Lunes 3 de octubre, 2022

SOCIEDAD | 20-08-2021 14:30

El verdadero San Martín detrás del bronce

Calumniado hasta el extremo, perseguido, ninguneado y exiliado, su aguda mirada del país fue acallada, sus opiniones políticas ocultadas, su visión del ejército y el rol de las fuerzas armadas en la sociedad civil, censurada.

José de San Martín es uno de los hombres más nombrados y más homenajeados de nuestro país y a la vez, paradójicamente, uno de los menos conocidos en toda su dimensión. Las miles de calles (una por pueblo o ciudad) que llevan su nombre, las centenares de plazas, los tantos y tantos monumentos y bustos, poco nos dicen de este hombre que lo dio todo por su país, que se comprometió hasta sus últimos momentos con la suerte de sus habitantes. Extraordinario estratega militar que se inició en la carrera de las armas a los once años y tuvo su bautismo de fuego a los trece en el ejército español en Argelia y Marruecos y a los quince ya era un oficial con mando de tropa; pero también un hombre absolutamente comprometido con su tiempo, enorme lector y fundador de bibliotecas, pintor y concertista de guitarra y padeciente permanente de todas las ingratitudes que se pueden sufrir. Calumniado hasta el extremo, perseguido, ninguneado y exiliado, su aguda mirada del país fue acallada, sus opiniones políticas ocultadas, su visión del ejército y el rol de las fuerzas armadas en la sociedad civil, censurada.

En las escuelas de mi infancia y adolescencia y en la de muchos de los que me están leyendo se enseñaba, con una dosis tóxica de aburrimiento, por un lado, la llamada “historia institucional”, esto es la sucesión de gobiernos desde la Primera Junta al Directorio, con lo que se definía como “obra de gobierno”, obviamente despejada de todo aspecto económico y social y del más mínimo contexto mundial; y por el otro, las contemporáneas –e incomprensibles sin su entramado político– campañas de San Martín, de quien se nos quería hacer creer que era “solo” un militar profesional y, como tal, no se mezclaba en la política. La historia desvirtúa absolutamente aquella metodología y desmiente categóricamente este concepto absurdo del San Martín apolítico.

Las diferencias antagónicas con sus grandes enemigos, Rivadavia y Alvear, ninguneadas hasta hacerlas desaparecer, al igual que su correspondencia con caudillos como José Artigas y Estanislao López y la muy frecuente con Rosas, sin que ello implicase su adhesión incondicional al Restaurador.

La construcción de un relato histórico broncíneo lo alejó de sus compatriotas, que no podían dejar de verlo como una estatua, como alguien perfecto al que, se sabe, los mortales no podemos imitar. El inolvidable Alfredo Alcón me contaba las tremendas angustias que tuvieron que soportar con Leopoldo Torre Nilsson para filmar El santo de la espada en épocas del dictador Juan Carlos Onganía. Los censores de entonces cuestionaban las escenas en las que San Martín aparecía claramente con sus problemas de salud habituales y prohibieron una de ellas en la que el Libertador vomitaba sangre, un hecho lamentablemente frecuente en aquellos años de su vida. Así se fue modelando una biografía falsa que escapaba a la ejemplaridad: ninguno de nosotros podía acercarse siquiera a tanta perfección, abnegación y corrección; así que muchos optaron por no intentarlo siquiera.

A mi generación no le fue permitido querer a San Martín, sentir por él la empatía que tanto promovía. Solo estábamos habilitados a “honrarlo” y “respetarlo”, a cantar la “Marcha de San Lorenzo” sin que nos explicaran, no ya las causas geopolíticas, la estrategia del combate sino, aunque sea, qué quería decir “Febo”. Los chicos de hoy tienen más suerte, lo pueden querer, incorporar a sus afectos. Dando una charla sobre el querido Don José en una escuela pública, en el momento del debate, un chiquito de tercer grado me dijo: “A mí me gustaría ser como San Martín, pero tengo que cruzar los Andes… es un lío”. Otro le contestó con toda su mágica sabiduría infantil: “No hace falta, con que quieras al país, no robes, no mientas y te importen los demás, ya está”. En su maravillosa simpleza entendió claramente el concepto de ejemplaridad. Como se ve, cualquiera de nosotros –si quiere, claro– puede tener virtudes sanmartinianas.

