jueves, noviembre 14, 2019

SOCIEDAD | 05-11-2019 10:43

Diccionario millennial: cuáles son los nombres que señalan

Apodos para gente superficial, arrogante o fuera de época proliferan en las redes sociales. El peligro de estigmatizar en tiempos virales.

Pilar Ochoa es cineasta. Como todas las veces que visita un Starbucks, se sienta mientras espera que anuncien su pedido. Ya no utiliza su apodo de la infancia cuando le piden su nombre: “Pili” se volvió una denominación prohibida para ella, más cuando se encuentra en ese establecimiento. Cuando anuncian que su bebida está lista, la busca y regresa a consumirla. No saca fotos, ni sube historias a las redes. Su paso por el local es casi una visita fantasma. “Trato de cuidar mis redes sociales para que parezcan lo más neutras posibles. No quiero cumplir con el estereotipo de la Mili Pili que sube fotos de su bebida y se saca miles de selfies”, explica.

La avalancha millennial y las redes sociales como su principal herramienta hicieron que la categorización de nombres, según las personas, se multiplicara. Las “Mili Pili” es un calificativo despectivo que intenta identificar a chicas de clase alta, muy superficiales, cuya principal preocupación es exponer su vida, ropa y productos en las redes. Atribuirle un conjunto de características a un nombre para ejemplificar un tipo de persona. Sin ir más lejos, un tuit muy compartido después de las elecciones predicaba: “La genial Ofelia, el ejemplar Brian, el irreverente Estanislao. Amo este futuro de pibes diferentes que rompen estereotipos y se la bancan! Acabó el reinado de los Tinchos y las Pilimilis que se creían revolucionarios pensando igual que hace 100 años atrás”.

En el mundo millennial los estratos sociales y las conductas se definen con sustantivos propios. Pero, ¿cómo se crean estos estereotipos alrededor de un nombre y qué sucede con las personas cuyo nombre se transforma en meme?

Martín Giorgio Santurio es soldado y estudiante de medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En 2018 se enteró de que su apodo, Tincho, era utilizado para referirse a un tipo particular de personas: jóvenes arrogantes que creen que su vida privilegiada es un derecho de nacimiento. En esa época utilizaba una aplicación para conocer parejas y algunas chicas le escribían simplemente para decirle que con ese nombre, seguro era un verdadero “Tincho”. “Me decían que por cómo me llamaba no iban a hablar conmigo. Me terminó afectando a la hora de conseguir parejas porque las chicas solo me daban ‘like’ para decirme que era un Tincho”, cuenta Santurio. A pesar de ese conflicto inicial, pudo encontrarle una ventaja: lo utiliza como excusa para iniciar una conversación e invitar a sus posibles parejas a tomar algo para que lo conozcan realmente.

Desde el punto de vista de la semiótica y la lingüística, la incorporación de sentido a nombres propios se genera de forma colectiva: una persona puede atribuirle ciertas características, pero no es hasta que un amplio grupo de personas lo acepta que se legitima. “En los nombres está contenido la representación de una clase. Esa es una de las causas principales que se popularice su uso como tal”, dice Pedro Díaz, docente y profesor en Letras. Para el académico, estas representaciones tienen que ver con apropiaciones simbólicas que hacen determinadas clases. 

Palabras Millennials

Popularidad. No es ingenio de los millennials sistematizar personalidades con nombres: ya en los ‘60, con “Mafalda”, era común hablar de las “Susanitas” al hacer referencia a mujeres cuyo único deseo era formar una familia. Pero una de las principales explicaciones de que esto se haya masificado son las redes sociales porque es donde más prolifera este comportamiento. 

Además de la cuestión de clase, aparece la generacional. En la web, cuando un usuario quiere referirse a un hombre grande y conservador que está en contra del feminismo, utiliza el nombre Raúl. Y cuando quieren hacer mención a una señora grande, generalmente ama de casa, que solo se interesa en hacer preguntas del estilo “¿para cuándo los hijos?”, utilizan la denominación Mabel.

El porqué de esas elecciones puede ser explicada fácilmente: según la base de datos de nombres argentinos, tanto Mabel como Raúl son nombres que tuvieron popularidad en los años ‘40 y los ‘50 y que fueron dejando de usarse en las últimas décadas. Por eso es común su utilización al referirse a personas mayores. En el mismo sentido, Milagros y Pilar son nombres que estuvieron más en boga en la década del ‘90; y Martín mantuvo su popularidad a lo largo del siglo.

Impacto de un nombre. “Algunos memes han surgido a partir de la viralización de actos que de alguna manera llaman la atención. En este caso se trata de la aceptación de construcciones sociales, de acuerdos tácitos que se establecen a partir de la interacción social”, explica Gabriel Pérez Salazar, autor del libro “El meme en Internet. identidad y usos sociales”. El uso de los memes puede tener un impacto inesperado. “Tienen un significado que puede no ser grato para la persona en cuestión, y eso puede tener consecuencias para sus vidas, como el señalamiento y el descrédito”, explica Pérez Salazar.

“Por llamarme Milagros algunas personas me encuadran en el estereotipo antes de conocerme. Cuando me enteré del meme me llamó la atención y no me gustaba que fuera justo con mi nombre. Que la gente me dijera que era una Mili Pili por cómo me llamo tampoco me agradaba porque no me representa”, cuenta Milagros Castro, traductora pública. En una investigación académica, Yonat Zwebner expone que los individuos le atribuyen características a la gente basadas en cómo se llaman, lo cual muchas veces no coincide con la realidad. Esto puede tener consecuencias sociales y contribuir a estereotipos que afectan el desarrollo de los individuos.

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Melissa Kuris

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