Viernes 9 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 25-09-2022 10:21

En un mundo de marginados

El Gobierno busca a los autores intelectuales tras el ataque a Cristina.

Puede que Mauricio Macri haya acertado al decir que los responsables del atentado contra Cristina fueran integrantes de “un grupo de loquitos”, una banda sin conexiones firmes con otras de mentalidad similar que no recibía órdenes directas de nadie, pero el que éste haya sido el caso no sería motivo de alivio.

En el país se cuentan por millones los jóvenes que viven en condiciones parecidas a las de “los copitos” y, si bien no se les ha ocurrido a muchos asesinar a aquellos políticos que creen culpables de situación nada promisora en que se encuentran, la violencia no les es ajena. Muchos han crecido en barrios que se asemejan a zonas de guerra y están acostumbrados a que vecinos mueran a manos de adolescentes pertrechados de “fierros” que están dispuestos a matar por un puñado de pesos.           

Sea como fuere, aunque se ha puesto de moda tratarlos como “marginados” despreciables, Brenda Uriarte, Fernando Sabag Montiel y sus amigos eran relativamente emprendedores en comparación con el grueso de sus coetáneos que, según nos informan los especialistas en la materia, es igualmente pobre y de nivel educativo aún más rudimentario. No extrañaría, pues, que los denostados como “marginados” pronto llegaran a constituir la mayor parte de la población del país, lo que plantearía la pregunta: ¿quiénes marginan a quiénes?

De más está decir que la Argentina dista de ser el único país en que las elites culturales, mediáticas y políticas se resisten a tomar en serio el drama existencial de una proporción creciente de sus conciudadanos. Es un fenómeno mundial que amenaza con tener consecuencias sumamente disruptivas en los años próximos. 

En Estados Unidos, la brecha que se ha producido entre los conformes con el statu quo y los que se saben abandonados a su suerte fue aprovechada, con éxito fulminante, por Donald Trump. El desopilante magnate inmobiliario triunfó en las elecciones de 2016 en buena medida gracias al desdén manifiesto de su rival, Hillary Clinton, y sus simpatizantes progres por los “deplorables” que lo apoyaban, y sigue viéndose beneficiado por la actitud despectiva hacia ellos de quienes dominan los medios tradicionales más prestigiosos.

Mal que les pese a muchos, el futuro de la Argentina podría depender de lo que hagan los “marginados” menos pasivos que, a diferencia de quienes se han resignado a vivir de limosnas, querrán rebelarse contra un sistema social que por cierto no los ha favorecido. Hasta hace un par de años, el kirchnerismo -que incluye a individuos que reivindican crímenes políticos con palabras levemente más sofisticadas que las de “los copitos” -, era capaz de ilusionarlos, pero la convicción cada vez más difundida de que Cristina sí es una “chorra” patológicamente egocéntrica lo está privando de su poder de atracción.

¿Lograrán libertarios como Javier Milei llenar el vacío que está dejando el ocaso de la variante kirchnerista del populismo peronista? Es posible, si bien cuesta creer que estarían en condiciones de reformar drásticamente el Estado para entonces administrarlo con eficiencia en un período acaso prolongado en que el sector público tendría que desempeñar un papel protagónico, ya que sin un gobierno fuerte dotado de la autoridad moral necesaria para aplicar medidas que muchos considerarían antipáticas, el país correría el riesgo de degenerar en un campo de batalla en que distintas tribus urbanas libren una guerra de todos contra todos.

Según los sondeos, Cristina cuenta con el apoyo de una minoría, reducida pero muy intensa, que en circunstancias “normales” sería insuficiente como para permitirle gobernar el país manipulando como una marioneta a Alberto Fernández, pero por razones constitucionales la Argentina está atrapada en un túnel del tiempo que le impide adaptarse con rapidez a los cambios de humor político.  Por lo tanto, el poder institucional refleja la realidad de dos años atrás.

Los más perjudicados por la parálisis auto-inducida  así supuesta han sido, cuando no, los dirigentes opositores. En vez de contar con un par de meses en que prepararse para gobernar, como hubiera sido el caso en un país de reglas institucionales menos rígidas, han tenido dos años en que hacerlo, lo que, para sorpresa de nadie, los ha llevado a privilegiar las internas.

Aun cuando no se equivoquen quienes nos aseguren que es natural que haya disputas agrias en el seno de una coalición democrática conformada por facciones de tradiciones muy diferentes, es evidente que las reyertas diarias y maniobras sinuosas que mantienen ocupados a los líderes de los diversos grupos que conviven en Juntos por el Cambio estén socavando la fe ya tenue de la ciudadanía en la capacidad de la clase política nacional para frenar la marcha del país hacia un destino que nadie en sus cabales quisiera.

