ocurriendo en zonas de Rosario y el conurbano bonaerense.

En cuanto al oficialismo, si bien incluye en sus filas a persnajes que rinden culto a la lucha armada, hasta los más agresivos entenderán que sin Cristina el movimiento en que militan se desintegraría. Quedan, pues, los iracundos que se sienten atraídos por la violencia por la violencia misma, por el “acto gratuito” del planteo de André Gide que, a mediados del siglo pasado, fascinaba a los existencialistas y sus seguidores. De lo que sabemos de Sabag Montiel, parecería que, con sus tatuajes de reminiscencias nazis, es un ejemplar un tanto lumpenesco de una especie que a través de los años ha causado algunos desastres descomunales. Tales individuos abundan en  todas partes del mundo. Por ser tan grave la crisis social y tan deprimentes las perspectivas frente al país, sorprendería que Sabag Montiel resultara ser el único tentado a vengarse del mundo por no haberle dado todo cuanto creía merecer intentando asesinar a una personalidad eminente.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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