Thursday 23 de May, 2024

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 13-05-2023 00:35

Nadie quiere gobernar

El oficialismo da por perdida la elección y la oposición teme lo que heredará. Por qué todos esquivan la responsabilidad.

Por razones que son dolorosamente evidentes, nadie quiere gobernar la Argentina. Alberto Fernández prefirió ser un pato rengo a lo sumo decorativo a brindar la impresión de querer prolongar su mandato más allá del fin de año. Aunque lo considera un inútil, Cristina Kirchner no tiene interés alguno en tomar su lugar. Y hay kirchneristas, como Jorge Ferraresi y Andrés “el Cuervo” Larroque de Pedro, que fantasean en voz alta con huir del escenario de sus proezas. La esposa de Sergio Massa, Malena Galmarini, dice que si su marido los acompañara, lo que aún quedaría del gobierno se desplomaría enseguida. Puede que la presidenta del directorio de Agua y Saneamiento Argentinos esté en lo cierto.

Los kirchneristas apenas disimulan su voluntad de mudarse ya a la oposición, pero, para su frustración, quienes ocupan dicho espacio se niegan a permitirlo; dicen que el gobierno actual tiene que permanecer donde está hasta el 10 de diciembre. En su opinión, merecen ser sentenciados a meses más de trabajos forzados. El que, con cada día que pasa, la Argentina, con sus habitantes adentro, esté acercándose cada vez más a un precipicio no parece preocuparles.

Tal actitud manda a la sociedad un mensaje desmoralizador. Buena parte de la ciudadanía intuye que si los dirigentes opositores confiaran en su propia capacidad para poner fin a la ya casi centenaria decadencia del país, estarían exhortando a los kirchneristas a prestar atención a los derrotistas -o realistas- en sus filas y convocar a elecciones anticipadas para que ellos pudieran poner manos a la obra cuanto antes.

¿Es lo que están haciendo? Claro que no. Si bien tanto respeto por el calendario electoral inflexible que está previsto por la Constitución puede parecer conmovedor a ojos de los líderes de Juntos por el Cambio, supone dejar que se atrase por medio año más cualquier intento serio de frenar el deterioro socioeconómico que amenaza con hacer de la Argentina una versión austral de Venezuela o Haití.

El letargo opositor está alimentando la bronca, para no decir rabia, de segmentos cada vez mayores de la población que se sienten traicionados por una clase política nacional que dista de estar a la altura de sus propias pretensiones, da ahí la irrupción espectacular del dinamitero Javier Milei, el paladín de la antipolítica. No atribuyen la actitud de los popes opositores a su presunta veneración por las reglas democráticas vigentes sino a su temor a tener que enfrentar una crisis que está devorando el país. Les gusta creer que los tiempos constitucionales -como si no hubiera formas aceptables de poner fin a la gestión de un gobierno que ha resultado ser asombrosamente inepto- los han obligado a ir despacito para que puedan concentrarse durante largos meses en las internas y continuar retocando su retórica para adaptarla a los vientos detectados por sus asesores de imagen, pero al comportarse así hacen pensar que quisieran que el presente se prolongara indefinidamente. Después de todo, es su zona de confort.

En vista de la extrema gravedad y complejidad de la situación en que se encuentra el país, es comprensible que nadie realmente quisiera hacerse cargo. Demás está decir que los más resueltos a esquivar responsabilidades son los gobernantes mismos. La creadora del Frente de Todos, Cristina, habla como si no contribuyera nada al desastre descomunal que sus maquinaciones han provocado. Alberto sólo hace papelones en el exterior, como en su visita a Brasil donde, según Lula, fue gratificado con mucha buena voluntad política pero nada de dinero, o despotrica contra la Corte Suprema porque cree que políticos provinciales deberían tomar en cuenta las leyes de sus distritos. Por su parte, los militantes de La Cámpora se divierten haciendo tropezar a los otros miembros del gobierno en que ocupan puestos y sacando provecho mientras puedan de las cajas que manejan.

En cuanto a Massa, el único miembro del trío que reunió fuerzas para triunfar en las elecciones de 2019 que parece interesado en gobernar, se ve condenado a intentar hacer una síntesis del pensamiento kirchnerista y las exigencias extraordinariamente blandas del Fondo Monetario Internacional. Sabe que es una misión imposible, pero a pesar de su notoria sinuosidad y su reputación de ser un hombre dispuesto a arriesgarse yendo por todo, no se atreve a rebelarse contra quienes lo tienen atrapado.

