Lunes 15 de agosto, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 24-05-2022 16:09

La oposición en su laberinto

Para poder triunfar electoralmente, la coalición opositora cae en la tentación de hacer promesas facilistas que no estarán en condiciones de cumplir.

Para muchos, es una maldición sentirse obligados por la Constitución a esperar hasta fines del año que viene para decir adiós a un gobierno que ha resultado ser tan disfuncional como el de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, pero puede que no lo sea para los dirigentes de Juntos por el Cambio que están preparándose mentalmente para reemplazarlo. Entienden que, antes de enfrentar la tarea sumamente ardua que se afirman resueltos a emprender, necesitarán más tiempo en que repensar el país que a veces brinda la impresión de estar decidido a autodestruirse.

Por ahora, las prioridades de los hombres y mujeres de JxC son tres: conservar la unidad del bloque que han formado y que esperan ampliar con la incorporación de más facciones peronistas consideradas racionales, conseguir el apoyo de mucho más de la mitad del electorado para cuando por fin se abran los cuartos oscuros y, lo que para muchos, en especial los de origen populista, será lo más difícil, comprometerse anímicamente a llevar a cabo un programa económico que sea lo bastante realista como para salvar a la Argentina de la ruina total.

¿Podrá JxC solucionar los tres problemas así resumidos? ¿O es que se ve frente a lo que los lógicos llaman un “trilema” por ser incompatibles entre sí los objetivos que sus integrantes principales se han propuesto alcanzar? Después de todo, si para obtener la cantidad de votos que requerirán no sólo para triunfar electoralmente sino también para tener la autoridad moral necesaria para gobernar en medio de una crisis abrumadora, los líderes de la coalición opositora caen en la tentación de hacer promesas facilistas que no estarán en condiciones de cumplir, no les sería dado aprovechar una “luna de miel” que podría ser tan breve como la del aún flamante mandatario chileno Gabriel Boric.

Asimismo, como han confirmado Alberto, Cristina y Sergio Massa -por si algunos aún no lo hubieran entendido-, ganar una contienda electoral es una cosa pero gobernar bien es otra muy distinta. Los conscientes de que es así no podrán sino recordar el descaro jocoso de Carlos Menem que, sin sonrojarse, confesó que “si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”, pero sucede que, por ser un personaje tan notoriamente cambiadizo que nunca ocultó el desprecio que sentía por quienes se resistían a adaptarse a las circunstancias, el riojano podía permitirse lujos que serían negados a otros integrantes de la clase política nacional.

Por ser tan complicada la situación en que se encontrará el gobierno que suceda al actual, no extrañaría que los debates internos de los adherentes de JxC se prolongaran hasta vísperas de la asunción de las nuevas autoridades sin que los partícipes hayan llegado a conclusiones que todos estarían dispuestos a refrendar.

Es de prever que los conflictos más agrios que surjan en los meses próximos sean los vinculados con el reparto de cargos, un tema que suele ser de mucha importancia para los políticos del montón y por lo tanto de quienes buscan su apoyo, pero las disputas que incidirán más en el resto del país serán las ocasionadas por las diferencias ideológicas, para no decir filosóficas, que separan a los macristas más combativos de los muchos radicales que se aferran a las tradiciones populistas de su movimiento. A los “halcones” de PRO les molesta el que sus socios radicales no se sientan demasiado interesados en “modernizarse”, lo que para ellos acarrearía el abandono de lo que todavía queda de sus doctrinas originales.

Aleccionados por lo que les sucedió cuando estaban en el gobierno, los macristas claramente creen que cometieron un gran error al apostar, con un grado de optimismo que andando el tiempo lamentarían, al gradualismo, por suponer que la llegada masiva de inversiones les ahorraría la necesidad de tomar decisiones arriesgadas antes de adquirir el poder político que hubieran necesitado para intentar las reformas profundas que algunos creían imprescindibles.

Mauricio Macri mismo parece convencido de que la derrota que JxC sufrió a manos del Frente de Todos capitaneado por Cristina no se debió al liberalismo excesivo de sus distintos equipos económicos, como querrían hacer pensar sus adversarios radicales más vehementes, sino a la sensación de que era demasiado débil para un país tan díscolo como la Argentina. Demás está decir que atribuye la remontada notable que protagonizó en la fase final de la campaña electoral de 2019 a la postura más agresiva que adoptó cuando todo parecía perdido. Para más señas, el ex presidente se habrá dado cuenta de que cada intervención suya en los debates internos hace subir sus acciones.

