La Ciudad de Buenos Aires exhibe una postal que se repite con mayor crudeza. En el último año aumentó un 30 por ciento la cantidad de personas que viven en la calle. La cifra surge del relevamiento oficial realizado en noviembre por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat junto al Instituto de Estadística y Censos porteño, una “foto” nocturna que contabilizó 5.176 personas sin hogar. De ellas, 1.613 dormían directamente en veredas, plazas, bocas de subte y guardias hospitalarias, mientras que 3.563 estaban alojadas en Centros de Inclusión Social (CIS), los paradores de la Ciudad. En noviembre de 2024 se habían registrado 1.236 personas a la intemperie, por lo que el salto interanual es del 30%.
El dato adquiere mayor espesor cuando se observa la procedencia. Casi el 70 por ciento de quienes están en situación de calle no son porteños. A saber, el 39,5 por ciento nació en la provincia de Buenos Aires, el 19,3% en otras provincias y el 8,2% en el extranjero. Sólo tres de cada diez son oriundos de la Ciudad. El fenómeno, lejos de circunscribirse a un problema local, revela una dinámica metropolitana y federal, donde la capital funciona como último refugio para quienes pierden trabajo, vivienda y red de contención.
Cartografía social. La concentración territorial es nítida. El 49 por ciento de las 1.613 personas que duermen en la vía pública se ubica en las comunas 1 y 3: Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, San Telmo, Monserrat, Constitución, Balvanera y San Cristóbal. El corazón administrativo y financiero del país convive así con la intemperie. Se instalan colchones improvisados en galerías, cartones en veredas anchas y refugios precarios en inmediaciones de hospitales y estaciones.
El censo oficial se realiza dos veces al año (abril o mayo y noviembre) mediante un operativo de 12 horas con 85 equipos integrados por conductor, censista, personal de la Red de Atención y un veedor de la Defensoría del Pueblo. Desde 2021 se incluyen en el conteo a las personas alojadas en paradores y, desde abril de 2024, se las entrevista de manera presencial para mejorar la calidad de los datos. La Ciudad sostiene que los 58 Centros de Inclusión Social, con 4.900 plazas y segmentación por perfiles, familias, personas mayores, salud mental, consumos problemáticos o incluso quienes tienen mascotas, no están colapsados.
Sin embargo, el Tercer Censo Popular de Personas en Situación de Calle, presentado en la Legislatura y realizado por más de treinta organizaciones sociales entre el 26 y el 29 de junio de 2025 bajo modalidad de “peinado” territorial durante cuatro días, arrojó cifras muy superiores, 7.898 personas durmiendo en la calle y 3.994 en paradores, 11.892 en total. El 37,9 por ciento se quedó sin techo en el último año; el 64 por ciento reportó deterioro en su salud y el 80,7% denunció haber sufrido violencia institucional. La brecha metodológica no impide advertir la misma tendencia: el crecimiento es sostenido.
Leyes y motosierras. Las causas combinan factores económicos y sanitarios. La pérdida de empleo, la precarización laboral y los conflictos familiares encabezan los motivos declarados. De los relevados, el 45 por ciento pasó un año sin contacto con familiares. Pero hay otro elemento que gana centralidad, la salud mental. El 68,2 por ciento lleva más de un año en la calle y 313 personas reconocen estar en esa situación desde hace más de tres años, un indicador de cronificación asociado a depresiones severas, adicciones y patologías psiquiátricas sin tratamiento.
En ese marco, la desfinanciación y desarticulación de programas nacionales de salud durante los últimos dos años aparece como un factor que agrava el escenario. Informes de organizaciones sanitarias advierten sobre un menor acceso a medicamentos, reducción de dispositivos comunitarios y debilitamiento de políticas de salud mental. Un ejemplo es la precarización en el funcionamiento del Hospital Nacional de Salud Mental Laura Bonaparte, donde muchos internos quedaron sin protección. En esta línea, cuando se interrumpen tratamientos y se retrae la asistencia territorial, el riesgo de exclusión se multiplica. La calle se convierte en destino y, luego, en encierro sin paredes.
Maricruz, enfermera del Hospital Ramos Mejía, lo describe con una mezcla de profesionalismo y angustia: “Es impactante la cantidad de gente que viene a la noche a dormir a las inmediaciones del hospital. Hace unos años teníamos una especie de carpa sobre la calle Urquiza; después la sacaron y casi no venía nadie. Pero desde hace meses más de 15 o 20 personas duermen en los alrededores. Algunos se quedan en los pasillos, otros en los asientos de la guardia. Tratamos de asistirlos, pero es imposible ayudar a todos. Muchos no tienen dónde ir, pasan días sin bañarse y usan nuestros baños para hacer sus necesidades. Hay mucho desamparo”. La escena hospitalaria sintetiza la convergencia entre crisis social y sanitaria.
En primera persona. Del otro lado de la noche, Esther, una de las 150 voluntarias de la asociación Vida Solidaria, recorre las calles con viandas y abrigo. La organización realiza actividades humanitarias, campañas de donación y asistencia directa a personas en situación de vulnerabilidad. “Uno hace lo que le dicta el corazón, pero sabemos que es un granito de arena en medio de una playa tormentosa. Hay personas que lo único que comen es lo que les damos. Cada noche conocemos gente de todo el país que vive a la intemperie. Algunos nos cuentan cómo llegaron a tal situación, otros están perdidos como niños sin sus padres. Esto angustia porque son seres humanos a la buena de Dios”, dice. El promedio de edad, entre 20 y 50 años, revela que no se trata sólo de marginalidad histórica sino de adultos en edad productiva expulsados del sistema.
La Ciudad recibe en promedio 800 llamados diarios al 108 para advertir sobre personas en situación de calle. Se sumaron micro-refugio para pernoctar e higienizarse y se inauguraron nuevos paradores. Pero la expansión del fenómeno obliga a una mirada integral que exceda la lógica de la emergencia. El aumento del 30 por ciento en un año, con siete de cada diez personas no porteñas, habla de una trama económica frágil, de redes familiares rotas y de un sistema de salud erosionado.
En las veredas del centro, entre edificios históricos y oficinas vidriadas, la indigencia dejó de ser una excepción para convertirse en paisaje. Cada número del censo es, en realidad, una biografía suspendida. Y mientras las estadísticas discuten metodologías, la noche porteña suma colchones, mantas o cartones sobre las veredas.
SOCIEDAD | Hoy 08:05
Drama social: la crisis de los sin techo
La cantidad de personas que viven en la calle aumentó un 30 por ciento en Buenos Aires. Problemas económicos y de salud mental.
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