En tiempos donde la intimidad dejó de ser un territorio exclusivamente privado para convertirse también en relato público y hasta publicitario, las parejas abiertas irrumpen como uno de los debates más sensibles de la agenda sentimental contemporánea. Lejos de la liviandad con la que muchas veces se las describe, forman parte de las llamadas relaciones no monógamas consensuadas y suponen acuerdos explícitos que redefinen qué se entiende por compromiso, lealtad y exclusividad. A diferencia de la infidelidad, que se sostiene en el engaño, aquí existe un pacto previo que habilita vínculos sexuales o afectivos con terceros. El eje no es la prohibición, sino el acuerdo, y la literatura especializada coincide en que este tipo de vínculos exige comunicación constante, claridad en las reglas y un fuerte sentido de responsabilidad afectiva.
Federico Bal y Evelyn Botto pusieron el tema en el centro de la conversación mediática argentina. “Yo pensé que una relación abierta iba a ser re fácil y es re difícil”, confesó Bal en una entrevista reciente, al reconocer que la práctica demanda conversaciones incómodas y definiciones precisas sobre qué está permitido y qué no. Botto, por su parte, explicó que con Bal “charlan todo”, desde los límites hasta el grado de información que desean compartir. La clave, coinciden, es que ninguna decisión sea unilateral. Lo que hacia afuera puede parecer liviano, hacia adentro requiere una ingeniería emocional minuciosa.
La psicóloga Romina Castellini aporta a NOTICIAS un marco conceptual que ayuda a comprender este fenómeno sin moralismos. “Cuando hablamos de parejas abiertas, no estamos frente a una conducta impulsiva o meramente sexual, sino ante una modalidad vincular que exige altos niveles de inteligencia emocional”, sostiene. Según explica, las investigaciones sobre apego seguro e inteligencia emocional muestran que las personas capaces de identificar, comprender y regular sus emociones tienen mayor bienestar psicológico y mejores recursos para sostener acuerdos complejos. “En una pareja abierta se activan celos, comparaciones, fantasías y temores. Sin regulación emocional y sin comunicación honesta, la experiencia puede intensificar inseguridades”, advierte.
La ex “Gran Hermano” Julieta Poggio y su actual pareja Fabrizio Maida representan una versión generacional de esta apertura. Ella contó que, en su relación, la regla número uno es el cuidado y la verdad. Ambos pueden vincularse con terceros, pero priorizan siempre el lugar del otro como compañero principal. La transparencia, explicaron, evita suposiciones y resentimientos. En este punto, Castellini subraya: “No es la ausencia de conflicto lo que predice la estabilidad, sino la forma en que se lo gestiona. Las parejas emocionalmente inteligentes no niegan el malestar; lo hablan, lo procesan y redefinen los acuerdos”.
En un registro más maduro, Elena Roger y Mariano Torre han defendido públicamente su decisión de no atarse a un modelo exclusivo. Roger explicó que la no posesión y la honestidad fortalecieron su vínculo, y que si sienten la necesidad de contar una experiencia con otra persona, lo hacen sin secretos. “No creemos que el amor sea propiedad”, ha señalado en distintas entrevistas. La experiencia de la actriz ilustra otra dimensión del debate, la diferencia entre deseo y traición. Cuando la apertura es consensuada, el deseo no necesariamente corroe el compromiso.
A nivel internacional, Will Smith y Jada Pinkett llevaron la discusión a una escala global. Tras reconocer que su matrimonio no respondía a los cánones clásicos de monogamia, Smith fue claro: “El matrimonio no puede ser una prisión”. La frase, pronunciada en medio de un vendaval mediático, sintetiza una idea central de las relaciones abiertas contemporáneas. La libertad no como ruptura del vínculo, sino como condición para sostenerlo. Sin embargo, el propio actor admitió que no es un modelo exportable sin reflexión profunda. La libertad, sin estructura emocional, puede convertirse en caos.
Dilema universal. El debate cultural sobre la apertura no es nuevo. La célebre obra teatral “Pareja abierta”, de los dramaturgos italianos Dario Fo y Franca Rame, ya ironizaba sobre la tensión entre discurso progresista y prácticas atravesadas por desigualdades de género. La pieza mostraba cómo, incluso bajo la bandera de la libertad, pueden persistir asimetrías y dobles estándares. La actualidad confirma que la discusión sigue vigente: ¿quién propone la apertura? ¿Desde qué lugar de poder? ¿Con qué nivel de consentimiento real?
Castellini insiste en que la satisfacción de pareja, sea monógama o no, es siempre subjetiva y fluctuante: “Lo que para una pareja puede ser desestabilizador, para otra puede resultar excitante y cohesionador. La clave está en la calidad del vínculo previo”, afirma. Para la especialista, el apego seguro, la empatía y la capacidad de negociación son condiciones casi indispensables. “Una pareja abierta no resuelve problemas estructurales. Si hay desconfianza previa, la apertura no la corrige, la expone”, explica.
En definitiva, la pareja abierta no es una moda superficial ni una receta universal. Es un modelo relacional que interpela las certezas culturales sobre la exclusividad amorosa y obliga a redefinir la palabra fidelidad. Para algunos, significa ampliar horizontes sin romper el compromiso; para otros, un territorio emocional demasiado exigente. Lo que las historias de Federico Bal y Evelyn Botto, Julieta Poggio y Fabrizio Maida, Elena Roger y Mariano Torre o Will Smith y Jada Pinkett revelan es que la libertad afectiva no se improvisa, se construye con acuerdos, madurez y una honestidad que, paradójicamente, puede ser más demandante que la monogamia tradicional.














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