Domingo 25 de febrero, 2024

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 05-03-2023 11:09

En el reino del internismo

Larreta y otros señalan la grieta como el mayor mal argentino, pero la cuestión es más compleja. La interna oficial.

Todo sería mucho más sencillo si tuviera razón Horacio Rodríguez Larreta y la situación desastrosa en que se encuentra el país fuera producto de “la grieta”, las “divisiones”, y “las peleas” que mantienen ocupados a los dirigentes de las distintas facciones políticas. En tal caso, bastaría con que los líderes y sus seguidores se acostumbraran a dialogar amablemente para que la Argentina dejara atrás casi un siglo de decadencia, ya que lo que necesitaría para comenzar a recuperarse de sus heridas sería un gran acuerdo nacional rubricado por políticos, sindicalistas y representantes de los sectores económicos y sociales más importantes.

Aunque a esta altura virtualmente todos entenderán que se trata de una ilusión porque no hay forma de compatibilizar los intereses de los personajes que tendrían que participar de una eventual mesa de diálogo, para muchos el planteo del alcalde porteño suena atractivo y podría ayudarlo a sumar votos. Con frecuencia, quienes procuran medir lo que está ocurriendo en la mente colectiva nos informan que la mayoría está harta de las reyertas protagonizadas por políticos de todo tipo que no sirven para solucionar ningún problema apremiante.

Sea como fuere, al embestir contra “la grieta” que aquí, como en casi todos los demás países, divide a los politizados, Rodríguez Larreta amplió la que atribula a su propio “espacio” en que “tibios” como él se enfrentan con “duros”, como Patricia Bullrich y, es de suponer, el esquivo Mauricio Macri, que dan por descontado que un gobierno de las características que parece querer encabezar sería incapaz de llevar a cabo las reformas drásticas que consideran imprescindibles para que el país pueda aprovechar mejor el capital humano, y los recursos naturales, que todavía conserva.

 Tales escépticos también podrían atribuir la performance lamentable del país en las décadas últimas a la voluntad de demasiados políticos a aferrarse a un consenso que, en términos prácticos, siempre estuvo destinado a tener consecuencias catastróficas. Al anteponer a sus propias convicciones el deseo de ahorrarse conflictos que podrían perjudicarlos, quienes no creían en las verdades oficiales respaldadas por la mayoría de turno  colaboraron con aquellos que harían de la Argentina lo que algunos calificarían del “mayor fracaso del siglo XX”.   

Desde el punto de vista de los que toman “la grieta” por un fenómeno natural y en cierto modo positivo, el resurgimiento soñado será forzosamente obra de una minoría intensa. Saben que el conservadurismo argentino es un monstruo poderoso de mil cabezas de las que muchas se ocultan detrás de máscaras progresistas y que, para derrotarlo, un gobierno reformista tendría que estar dispuesto a tomar medidas que una multitud de operadores sectoriales tratarían de frustrar porque están resueltos a defender sus “conquistas” cueste lo que costare a los demás. Si bien la mayoría jurará estar a favor de un cambio copernicano que transformara radicalmente al país, no hay ningún acuerdo sobre quiénes merecerían estar entre los perjudicados.

Siempre y cuando no arruine todo la antipolítica de Javier Milei -el que, de triunfar, podría inaugurar una etapa, tal vez muy breve, de anarquía institucional hasta que interviniera una Asamblea Legislativa-, o, para la sorpresa general, irrumpa una nueva mutación peronista que logre entusiasmar al electorado, el próximo presidente de la República surgirá de las filas de Juntos por el Cambio.

Si bien parecería que Rodríguez Larreta aún está liderando la carrera, en los meses últimos ha perdido ímpetu al difundirse el temor a que su presunta tibieza lo haría incapaz de dominar la emergencia económica cada vez más caótica que está detrás del trágico drama social que día tras día está cobrando más víctimas. En tiempos de crisis, quienes consiguen irradiar una imagen de fortaleza suelen correr con ventaja, lo que, huelga decirlo, puede ser muy peligroso si, como a menudo ha ocurrido no sólo aquí sino también en el resto del mundo, los así beneficiados resultan ser autoritarios narcisistas convencidos de su propia rectitud.

