Viernes 9 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 08-10-2022 00:24

El poder hecho pedazos

Por qué la dirigencia política, con su egoísmo, agrava los problemas del país en vez de solucionarlos.

Cuando de la política se trata, uno multiplicado por tres o cuatro puede igualar a cero. Es lo que ha ocurrido aquí. En la actualidad, la Argentina cuenta con varios gobiernos, entre ellos los de Cristina Kirchner, Sergio Massa, Alberto Fernández y otro fantasmal que está conformado por funcionarios que adhieren a lo que toman por una versión superior de la ideología oficial y hacen lo que se les antoje, pero es como si no tuviera ninguno porque cada uno persigue sus propios fines sin que se le ocurra intentar coordinar lo que está haciendo con los demás.

Para Massa, la lucha contra la inflación que está devorando el país y pauperizando a sus habitantes ha de ser prioritaria, ya que su propio futuro podría depender de los resultados de su gestión, pero Cristina no quiere que sea demasiado exitoso y ya está  pensando en lo ventajoso que podría serle oponerse al ajuste que está aplicando el ministro de Economía de lo que, en teoría por lo menos, es su gobierno.

Por su parte, Alberto está tratando de alejarse subrepticiamente del mundanal ruido con la esperanza de sobrevivir algunos meses más en el cargo que la Jefa le regaló. Mientras tanto, hay personajes que ocupan puestos en reparticiones gubernamentales que brindan apoyo a los ultras mapuches que están provocando estragos en la Patagonia o piqueteros que están haciendo lo mismo con sus manifestaciones callejeras y acampes en la Capital Federal además, claro está, de aquellos adolescentes y sus papás   que juegan a revolucionarios, tomando colegios con el propósito de hacer retroceder a las  huestes del fascista Horacio Rodríguez Larreta.

Últimamente, se ha hecho tan intensa la sensación de descontrol ocasionada por la inoperancia oficial que algunos dicen que la anarquía ya ha tomado posesión de la Argentina, mientras que otros, un poco menos tétricos, dicen que aún le falta algo; hablan de pre-anarquía, del riesgo de que dentro de poco el país sí sea escenario de una lucha hobbesiana de todos contra todos, pero así y todo dan a entender que todavía queda tiempo en que restaurar un mínimo de orden antes de que sea demasiado tarde.

Sea como fuere, el que día tras día se produzcan más episodios inquietantes, algunos provocados por personajes vinculados con el heterogéneo Frente de Todos, hace pensar que en el campo nacional y popular ya son más los decididos a aprovechar los problemas del país en beneficio propio que los interesados en solucionarlos. Es lo que sucede cuando los militantes de un movimiento que está batiéndose en retirada se sienten tan desmoralizados que llegan a la conclusión de que les convendría dejar a sus adversarios una tierra arrasada. Es lo que hicieron los kirchneristas cuando se preparaban para entregar los símbolos del poder al equipo de Mauricio Macri, pero la situación actual del país es mucho peor de lo que era en aquel entonces.

De todos modos, puede entenderse el desconcierto que tantos sienten ante lo que está ocurriendo. Si bien las instituciones parecen estar funcionando como corresponde, la verdad es que apenas inciden en la realidad porque  el gobierno, abrumado por dificultades que sus miembros no parecen comprender, se niega a gobernar. Es tan malo su desempeño que los dirigentes opositores no saben cómo reaccionar; los más ambiciosos prefieren oponerse a sus rivales internos a gastar pólvora disparando contra los atolondrados chimangos oficialistas. Saben que ensañarse con ellos no les serviría para mucho.

La debacle que están protagonizando los kirchneristas y sus aliados está desprestigiando la política como tal, lo que perjudica enormemente a los líderes de Juntos por el Cambio que, al fin y al cabo, tienen que convivir con ellos. Merced al inflexible calendario electoral que la oposición está resuelta a respetar, sus dirigentes tendrán que pasar otro año en el llano y por lo tanto propenden a creer que les sería mejor concentrarse en las internas de su facción particular de lo que sería arriesgarse explicando a la ciudadanía cómo gobernaría en el caso de que les pidiera intentarlo. Desgraciadamente para los políticos opositores, el que les haya sido dado  tanto tiempo en que prepararse para emprender la tarea hercúlea que les tocará a quienes sucedan a los kirchneristas en el gobierno, podría ser más que suficiente como para hundirlos antes de las elecciones. No motiva optimismo el que, para radicales como Gerardo Morales y Facundo Manes, el enemigo principal ya no sea el Frente de Todos de Cristina y sus amigos sino el PRO de  Macri.

