Lunes 26 de febrero, 2024

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 25-03-2023 01:39

En un mundo harto de crisis constantes

El sacudón financiero mundial complica la gestión del ministro Sergio Massa. Cómo surfear los peligros globalizados.

No es ningún consuelo para Alberto Fernández, Sergio Massa y sus colaboradores, pero casi todos los gobiernos del mundo se sienten víctimas de ataques sumamente injustos por parte de quienes los critican por su incapacidad para satisfacer las demandas de sus propios simpatizantes, para no hablar de la hostilidad previsible de quienes nunca los han querido. Rezan para que la economía que están procurando manejar crezca lo suficiente como para permitirles reconciliarse con la ciudadanía, pero tienen motivos de sobra para temer que en cualquier momento gire fuera de control. Aunque nunca ha sido fácil combinar el vigor económico con un grado adecuado de justicia social, es decir, equilibrar lo económico con lo político, hoy en día intentarlo propende a hacerse cada vez más difícil, lo que plantea a los gobernantes dilemas que ninguno parece estar en condiciones de resolver.

Que éste sea el caso debe preocupar no sólo al gobierno kirchnerista actual sino también a los dirigentes de Juntos por el Cambio que confían en que el electorado pronto les pida encargarse de los destinos del país. Aun cuando un eventual gobierno de tal signo sea un dechado de eficacia y habilidad comunicativa, a juzgar por la experiencia internacional no le será dado contar por mucho tiempo con el apoyo de quienes lo habrán tomado por el mal menor en comparación con los peronistas y los tentados por el nihilismo que subyace en la oferta de Javier Milei.  Como en otras partes del mundo, una grieta muy ancha se ha abierto entre las expectativas a primera vista razonables de la mayoría y las posibilidades reales.

Lo que está ocurriendo en Francia, donde el presidente Emmanuel Macron se ve ante una rebelión similar, si bien en una escala decididamente mayor, a la de “las 14 toneladas de piedras” que tuvo que enfrentar Mauricio Macri en diciembre del 2017, cuando buscaba modificar levemente el sistema previsional, es un buen indicio de lo que podría esperarles a quienes sucedan a los kirchneristas en el poder. No sólo tendrán que obrar con racionalidad para que la situación en que se encuentra el país no se haga todavía peor, sino también dotar a las medidas que tomen de un contenido emotivo lo bastante fuerte como para persuadir a la población de que está participando de una epopeya o, por lo menos, de un esfuerzo mancomunado valioso al que todos tendrán algo que aportar. 

Si bien los cambios ordenados por el gobierno francés son relativamente anodinos y claramente lógicos, el que sean necesarios no lo ayuda en absoluto. Por el contrario, los argumentos que despliegue Macron para justificar lo que está haciendo lo perjudican. Cuando trata de convencer a sus compatriotas de que la evolución demográfica de Francia lo obliga a instrumentar reformas antipáticas, ya que sería peor que inútil fingir creer que nada importante ha sucedido en dicho ámbito desde 1881, el año en que el canciller alemán Otto von Bismarck creó el primer sistema jubilatorio estatal, Macron refuerza la impresión de que es un “tecnócrata” gélido que por su formación es incapaz de entender los problemas de la gente común. A lo franceses les encanta creerse “cartesianos” severos, pero sucede que son tan vulnerables a los planteos populistas como los habitantes de los distritos más deprimidos del conurbano bonaerense.

Es comprensible el nerviosismo que sienten los gobiernos, y aquellos políticos opositores que esperan tomar su lugar, cuando piensan en las perspectivas frente a la economía internacional. Últimamente, han asistido al colapso de entidades supuestamente robustas -antes de desplomarse, el Silicon Valley Bank tenía más de 200 mil millones de dólares en sus bóvedas virtuales-, y el naufragio de Credit Suisse, cuya tripulación fue rescatada por otro gigante helvético, el UBS (Banco Unión de Suiza), que bien podría terminar contaminado por los males de una adquisición que, de no haber sido por las presiones gubernamentales, hubiera preferido rechazar.

Así, pues, el epicentro de la crisis que tiene en vilo a los diversos gobiernos del planeta y fue desatada por el aumento del tipo de interés ordenado por el Fed norteamericano para combatir la inflación -que, a 6 por ciento anual, es apenas anecdótica según las pautas argentinas- se ha traslado al país que para muchos simboliza la prolijidad financiera.