Historia. Fue un sistemático lector en su lengua, en francés y en inglés y volvió a su patria en 1812 con baúles repletos de libros. Impulsó la lectura fundando las bibliotecas públicas de Mendoza, Santiago de Chile y Mendoza. Impulsó la educación pública en Mendoza y en Perú. Dijo: “Los días de inauguración de bibliotecas son tan tristes para los tiranos como felices para los amantes de la libertad”. Conocemos sus textos preferidos a través de las recompras que hacía tras cada donación, allí estaba siempre “El Quijote”, las “Vidas Paralelas” de Plutarco y los ensayos de los filósofos de la Revolución Francesa.

Sintió una profunda admiración por Manuel Belgrano, a quien consideraba un notable intelectual y con quien compartía sus anhelos de promover la justicia, la libertad y la educación del pueblo. Se negó a cumplir la orden del Triunvirato de detenerlo por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, y juntos tras su célebre encuentro en Yatasto, reorganizaron al Ejército del Norte impartiendo clases a soldados y oficiales. Belgrano enseñaba matemáticas y San Martín estrategia. Se despidieron y nunca más se volverían a ver pero mantuvieron una intensa correspondencia en la que se sostenían mutuamente con frases no exentas de ironía y humor. Estando en Perú, José se enteró, con la demora del caso, de la muerte de su querido amigo en Buenos Aires. Comentó que fue uno de los días más tristes de su vida.

Cada tanto, como oleadas, aparecen extemporáneas acusaciones sobre las supuestas actividades de espionaje de San Martín, que en algunos casos llegan a sindicarlo como agente inglés. No hay ninguna prueba seria que apoye esta hipótesis. Y quizás la más palmaria prueba que echa por tierra todas estas construcciones sea su férrea oposición al Director Alvear cuando quiso entregar estas tierras a Gran Bretaña en 1815 a través de la misión de Manuel José García ante Lord Strangford. Al enterarse San Martín, puso a la tropa a su mando en rebeldía, como lo había hecho el Ejército del Norte, y exigió la renuncia del mandatario.

San Martín no dejaba de ser un militar sin fortuna propia ni relaciones familiares o comerciales en esa pequeña aldea que era Buenos Aires. Su grado de teniente coronel tampoco aseguraba, de por sí, un buen pasar ni mucho menos un futuro: los acaudalados “vecinos” porteños conocían de sobra los retrasos en el pago de los sueldos oficiales. Sin embargo, en casa de una de las familias más adineradas de Buenos Aires se produjo el flechazo, al conocer a Remedios de Escalada. Nadie mejor que el propio San Martín para describirlo: “No acierto, amigo, a encontrar palabras para expresar los encantos de esa niña Remedios, cuya existencia encuentro semejante a la de nuestra naciente patria que para subsistir necesita de todos nuestros desvelos, cariños y más que todo protección”, le confesaría a su amigo Mariano Necochea en una carta. También dirá: “Esa mujer me ha mirado para toda la vida”.

La familia opuso cierta resistencia, en especial la madre de Remedios, pero tras un noviazgo desusadamente breve para la época, el teniente coronel, de 34 años, se casó con la muchachita de 15, el 12 de septiembre de 1812. Sus padrinos fueron Carlos de Alvear y su esposa, Carmen Quintanilla.

No resultaría una relación sencilla, como veremos. En los casi once años de matrimonio, hasta la prematura muerte de Remedios a los 25 años, solo vivirían juntos unos 46 meses. El matrimonio tuvo una solo hija, Merceditas, nacida en Mendoza el 24 de agosto de 1816.

En el Código de honor del Ejército de los Andes dejó escrito lo siguiente: “La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene”.

Humano. En algunos tramos del cruce de los Andes, San Martín debió ser trasladado en camilla a causa de sus padecimientos. Su salud era bastante precaria. Padecía de problemas pulmonares, reuma y úlcera estomacal. A pesar de sus achaques siempre estaba dispuesto para la lucha y así se lo hacía saber a sus compañeros: “Estoy bien convencido del honor y patriotismo que adorna a todo oficial del Ejército de los Andes; y como compañero me tomo la libertad de recordarles que de la íntima unión de nuestros sentimientos pende la libertad de la América del Sur. A todos es conocido el estado deplorable de mi salud, pero siempre estaré dispuesto a ayudar con mis cortas luces y mi persona en cualquier situación en que me halle, a mi patria y a mis compañeros.”