La depresión anímica que está sufriendo el país se debe menos al fracaso patente del kirchnerismo que a las dudas acerca de la fortaleza espiritual de los presuntamente destinados a tomar el relevo. Por cierto, no ha ayudado el que los del PRO, los radicales, los seguidores de Elisa Carrió y los republicanos peronistas hayan contado con varios años en que prepararse para la tarea gigantesca que, suponían hasta que las encuestas de opinión dejaron de sonreírles, tarde o temprano tendrían que emprender. Los han malgastado concentrándose obsesivamente en las internas y estudiando, con meticulosidad bizantina, las distintas variantes del ajuste que el próximo gobierno, sea cual fuere su complexión política, se verá constreñido a aplicar.

De haber sido más o menos satisfactorio el desempeño del gobierno kirchnerista, los opositores hubieran podido darse el lujo de gastar mucho tiempo negociando candidaturas y cargos, pero sucede que pronto resultó ser aún peor que el vaticinado por los más escépticos, de suerte que deberían por lo menos haber intentado brindar la impresión de estar resueltos a poner en marcha lo antes posible un programa de reformas ambiciosas.

A veces, cierta cautela es encomiable, pero dista de serlo si la gente la toma por un síntoma de debilidad.  Al dar a entender que precisarían largos meses para elaborar un programa de gobierno, además de reordenar la coalición que habían formado, los jefes de Juntos por el Cambio perdieron el apoyo de muchos que, hasta finales del año pasado, veían en él una alternativa viable al oficialismo panperonista. 

En la Argentina, oponerse al statu quo siempre ha sido  maravillosamente fácil. Aún más que en otras partes del mundo, para muchos la historia nacional es una crónica de protestas callejeras masivas que recuerdan con nostalgia. Para sindicalistas y facciones políticas marginales, organizarlas, movilizando a pobres o empleados estatales, es la única cosa que saben hacer con éxito. No sorprende, pues, que aquí lo negativo predomine sobre lo positivo y que, en el fondo, casi todos sientan aversión al “trabajo sucio” que a su juicio significa gobernar y que, por desgracia, suele implicar verse constreñido a tomar decisiones que beneficiarán a algunos y perjudicarán a otros. Puesto que en las circunstancias imperantes hay, y habrá, muchísimos perdedores y, en el corto plazo por lo menos, muy pocos ganadores, es comprensible que quienes aún esperan triunfar en las próximas elecciones sientan temor y que los kirchneristas ya estén pensando en cómo aprovechar las dificultades que están creando para asegurar que ellos también fracasen.

¿Está por cambiar la cultura política del país? Los hay que creen que las consecuencias aciagas de veinte años de kirchnerismo, interrumpidos pasajeramente por los cuatro de Mauricio Macri, forzarán a los habituados a apoyar al mesías populista de turno a modificar drásticamente sus puntos de vista. Quienes piensan así pecan de optimismo. El más beneficiado por el desprestigio del kirchnerismo ha sido Milei, un outsider que a su manera excéntrica es tan populista como cualquier integrante de “la casta”, ya que su popularidad se debe casi exclusivamente a las críticas furibundas que dispara contra sus rivales.

Por mucho que aluda a sus severos mentores austríacos, el libertario disruptivo es un representante cabal de la tradición de protesta que tanto ha aportado a la ruina del país. Puede que, gracias a su prédica, otros políticos hayan comenzado a incorporar a su acervo ideas que antes habían repudiado por “neoliberales” o “ultraderechistas”, pero aún así parece poco probable que estén dispuestos a romper con el consenso mayormente populista que, durante muchas décadas, ha dominado el pensamiento nacional.

Siempre y cuando no opten por irse antes, a los kirchneristas aún les queda más de medio año en el poder. Nadie cree que en el lapso así supuesto les resulte posible impedir que la inflación se siga acelerando o, lo que sería todavía más importante, que logren acumular algunas reservas genuinas para que la industria pueda importar los insumos que necesitará para continuar funcionando. Tampoco les será dado conseguir inversiones significantes. Así las cosas, hasta nuevo aviso el país dependerá por completo del FMI, o sea, de la voluntad de Estados Unidos y sus aliados de subsidiar a un defaulteador serial por miedo a que su eventual colapso tenga un impacto explosivo en las finanzas mundiales.

Massa se encuentra sin más alternativa que la de pasar la gorra por los centros económicos del planeta, lo que es humillante no sólo para él sino también para el país. Si bien puede señalar que una sequía atroz atribuible al cambio climático ha privado a la Argentina de hasta 30 mil millones de dólares, sabrá que el estado lamentable de la economía nacional no se debe a la crueldad de la naturaleza sino a una tradición política autodestructiva de la cual, si tenemos suerte, el gobierno kirchnerista habrá sido la culminación.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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