Es penosamente evidente que el kirchnerismo está en bancarrota. El stock de ideas que heredó de sus abuelos sesentistas no contenía muchas que podrían aplicarse más de medio siglo después y el peronismo, a pesar del eclecticismo omnívoro que lo caracteriza, no parece estar en condiciones de aportarle nada útil porque es congénitamente distribucionista; nació cuando, merced a la Segunda Guerra Mundial, el país disfrutaba de una etapa de opulencia -según la leyenda, era imposible caminar por los pasillos del Banco Central porque estaban llenos de lingotes de oro-, lo que se incorporó a su ADN oara  que a partir de entonces se sentiría obligado a repartir recursos aun cuando escasearan.

Como el general Perón mismo descubrió cuando intentaba manejar mejor el gasto público, en opinión de los fieles, “ajuste” es una palabra maldita propia de oligarcas, neoliberales y otras alimañas. Es por tal razón que siguen aferrándose a esta “verdad” rudimentaria pero políticamente útil personajes como Cristina, Máximo, Axel Kiciloff, sindicalistas, piqueteros y los militantes de La Cámpora. Todos coinciden en que, si la realidad económica  exige un ajuste, tanto peor para dicha realidad.

El kirchnerismo no está para épocas de vacas flacas como la que nos ha tocado, pero aun cuando haya estrategas oficialistas que saben que le convendría que Juntos por el Cambio se encargara del desastre, se ve condenado a mantenerse en el gobierno por un largo rato más porque la jefa y muchos otros saben que, privados del poder que les brinda, les aguardaría un futuro nada bueno. Así las cosas, los kirchneristas ni siquiera pueden permitir que los remplacen partidarios de otra facción peronista, como la encabezada por Massa, por temor a lo que en tal caso le sucedería a Cristina.

De más está decir que los políticos no son los únicos que se sienten preocupados por lo que podría ocurrir en los meses y años próximos. Casi todos dan por descontado que la inflación, que según parece se ha “estabilizado” en torno al siete por ciento mensual, continuará erosionando sus ingresos por mucho tiempo más. Asimismo, además de tener que enfrentar huelgas salvajes como la estuvo por paralizar la industria automotriz, los empresarios del sector productivo temen quedarse sin insumos.

De estar en lo cierto los convencidos de que la Argentina ya ha entrado en un período acaso prolongado de caos, virtualmente todos los habitantes del país tendrán motivos para recordar con nostalgia el pasado reciente cuando era posible confiar en que la dirigencia política encontraría una salida del bosque oscuro dantesco en que andaba perdida. Sin embargo, parecería que tanto los oficialistas como los que se creen destinados a tomar su lugar a fines del año que viene, se sienten obligados a continuar desempeñando roles que asumieron cuando las circunstancias eran más favorables que las actuales y suponían que no sería necesario hacer cambios drásticos, y para muchos muy ingratos, para superar la crisis en que el país se ha precipitado.

Es tradicional atribuir a los peronistas una “vocación de poder” superior a la de otros y suponer que les ha brindado ventajas decisivas a la hora de gobernar, pero es una verdad a medias. Aunque es innegable que, como los demás, han querido tener más poder político, su mentalidad nunca ha sido la de quienes se creen gobernantes natos. Antes bien, son oposicionistas, personas cuya visión siempre ha tendido a ser más negativa que positiva, que se han destacado más por su voluntad de atacar a lo que aún queda de la Argentina de otros tiempos que por su eventual adhesión a un “modelo” alternativo. Por cierto,   no cabe duda de que en las filas kirchneristas hay muchos que preferirían que el país se hundiera por completo a que se recuperara luego de adoptar un programa que calificarían de “neoliberal”.

En sociedades democráticas, la política suele ser pendular, con gobiernos de “derecha” alternando con los de “izquierda”, si bien hoy en día no suele ser fácil detectar muchas diferencias que no sean meramente retóricas. También es frecuente que períodos que, según las pautas históricas, pueden considerarse permisivos desemboquen en otros que resultan ser más represivos.  Es lo que sucedía con regularidad casi cronométrica cuando el país oscilaba entre gobiernos civiles populistas y regímenes militares que prometían restaurar el orden. ¿Estaríamos por ver una repetición, en clave democrática, de este ciclo, ya que el “partido militar” se desintegró hace décadas? Sería factible si apareciera en el horizonte un dirigente “carismático” con la autoridad personal que a buen seguro necesitaría para convencer al país que sería capaz de poner fin a la anarquía creciente que tanta alarma está motivando, pero hasta ahora ningún aspirante a desempeñar tal papel ha conseguido diferenciarse claramente del resto de la clase política nacional.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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