El cruce fue una operación militar única en su género que se llevó adelante con seis columnas ubicadas entre La Rioja y el sur de Mendoza. Unos cinco mil hombres soportaron los rigores de una amplitud térmica de 30 grados durante el día y varios grados bajo cero durante la noche, soportando el mal de altura, el soroche. Cruzaron cuatro cordones montañosos, uno de ellos, el Espinacillo, con un promedio de 6.000 metros de altura, para llegar a Chile con una sincronización admirable y lograr el contundente triunfo de Chacabuco. 

Durante su estadía en el Perú, San Martín Mantuvo un romance con una muchacha nacida en Guayaquil que oficiaba de espía al servicio de la revolución, Rosa Campusano, conocida públicamente como “la Protectora”.

En reconocimiento a su labor cultural, la Universidad de San Marcos de Lima le concedió el primer título de “Doctor Honoris Causa”, el 20 de octubre de 1821. San Martín también estimuló el teatro en Lima, al que consideraba una excelente actividad cultural. Concurría con algunos amigos a quienes les pagaba la entrada, no permitiendo que al Protector del Perú se le admitiese sin pagar.

San Martín como gobernador de Cuyo, a poco de llegar y ante la recaída de Chile en manos españolas, debió modificar el esquema productivo de la provincia que vivía de la venta de ganado a Chile, por un modelo agrícola, y promovió, entre otras, la producción vitivinícola. Contaba su secretario Manuel de Olazábal que, estando en Mendoza, invitó a sus generales de la mesa chica a cenar y les gastó una broma. A un vino de Málaga le cambió la etiqueta por una que decía Mendoza y al mendocino lo etiquetó como de Málaga. Se los dio a probar y al saborear el supuesto mendocino dijeron que era un vino joven y sin fragancia, y el catar el verdadero mendocino disfrazado de malagueño, estallaron en elogios. El general les descubrió el engaño y les dijo: “Caballeros, ustedes de vinos no entienden un diablo, y se dejan alucinar por rótulos extranjeros”.

San Martín reconocía como auténticos dueños del país a los habitantes originarios de América y se refería a ellos como “nuestros paisanos los indios”. Esto se expresaba, por ejemplo, en el nombre dado a su organización política: la Logia Lautaro, que tomaba su nombre del gran guerrero araucano que encabezó la rebelión contra los españoles y ajustició al invasor Pedro de Valdivia. Antes de cruzar los Andes, San Martín se reunió con caciques pehuenches al pie de la cordillera y les solicitó permiso porque “ustedes son los verdaderos dueños de este país”.

San Martín evitó inicialmente recurrir a Bolívar para concluir la guerra en el Perú.  Decidió pedir ayuda al gobierno de Buenos Aires, por entonces hegemonizado por el ministro Rivadavia. La negativa fue rotunda. Por eso llegó a la reunión cumbre de Guayaquil en inferioridad de condiciones frente a un Bolívar que contaba con el respaldo de un gran Estado, la Gran Colombia, y el doble de tropas que nuestro Libertador. Por estas contundentes razones, le ofreció ser su segundo en la conclusión de la guerra de la Independencia. El caraqueño le dijo que no podía aceptar tener un hombre de su prestigio y probada capacidad como lugarteniente. Sin alternativas, San Martín decidió retirarse con su significativa frase: “Le dejo la gloria”.

Adiós. En 1824 acosado por las calumnias de los unitarios rivadavianos a través de periódicos como “El Argos” y rodeado de espías que revisaban su correspondencia, decidió marchar al exilio junto a su hija Merceditas de siete años. Los primeros años de este exilio los pasó en Bruselas, donde padre e hija sufrieron necesidades económicas porque el gobierno porteño se negó a pagarle sus pensiones.

A fines de 1828, San Martín se embarcó con destino al Río de la Plata en el barco Countess of Chichester. Venía a ofrecer sus servicios militares a su patria que se encontraba en plena guerra con el Brasil. Estaba al frente de la provincia de Buenos Aires y de las relaciones exteriores, y por lo tanto del conflicto bélico, su antiguo subordinado, el federal Manuel Dorrego. Al llegar a Río de Janeiro se enteró del trágico fusilamiento de Dorrego a manos de Lavalle. Al llegar al Plata se negó a desembarcar en Buenos Aires para no avalar lo que llamó la dictadura de Lavalle. Permaneció tres meses en Montevideo escuchando a unitarios y federales y decidió volver definitivamente a Europa.

