Domingo 27 de noviembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 29-10-2022 00:15

La tiranía de los mercados

En Argentina, Inglaterra y muchos otros lugares del mundo, la economía condiciona a la política. La pelea de Massa.

Todo político sabe que ser tomado por un débil dubitativo le sería fatal. Para llegar a la cima, tendrá que impresionar a los demás por su fortaleza anímica, por su voluntad férrea de alcanzar sus fines sin dejarse intimidar por los obstáculos en el camino aun cuando sea cuestión de fenómenos tan inmanejables como la globalización, las repercusiones de una guerra lejana que está modificando el orden internacional o, desde luego, la propensión de los mercados financieros a intentar hacer caer a cualquier modelo económico que les parece insostenible.

Es por lo tanto lógico que los mandatarios sean reacios a señalar que muchas de las dificultades que en la actualidad enfrentan son de origen externo y que no podrán superarlas; prevén que, si lo hacen, serán acusados de intentar culpar a otros por los fracasos propios. He aquí la razón por la que en el mundo desarrollado todos los gobiernos se han sentido obligados a asumir responsabilidad por una tasa de inflación insólitamente alta, rayana en el diez por ciento anual, que el electorado local tiende a atribuir a los errores perpetrados por quienes están en el poder en su propio país. De más está decir que todos están en apuros.

Aunque la Argentina es un caso sui géneris, la accidentada evolución de la economía nacional nunca ha sido ajena a lo que ocurría en el resto del mundo. Mal que nos pese, abundan las señales de que vienen tiempos muy malos que harán todavía más dura la tarea de la parte rescatable del dividido gobierno kirchnerista y su sucesor, sea éste de Juntos Por el Cambio, un elenco libertario o algo diferente que, para sorpresa de todos, irrumpa en los meses próximos. Aun cuando el país disfrutara de una etapa de estabilidad balsámica, tendría que prepararse para una serie de ajustes, ya que los malditos mercados internacionales están mostrándose resueltos a castigar cualquier desviación con brutalidad.  

Es lo que acaban de hacer en el Reino Unido, una potencia económica, donde en un par de días liquidaron la gestión incipiente de la pronto a ser ex primera ministra Liz Truss luego de juzgar que el “mini-presupuesto” que presentó al llegar al cargo era inviable. Con sus presiones despiadadas, lograron asegurar que fuera remplazada por Rishi Sunak, un político de credenciales ortodoxas que, como subrayan todos sus simpatizantes, debió su ascenso a su presunta capacidad para tranquilizar a quienes operan en los mercados financieros. No se trata de un talento despreciable; como se dieron cuenta los británicos, enojarlos puede tener consecuencias concretas sumamente dolorosas para muchos millones de personas.

Por ser el sistema político argentino presidencialista, un mandatario puede creerse en mejores condiciones para desafiar a los mercados que los jefes de gobierno de uno parlamentario, como el británico. Siempre y cuando sea un peronista, ya que le costaría mucho más a un radical o liberal sobrevivir por mucho tiempo a una crisis cambiaria, le será posible salirse con la suya, pero los costos para la población de los éxitos en tal sentido que se han anotado han sido enormes. El prolongado declive económico -y por lo tanto social- del país es en buena medida el resultado de la negativa de generaciones de políticos a dejarse impresionar por los gruñidos de los mercados.

Ahora bien, es muy fácil justificar tal actitud con argumentos ideológicos, religiosos y éticos contundentes y calificar de escandalosa la voluntad de algunos de anteponer los intereses de los financistas a aquellos de la mayoría, pero ello no sirve de consuelo para los sacrificados que ya incluyen a más de la mitad de la población; no se trata sólo de los pobres e indigentes sino también de los muchos que, de haber sido otras las circunstancias, gozarían de un nivel de vida muy superior a aquel que les ha tocado, con más oportunidades para desarrollarse personalmente.

En Estados Unidos y Europa, los gobiernos se ven jaqueados por la resistencia de la gente a entender que la suba rápida de los precios de casi todos los bienes y servicios se debe a algo más que la inoperancia de quienes están en el poder, si bien por un rato los ayudaba el que pocos estuvieran dispuestos a reconocer que, tarde o temprano, estallaría una crisis muy grave debido al aumento de la oferta del dinero cuando era prioritaria mitigar el impacto de la pandemia en la vida de la población.

