Jueves 24 de junio, 2021

SOCIEDAD | 24-02-2012 14:06

El santuario del Flaco

Los fans de Spinetta se reúnen donde los hijos arrojaron sus cenizas. Reencuentros, bogas y propuestas para el barrio que lo cobijó.

En menos de una semana, el espigón del Parque de la Memoria cambió por completo su geografía: a las señoras con bikini negro en ronda de mate y reposeras petisas, se les sumó el improvisado santuario donde fanáticos y seguidores de Luis Alberto Spinetta se acercan para rezarle al fallecido genio del rock nacional, cantarle una canción o meditar en silencio. Algunos con flores que arrancaron de los árboles –que todavía dan color a una Costanera Norte casi agreste–, otros con cámaras fotográficas portátiles, se reúnen en la orilla del Río de la Plata para tener un instante de –virtual– intimidad con el Flaco, cuyas cenizas fueron esparcidas en el agua por sus hijos Dante, Catarina, Valentino y Vera el pasado 15 de febrero.

A solas

Silvia Panozzo sabe muy bien que no habrá un “último adiós” al creador de “Muchacha ojos de papel”: el lugar común pierde todo tipo de sentido desde el momento en que como ella, cientos de seguidores se acercan a diario a Rafael Obligado 6745, cita agendada de aquellos que desean “encontrarse” con el poeta del rock. “No soy muy fanática, pero necesitaba estar a solas con el Flaco. Marcó a toda una generación”, detalla Silvia, que vino en bicicleta, y hace silencio para acodarse en la baranda del espigón y cerrar los ojos frente a la respiración del río. Desde sus auriculares, cumple con la tácita consigna de poner un tema de Spinetta: la selección aleatoria de su reproductor de audio le acerca “Me gusta ese tajo”. No es su tema preferido, pero igual sonríe.

“Allá, ¿ves? Donde termina la reja, del otro lado. Ese es el lugar exacto en donde tiraron las cenizas”, confía Panozzo sin sacarse los auriculares y por ende, sin esperar una respuesta. Los guías del Parque de la Memoria confirman el dato: “La familia vino tan temprano que estaba cerrado”. El rincón donde soltaron los restos de Luis Alberto –frente a una imponente toma de agua que hay en el Río de la Plata, el lugar que sus propios hijos fotografiaron y compartieron en Twitter para que los fans supieran dónde despedirlo– es hoy un desprolijo conglomerado de pescadores que compiten entre ellos por ver quién le arrebata al río la boga más grande. Los pescados son colgados contra un árbol, al sol y a la vista de las mujeres de los pescadores, que desde un costado, monitorean la faena mientras hablan de recetas para cocinar las delicias que supieron conseguir. Seguramente no sabrán el dato que recubre de ironías al paisaje: en su faceta menos conocida, la de pintor, Spinetta fantaseó varias veces con ser un pez.

Flores, fotos, calles. Hacía mucho que no se veían, pero la muerte del Flaco las llevó a volver a llamarse. Belén de Martino y Ayelén Izzo se perdieron el rastro al llegar a Buenos Aires. Ambas son de Merlo, San Luis, y cuando se enteraron de la noticia al estallar en los medios, no dudaron en ponerse en contacto y retomar la relación. La muerte del músico las convocó casi por obligación.

“Fue un momento muy difícil y sentía que debía compartirlo con alguien que lo sufriera igual que yo, de esta forma tan visceral”, dice Belén, sentada en el suelo y dispuesta a preparar mate. Luego agrega que vinieron a despedir al cerebro de Invisible “porque es un grande, que le ha dado a este país un patrimonio cultural como pocos artistas lo han ofrecido”. Trajeron flores y música en el celular. Cuando ella pone play, varios deportistas que usan el parque miran a las jóvenes con un gesto entre el desconcierto y la curiosidad.

Suena “Fermín”, de Almendra, y Ayelén cuenta que la muerte del artista coincidió con su cumpleaños. “Terrible, no lo podía creer. Lloré todo el día”, asegura y explica que tenía ganas de acercarse hasta la Costanera para compartir ese momento reservado. Al igual que la familia Spinetta, sus admiradores manejan esa clave de intimidad que fue sello distintivo en la trayectoria del poeta.

Las flores que son arrojadas al río, cuando no son llevadas por el oleaje, a veces se quedan en la parte baja del espigón. Claudio de la Loza agacha la cabeza y fija la vista en un clavel rosa que todavía permanece en la base del muelle. “Me enteré de que acá venía gente a rezar y cantarle una canción. Yo solo quería estar y compartir este momento, y que quizá se me cayera un lagrimón”, confiesa, junto a su hijo.

Fanático de Spinetta, recuerda con detalle el recital que dio Almendra en el estadio de Vélez Sarsfield hace casi tres años, un concierto con auténtica liturgia en donde el artista hizo un recorrido por su amplia carrera. Claudio también vino porque quería sacarse una foto: “Iba a ir a fotografiarme a su casa, con él, pero no pude. No llegué a tiempo. Entonces vine acá”, comenta, consciente de que no será lo mismo, pero con la certeza de que es el modo que le queda para llegar hasta el artista.

Facebook

En esa tónica que aspira a tenerlo siempre presente, dos de sus vecinos en Villa Urquiza ya encararon una cruzada para cambiarle el nombre a la calle Iberá –en donde vivía el músico– por el de Luis Alberto Spinetta. “La idea surgió un día después de su muerte. Lo puse en Facebook y la gente se enganchó”, comenta Rodrigo Quintana, que hace dos semanas, junto a Diego Fidel García Barquin, crearon un grupo en la red social y al cierre de esta edición, ya habían recibido el apoyo de unos 2.800 internautas.

Rodrigo reveló que la legisladora María José Lubertino –ultrafanática de la web– se interesó por la iniciativa y se puso en contacto con ellos para fogonear el proyecto ante las autoridades: “Lo que más pesa es que el vecino de la calle Iberá esté de acuerdo. Sería algo lindo. Con Diego somos admiradores de Luis Alberto: era un gran tipo, un anticelebrity total. Lo queremos por eso”, confía Quintana, que sabe que “el tema va para largo” ya que la ley de nomenclatura urbana prohíbe que se le ponga a una calle el nombre de una persona a menos de diez años de su fallecimiento. El mismo barrio cuenta con el homenaje a otro vecino ilustre: la avenida Roberto Goyeneche (ex Donado), que reconoce al estandarte del tango. En tanto, el recuerdo de Spinetta se esparce entre su barrio y el río.

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por Juan Bautista Torres López

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