En 1830, tras la revolución liberal que puso fin al reinado del Borbón Luis XVIII, pariente de Fernando VII, pudo ingresar a Francia y establecerse en París con la ayuda de su hermano Justo Rufino, quien le presentó a uno de los hombres más ricos de Europa, el español liberal Alejandro Aguado, con quien comenzó una intensa amistad. Rosas desde Buenos Aires le envió las pensiones atrasadas y lo mismo hizo el gobierno peruano. Reunió un dinero considerable con el que pudo comprar un cómodo departamento en la Rue de Saint George, cerca de la Opera de París, y una casa de fin de semana en el cercano pueblo de Evry.

Gracias a Alejandro Aguado, mecenas de muchos artistas, pudo conocer a personalidades de la cultura como Víctor Hugo, Balzac y Donizetti. Cuando le agradeció a su amigo por estos contactos, Aguado le contestó: “No se confunda, ellos lo quieren conocer a usted”.

En 1832 una epidemia de cólera asoló Francia. San Martín y su hija Mercedes fueron afectados por esa grave enfermedad. Los trató un médico argentino, Mariano Balcarce, hijo de un viejo amigo y camarada de armas de San Martín, el general Antonio González Balcarce, vencedor de Suipacha. Balcarce atendió durante meses a los San Martín, aunque podría decirse que sobre todo prestó mucha atención a Mercedes. La cosa fue mutua y el 13 de diciembre de 1832 se casaron en París y se fueron de luna de miel a Buenos Aires. Tuvieron dos hijas que fueron la debilidad del abuelo José, Mercedes y Josefa.

¿Rosista? Desde su exilio tuvo un muy fluido trato epistolar con Juan Manuel de Rosas. Lo apoyó decididamente cuando debió enfrentar ambos bloqueos, el francés de 1838 y el anglofrancés de 1845. Le donó en su primer testamento de 1843 su recuerdo más preciado, su sable corvo. Pero este apoyo no lo convertía en rosista. No se privó de criticar su política interna para con los opositores y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el Vaticano. Usando su fino humor, se postuló como el nuevo obispo y le decía a su amigo Tomás Guido, ministro de Guerra y Relaciones Exteriores de Rosas: “Un San Pablo, un San Martín, ¿no fueron soldados como yo y repartieron sendas cuchilladas sin que esto fuese un obstáculo para encasquetarse la mitra? Admita usted la Santa bendición de su nuevo prelado, con la cual recibirá la gracia de que tanto necesita para libertarse de las pellejerías que le proporciona su empleo”. El general no olvidaba la condena papal de Pío VII en 1816 cuando condenó al infierno a todos los americanos que se alzaran contra su “bien amado hijo Fernando VII”.

Pasó sus últimos dos años en la ciudad puerto de Boulogne Sur Mer en la costa de Normandía. Camino a Inglaterra, lo decidió a quedarse el abogado Alfred Gerard, director de la Biblioteca Pública, quien le ofreció radicarse en el segundo y tercer piso del edificio con 6.000 libros a su disposición. Pero como a Borges, le llegarían los libros y la noche: una fallida operación de cataratas los dejaría ciego. Merceditas le leerá los diarios y libros y se hará cargo de su correspondencia.

Un 17 de agosto de 1850, el Libertador le dijo a su hija: “Esta es la fatiga de la muerte”. Y le pidió al yerno que lo llevara a su cama. Allí tuvo sus últimos recuerdos, los de una vida intensa; pasaban rápido detrás de la oscuridad amarillenta de su ciega mirada los hombres, por qué no, las mujeres, los lugares, las batallas, la gloria, las calumnias, el destierro y su querida y lejana Mendoza. En eso estaba cuando la muerte no lo esperó más y se lo llevó a las tres de la tarde.

En su testamento había prohibido que se le hiciera ningún tipo alguno de funeral u homenaje, aunque sí pedía que su corazón descansara en Buenos Aires. Sus enemigos, que no le perdonaban su negativa a participar en la guerra civil y la donación de su sable a Rosas, tardarían 30 años en cumplir su última voluntad.

 

Por Felipe Pigna

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