Además de ser un político ambicioso, de mentalidad deportiva, que a buen seguro quisiera disfrutar de un “segundo tiempo” triunfal que le dejaría olvidar los malos momentos del “primero”, Macri es un ingeniero a quien le gustan las definiciones nítidas. Será por tal razón que le parece evidente que “la unidad por la unidad misma no sirve si no representamos el cambio”; dicho de otro modo, a su juicio sería peor que inútil agregar más “patas peronistas” a JxC si para hacerlo tuviera que adoptar actitudes populistas. También se habrá dado cuenta de que, a pesar de los muchos intentos de hacer de él una figura histórica, igualándolo en cierto modo con Cristina como un representante del país de ayer, sigue contando con un nivel de apoyo significante, lo que, desde luego, irrita mucho a quienes sueñan con verlo consignado al pasado para que otro pueda tomar su lugar.

Aunque el radicalismo es mucho menos variopinto que el peronismo que cuenta con representantes de virtualmente todas las líneas ideológicas concebibles, tiene más líneas internas que el PRO, un partido joven cuyo fundador no muestra señales de querer jubilarse.

Así y todo, lo mismo que el peronismo, en su conjunto el radicalismo tiene sus propias prioridades, de las que la principal consiste en aumentar el poder relativo de la UCR en la coalición que le permitió levantarse del lecho de muerte en que había yacido desde la caída estrepitosa del gobierno encabezado por Fernando de la Rúa. Por motivos que son comprensibles, los líderes radicales están hartos de verse tratados como los socios menores, de ideas anticuadas, un tanto atrasadas, de una coalición en que conforman la mayoría, y les motiva indignación el que la gente de PRO insistan en

que sus propias propuestas son las únicas indicadas para los tiempos que corren. Por lo demás, les duele la insinuación de que, como el peronismo, el radicalismo contribuyó mucho a la decadencia del país.

Pero no sólo es cuestión de la brecha natural, uno podría decir tribal, que distancia al PRO de la UCR y la Coalición Cívica de la ex radical Elisa Carrió. Tanto el partido de Macri como el formalmente liderado por el jujeño Gerardo Morales están divididos entre quienes privilegian lo político por encima de todo y los que subrayan la necesidad de formular un plan socioeconómico que se lo bastante coherente y drástico para sacar al país del pantano en que está hundiéndose. Cuando algunos radicales, como Facundo Manes y otros critican a Macri, lo hacen desde posiciones que, en el contexto argentino, son llamativamente colectivistas y tienen mucho en común con las reivindicadas por defensores del oficialismo “albertista”.

Horacio Rodríguez Larreta, que, conforme a las encuestas de opinión, desde hace más de un año encabeza la lista de presidenciables, está procurando complacer tanto a los preocupados por el cada vez más angustian te drama social como a los alarma dos por los costos extraordinariamente elevados de las medidas asistenciales que muchos creen necesarias para atenuarlo. Da a entender que, una vez en el poder, desataría enseguida una especie de Blitzkrieg económico, pero se cuida de asustar a quienes dependen de la benevolencia estatal. Con todo, a pesar de sus esfuerzos, el alcalde porteño ha perdido terreno últimamente al difundirse la sensación de que la crisis nacional se ha hecho tan tremenda que barrería pronto con un eventual presidente “moderado”.

La estrategia favorecida por Rodríguez L arre ta y radicales como el neurólogo Manes que están tratando de ocupar posiciones centristas o izquierdistas, podría servir para ganar las próximas elecciones generales, aunque sólo fuera a causa de las deficiencias manifiestas del penosamente dividido oficialismo kirchnerista, pero no los ayudaría a reparar una economía como la argentina que está tan distorsionada que parece moribunda.

¿Estaría mejor en tal respecto la estrategia impulsada por Macri y quienes lo rodean que, impresionados por la irrupción de Javier Milei, se sienten atraídos por la noción de que, por fin, una proporción creciente del electorado esté participando de una suerte de revolución cultural que ya la ha acercado al capitalismo liberal que ha funcionado tan bien en otras partes del mundo? Aunque es factible que, para resucitar, la economía necesitaría recibir una dosis muy fuerte de liberalismo, ello no quiere decir que una coalición que se propusiera instrumentar a rajatabla las reformas profundas y, para muchos, dolorosas que serían precisas para producir los cambios que casi todos desean, podría ganar las elecciones venideras, lo que, demás está decirlo, enfrenta con un problema nada sencillo a quienes se creen destinados a tomar el relevo de los kirchneristas y esperan contar con el apoyo de buena parte de la sociedad.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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