Los preocupados por la prédica, a su juicio excesivamente conciliatoria, de Rodríguez Larreta y otros insisten en que es absurdo minimizar la importancia de las diferencias que se dan entre el kirchnerismo y aquellos movimientos, de derecha, centro o izquierda, que respetan no sólo la Constitución sino también un conjunto de principios morales fundamentales. ¿Es posible -se preguntan- asumir una postura de neutralidad frente a la corrupción, tratándola como una excentricidad pintoresca que es necesario tolerar? ¿Es la cleptocracia, una modalidad que es típica de sociedades subdesarrolladas habituadas a ser gobernadas por ladrones, una alternativa política aceptable en una democracia republicana cabal? No vacilan en reivindicarla aquellos kirchneristas que creen que Cristina sí fue culpable de los delitos por los cuales un tribunal la condenó a seis años de reclusión, un veredicto que la Corte Suprema aún no ha ratificado.

Por ser “la grieta” que separa a los kirchneristas de los demás la más notoria, insinuar que convendría pasarla por alto no ayuda. Tratar de comprar paz ofreciéndoles una amnistía para la jefa y sus cómplices a cambio de cierta pasividad no lograría más que desacreditar a un gobierno supuestamente comprometido con el Estado de derecho a ojos de la ciudadanía y también del resto del mundo occidental. Así las cosas, de aumentar la proporción de legisladores sinceramente democráticos, una opción más realista sería aislar al kirchnerismo rodeándolo de un cordón sanitario, como se hace en algunos países europeos con movimientos que son considerados peligrosos.

De todos modos, por “dialoguista” que se haga Juntos por el Cambio, le sería inútil esperar que tal actitud sirviera para ablandar a Cristina y sus fieles. Ellos comprenden muy bien que el poder político que lograron construir se basaba en su capacidad notable para movilizar el rencor que sienten muchísimas personas. Para más señas, confían en que, al hacerse sentir los ajustes que se verá constreñido a aplicar el gobierno próximo, les sea dado contar con suministros cada vez mayores de su materia prima más provechosa.  Un gobierno que pactara con quienes piensan así tendría que conformarse con “administrar la crisis”, ya que sería de prever que cualquier intento de dejarla atrás motivara reacciones sumamente negativas por parte de quienes son especialistas en hacer de la miseria ajena un negocio muy lucrativo no sólo comercial sino también político.  Ahora bien, es una cosa disfrazarse de oveja mientras dure una campaña electoral y otra muy distinta seguir comportándose como una luego de munirse del lápiz presidencial. Aun cuando Rodríguez Larreta no parezca tener muchos genes lobunos, si le toca suceder a Alberto Fernández se vería ante una situación que a buen seguro lo obligaría a actuar como si los poseyera en abundancia. A veces, insinúa que es consciente de la magnitud del desafío que lo aguardaría, de ahí las alusiones esporádicas a la ráfaga de medidas impactantes que ordenaría en las primeras horas de su hipotética gestión, pero quizás sería de su interés advertirle a la gente que, si bien el diálogo tranquilo siempre es mejor que el intercambio de gritos fuertes que por lo común carecen de significado, hay ocasiones en que la blandura es peor que la dureza.

El calendario electoral juega en contra del país al en efecto institucionalizar el internismo. En ambas coaliciones y sus satélites, aquellos que de una manera u otra necesitan asegurarse un lugar permanente en la gran corporación política se sienten obligados a continuar compitiendo con sus socios, lo que contribuye mucho a hacer del grupo al que pertenecen “una bolsa de gatos”. Hubiera convenido, pues, que por lo menos Juntos por el Cambio organizara y celebrara sus propias primarias de forma autónoma, como hacen los grandes partidos de todas las demás democracias, para entonces enfrentar las PASO y las elecciones genuinas con el candidato o presidencial y sus acompañantes ya seleccionados.

Tal y como están las cosas, al país le aguardan varios meses más de internismo frenético en que los aspirantes a mudarse a la Casa Rosada tratarán de denigrar a sus rivales sin perjudicarse a sí mismos. De cuando en cuando, los de Juntos por el Cambio se felicitan porque, a pesar de todo lo ocurrido, la coalición se ha mantenido unida, pero persiste el riesgo de que las diferencias resulten insalvables o que una palabra de más tenga consecuencias destructivas. Por desgracia, el modelo institucional que se ha improvisado hace muy difícil la convivencia en “espacios” determinados de políticos ambiciosos que, aun cuando compartan ciertas convicciones básicas, de ser otras las circunstancias militarían en agrupaciones distintas. Si la Argentina fuera un “país normal”, Rodríguez Larreta, radicales como Martín Lousteau y sus adherentes integrarían un partido amplio centroizquierdista, mientras que Macri, Bullrich y los suyos encabezarían otro de la centroderecha, pero sucede que la popularidad perdurable del peronismo, cohesionado últimamente por la insaciable vocación de poder del kirchnerismo, ha impedido que aquí la política democrática evolucionara como en otros países de cultura parecida. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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