Al advertir, con la esperanza de que sus compatriotas se resignaran a un período a buen seguro prolongado de austeridad, que “la edad de la abundancia” había llegado a su fin, el presidente francés Emmanuel Macron sólo consiguió desencadenar una serie de huelgas y disturbios callejeros violentos que aún no han terminado. De más está decir que los encargados del gobierno argentino temen que lo mismo suceda aquí si se le ocurre hablar de la necesidad urgente de aplicar torniquetes a la malherida economía nacional.

Con todo, a diferencia de Cristina y, en su avatar más reciente, Alberto, Sergio Massa sí siente cierto respeto por los mercados que, por desgracia, a su manera representan la economía real. Como no pudo ser de otro modo, el pragmatismo del que hace gala enfurece a tradicionalistas, personajes como Máximo Kirchner, Pablo Moyano y otros de mentalidad parecida, de los cuales hay muchos, que han hecho carrera denunciando tal forma de pensar. Si no fuera por el temor a que un buen día los argentinos emularan a los franceses, Massa ya se hubiera visto eyectado del lugar que ocupa por el crimen de querer reducir subrepticiamente el gasto público.

Acaso la propuesta que más indignación, auténtica o simulada, ha motivado es la de podar los fondos destinados a la educación. Si bien el deterioro alarmante que se ha registrado en dicha área está desvinculado de la cantidad de dinero que se invierte por ser cuestión de un fenómeno que es básicamente cultural, en el sentido lato de la palabra, siempre ha sido tentador creer que el monto elegido refleja el grado de preocupación oficial por el tema. Claro, si fuera tan sencillo, los aumentos del gasto educativo siempre se verían seguidos por mejoras verificables en el desempeño académico de los jóvenes, pero se trata de algo que no suele suceder ni aquí ni en otros países a menos que las subas se vean acompañadas por la jerarquización de la docencia para que sea, como en Finlandia, una profesión de elite cuyo prestigio impresiona a los alumnos y sus padres. Huelga decir que los sindicatos no lo permitirían; quieren que los “trabajadores de la educación” se conformen con ser buenos proletarios.

Todos los afectados por los cambios impulsados por Massa insistirán en que los cortes que tienen en mente para su sector particular perjudicarán al conjunto. A veces, quienes hablarán así tendrán razón, pero puesto que, tal y como están las cosas, en términos reales el gasto público actual es insostenible, procurar mantenerlo sólo serviría para que la inflación siga saltando por encima de una barrera simbólica tras otra. Por mucho que economistas sobrios se afirmen convencidos de que el país no corre peligro de sufrir un nuevo estallido hiperinflacionario, es forzoso recordar que sus equivalentes decían más o menos lo mismo cuando Raúl Alfonsín estaba en la Casa Rosada y, en un esfuerzo vano por aleccionar a sus partidarios, anunciaba la puesta en marcha de una “economía de guerra” sin por eso creer en la necesidad de modificar radicalmente sus propias ideas que, en el fondo, no eran tan distintas de las reivindicadas por los kirchneristas que dicen querer que Massa logre estabilizar la economía pero se oponen a las medidas nada gratas que podrían permitirle hacerlo.

No son los únicos. Aunque a esta altura los integrantes de Juntos Por el Cambio entienden muy bien que hay que elegir entre un ajuste en serio y un tsunami hiperinflacionario, algunos están más que dispuestos a ensañarse con Massa cuando está en juego algo que les parece valioso. Dicho de otro modo, están a favor de un ajuste generalizado, pero son contrarios a muchos cortes específicos. Comparten tal actitud los políticos opositores de virtualmente todos los países; quieren aprovechar las oportunidades brindadas por la conflictividad económica sin dejar de figurar como paladines de la responsabilidad fiscal. Si un día llegan a integrar un gobierno, tendrán que definirse, pero mientras tanto esperan continuar cosechando los beneficios que les supondría adoptar una postura de ambigüedad principista.

Al igual que Macron, el nuevo primer ministro británico Sunak está procurando preparar a su país para una etapa de estrechez tal vez extrema en que le será forzoso tomar decisiones muy antipáticas que, claro está, serán repudiados con furia por los muchos que juran creer que la austeridad es siempre contraproducente. ¿Podría darse el lujo de decir lo mismo un político argentino? Mauricio Macri y sus allegados creen que sí, ya que dan a entender que el gobierno que prevén formar luego de las elecciones venideras llevará a cabo reformas drásticas del tipo que, si bien merecería la aprobación de Macron y Sunak, podrían  enfurecer a “los progres” nativos que a su juicio sencillamente no entienden, o no quieren entender, las dimensiones de la crisis que está devastando el país y lo tremendamente difícil que será impedir que lo destruya por completo.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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