La sensación ya casi universal de precariedad, de que, en un mundo de comunicaciones electrónicas instantáneas, hasta esquemas de apariencia segura pueden desbaratarse de la noche a la mañana, se ha visto intensificada por la conciencia de que teorías que en otros tiempos contaban con la adhesión de amplios sectores no brindaron los resultados previstos. A diferencia de lo que sucedía en el pasado, no hay proyectos de largo alcance que, según quienes los han adoptado, andando el tiempo brindarán frutos muy positivos.

Tanto el socialismo como el liberalismo y sus respectivas variantes han dejado de ser considerados como panaceas. Han sido remplazados por esquemas mixtos que a lo sumo funcionan por un rato hasta que se vean repudiados. En muchas partes del mundo, los más perjudicados por la forma que ha tomado el desarrollo económica han sido los que carecen de los atributos necesarios para prosperar en una época dominada por “la economía del conocimiento” y que, para colmo, suelen ser despreciados por miembros de las nuevas elites que los tratan como vagos infradotados. Tales postergados, a su manera equivalentes de los piqueteros que regularmente ocupan el centro de Buenos Aires, posibilitaron la irrupción de Donald Trump en Estados Unidos y, en Francia, están tratando de desalojar a Macron del Palacio del Elíseo.

En los países desarrollados, las nuevas elites están conformadas por personas educadas -sus críticos dirían adoctrinadas- en universidades en que muchos se especializaron en asignaturas llamativamente politizadas. Ayudándose mutuamente, han logrado atrincherarse en puestos muy influyentes en los medios, los círculos académicos y, claro está, el mundillo político en que se han apoderado de la conducción de los partidos que se afirman progresistas, marginando a los procedentes de la clase trabajadora tradicional.

Aquí, la situación es un tanto distinta, ya que han sido menos exitosos los intentos kirchneristas de crear una elite permanente basada en “la militancia”, que los esfuerzos en tal sentido de los comprometidos con la política de la identidad “woke” en América del Norte, Europa occidental y Australia. Los kirchneristas han procurado importar los eslóganes y aspiraciones más impactantes, sobre todos los relacionados con el género, del movimiento que nació en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Lo han hecho en parte porque entienden que temas traídos del imperio, como los supuestos por “el lenguaje inclusivo” y “el matrimonio igualitario”, pueden servir para distraer la atención de los fieles de los resultados calamitosos de su gestión socioeconómica, y en parte porque les gusta sentirse participantes de un gran movimiento progresista internacional, uno que, demás está decirlo, es mucho más influyente que el representado por el Grupo de Puebla.

Aunque para algunos políticos puede ser reconfortante saber que la Argentina dista de ser el único país cuya economía corre el riesgo de hundirse, ya que según la ONU hay medio centenar, entre ellos Turquía, Pakistán y El Líbano, que podrían terminar aplastados por sus deudas, por ahora cuando menos no le convendría al gobierno que el mundo se vea sacudido por una crisis sistémica tan grave como la que siguió a la caída de la entidad estadounidense Lehman Brothers en el 2008.

Mal que les pese a Alberto y Sergio, en ninguna parte les sirve a los gobernantes señalar que los problemas que enfrentan son casi universales. Como sus homólogos en Europa y América del Norte, están en lo cierto cuando afirman que la pandemia, seguida por la invasión de Ucrania por la Rusia de Vladimir Putin, han tenido un impacto muy negativo y piden a sus contrincantes tomarlas en cuenta, pero, por injusto que parezca, en todos los países la mayoría propende a atribuir las dificultades a los errores perpetrados por el gobierno propio y a minimizar la importancia de fenómenos de origen externo.

Lo mismo que los demás países, lo que necesita la Argentina para tener la posibilidad de prosperar es un clima internacional  benigno, es decir, uno de estabilidad, con tasas de crédito reducidas; caso contrario, los más fuertes no vacilarán en aprovechar sus ventajas a costillas de los débiles. Para restaurar cierto orden a una economía enferma de inflación crónica y poner en marcha un programa orientado a eliminar las distorsiones más dañinas que han dejado tres cuartos de siglo de decadencia, el próximo gobierno precisará contar con la buena voluntad ajena, ya que sin ella no tendrá posibilidad alguna de recibir las inversiones que necesitaría para hacer pleno uso de los recursos materiales y humanos que sigan siendo disponibles. Parecería que lo entienden muy bien los presuntos presidenciables de Juntos por el Cambio, pero para convencer a sus interlocutores de otras latitudes, tendrían que mostrar que poseen la fortaleza anímica que requerirían para poder alcanzar sus objetivos inmediatos antes de que sea demasiado tarde.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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