Así, pues, mientras sigue apagándose la estrella de Cristina en torno de la cual tanto ha girado desde hace varios lustros antes de que un sucesor de actitudes parecidas, si es que habrá uno, haya conseguido afirmarse, Alberto cumple un rol que es meramente decorativo y el poder real de la oposición, que a pesar de las bien publicitadas trifulcas internas aún estaría en condiciones de ganar una elección general, se ve limitado por la Constitución, un político que, de acuerdo común, es el menos confiable de todos, se ha encargado del gobierno.

Si bien Sergio Massa entenderá que a lo sumo podrá postergar por algunos meses más la culminación de la tragedia económica que tanta miseria está provocando, esperará que el espectáculo que está protagonizando convenza a una parte sustancial de la población de que es el único político con las agallas necesarias para hacer algo más que culpar a otros por lo que le ha sucedido al país.

A diferencia de Cristina y sus secuaces y, en su versión reciente, Alberto, Massa nunca ha procurado figurar como un enemigo implacable del “imperio” yanqui. Antes bien, a través de los años se las ha arreglado para acumular una cantidad notable de presuntos amigos que ocupan puestos políticos y económicos influyentes en las estructuras de poder norteamericanas.

Hasta hace muy poco, la voluntad de Massa de congraciarse con tales personajes habrá levantado ampollas entre los militantes oficialistas más viscerales, pero parecería que, luego de permitirle encargarse del manejo de la economía, comprometerse a llevar a cabo lo pactado con el Fondo Monetario Internacional e iniciar un ajuste mucho más severo que los intentados por Macri, algunos han decidido que a ellos también les convendría reconciliarse con el país que, hasta ayer nomás, tomaban por el símbolo máximo del mal universal.

Será por tal motivo que antiimperialistas tan fogosos como Hugo Yasky, Roberto Baradel y Pablo Moyano visitaron la embajada por antonomasia para charlar y compartir fotos con Marc Stanley, que antes de dedicarse a tareas diplomáticas se había destacado como un activista político y que, según el camionero, “es mucho más peronista que muchos de nosotros”.

A esta altura, los kirchneristas más inteligentes o, si se prefiere, más cínicos, no pueden sino entender que, si bien el credo que confeccionaron los ayudó a construir  poder, ha resultado ser peor que inútil a la hora de gobernar. Sería por lo tanto lógico que, mientras aún haya tiempo, procuraran remplazarlo por otro menos fantasioso basado en la noción de que, lo entiendan o no, los demócratas estadounidenses son herederos ideológicos de Juan Domingo Perón. Como dice el adagio, si no puedes con ellos, úneteles.  

Además de ayudarlos a sembrar confusión en las filas opositoras, acercarse al “imperio” justo cuando está esforzándose por movilizar a las democracias contra autocracias como Rusia y, sobre todo, China, podría convencerlo a impulsar inversiones cuantiosas en Vaca Muerta, los depósitos de litio y otros recursos que, merced al intento fallido de Vladimir Putin de apoderarse de Ucrania y la actitud agresiva de Xi Jinping hacia Taiwán,  últimamente se han hecho más valiosos. Aunque un viraje de tal tipo no tuviera consecuencias concretas inmediatas, podría servir para hacer menos virulento el pesimismo que está causando tantos perjuicios al convencer a muchos de que, a pesar de todo, es posible que el futuro sea mejor que el presente.                          

La sensación de que la clase política local está más interesada en defender sus privilegios corporativos que en “solucionar los problemas de la gente” no está confinada a la Argentina. Aunque aquí se ha manifestado de manera más explícita que en otras latitudes, la hostilidad hacia lo que tanto izquierdistas como derechistas llaman “la casta” afecta a virtualmente todos los países del mundo democrático.

Pero no sólo es cuestión de la propensión acaso natural de los políticos a comportarse como miembros de una agrupación cerrada, sino también del  temor de que, tal y como están las cosas, no haya “soluciones” aceptables para los males que aquejan a las sociedades modernas. Es que en muchos ámbitos el progreso, en que los avances tecnológicos espectaculares se combinan con la globalización, no está teniendo consecuencias benignas. Expectativas que eran razonables y realistas hace un par de décadas, cuando quienes ya son adultos jóvenes se preparaban para el mundo del trabajo antes de que la “precarización” lo desordenara, ya parecen utópicas, mientras que los muchos que carecen de credenciales académicas enfrentan dificultades que son aún mayores.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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