Friday 6 de November, 2026

MUNDO | Hoy 09:15

El antisemitismo gana fuerza en las elecciones estadounidenses

De Michigan a Westminster y de Nueva York a Jerusalén: el ascenso de una izquierda en la que crítica a Israel y el antisemitismo conviven.

Hay frases que condensan una época. Abdul El-Sayed pronunció una de ellas en la noche de su victoria en Michigan, cuando prometió que el dinero de los contribuyentes norteamericanos no financiará más “el apartheid, el genocidio o la guerra”. No hizo falta nombrar a Israel: el destinatario estaba implícito en cada palabra.

Con esa declaración, el primer senador musulmán de la historia de Estados Unidos transformó un hito simbólico en un programa político. Y confirmó, de paso, la maduración de un fenómeno que atraviesa a buena parte de Occidente: el ascenso de una izquierda que hizo de la causa palestina su núcleo identitario, y en cuyos márgenes la frontera entre la crítica a un Estado y la hostilidad hacia un pueblo se vuelve, con inquietante frecuencia, borrosa.

Anatomía de un caso testigo

Médico y epidemiólogo formado en Oxford y Columbia, El-Sayed encarna el perfil del nuevo dirigente progresista: credenciales académicas impecables, retórica de justicia social y una agenda exterior sin matices. Promueve suspender toda la ayuda militar a Israel y llegó a cuestionar su legitimidad como Estado judío. En los textos que publicó entre 2021 y 2022 describió un sistema de “libertad y democracia para los israelíes, ocupación y apartheid para los palestinos”, aunque tuvo el cuidado de señalar que la violencia de Hamas también era “parte del problema”.

El Sayed

La campaña dejó, sin embargo, zonas de penumbra. Compartió escenario con el streamer Hasan Piker, cuestionado por sus expresiones sobre los votantes judíos. Y tras el atentado contra una sinagoga de Michigan en marzo, ensayó una explicación que sonó a justificación: “La gente herida hiere a la gente”, dijo, en alusión a que el agresor habría perdido familiares en un bombardeo israelí. En un estado con más de 100.000 votantes judíos, la reacción fue inmediata. La demócrata Haley Stevens, a quien había derrotado en las primarias, terminó apoyando al republicano Mike Rogers, y en varios barrios judíos aparecieron carteles que presentaban el voto opositor como un voto “contra el antisemitismo”.

La trama del financiamiento

Toda candidatura tiene su arquitectura económica, y la de El-Sayed revela un entramado preciso. Según CBS News, el súper PAC de CAIR Action, brazo político del Consejo de Relaciones Americano-Islámicas, fue uno de los pilares de su postulación. Su suegro, Tayeb Jukaku, directivo de CAIR Michigan, contribuyó con más de US$300.000. También lo apoyó Americans for Justice in Palestine, una organización demandada por la familia de una víctima de un atentado de Hamas de 1996, que rechaza la acusación como “culpa por asociación”. Completó el cuadro el ecosistema de la izquierda organizada, con los Socialistas Democráticos de América (DSA) como columna vertebral, la misma red que impulsó a otros referentes de esta corriente.

Votantes de El Sayed

Enfrente, l lobby proisraelí AIPAC desplegó una inversión millonaria para derrotarlo, tanto en las primarias como en la elección general, algo poco habitual. Y Donald Trump lo tildó de “yihadista”, una descalificación de corte islamofóbico que, lejos de debilitarlo, cohesionó a su electorado. El antisemitismo latente habría hecho el resto, de la mano con una sociedad que resiente el apoyo a Israel en la guerra con Irán por los costos asociados. 

El precedente de Nueva York

Antes de El-Sayed hubo Zohran Mamdani, el socialista que conquistó la alcaldía de Nueva York, la ciudad con la mayor comunidad judía fuera de Israel. Su campaña quedó marcada por su negativa a condenar la consigna “globalizar la intifada”, que para buena parte de esa comunidad evoca la ola de atentados suicidas de comienzos de siglo. Mamdani se limitó a aclarar que no era un lenguaje que él utilizaría. Ya en el cargo, moderó el tono y procuró reconstruir los puentes dañados. Las heridas, sin embargo, no cicatrizaron del todo: en julio, familiares de víctimas del 11-S impulsaron una petición para excluirlo del acto por el 25° aniversario de los atentados.

Mamdani

Su entorno íntimo amplificó las sospechas. Su padre, el prestigioso académico Mahmood Mamdani, sostuvo en “Good Muslim, Bad Muslim” (2004) que el terrorista suicida debía comprenderse como “una categoría de soldado” y trazó una polémica “equivalencia moral” entre los atentados del 11 de septiembre y la guerra contra el terror. Su esposa, la artista Rama Duwaji, quedó en el centro de la escena en marzo, cuando Jewish Insider reveló que había marcado como favoritas publicaciones que celebraban la masacre del 7 de octubre y que calificaban de “farsa” las violaciones cometidas ese día. En abril ofreció una disculpa pública: “Entiendo el dolor que causé y lo lamento de verdad”.

La secuencia no es excepcional. Ilhan Omar, que en 2019 insinuó que el apoyo legislativo a Israel se compraba con dinero, se disculpó pocos días después. El patrón parece repetirse con regularidad: la radicalidad de la militancia se atempera ante las exigencias del poder. Queda abierta la pregunta de si se trata de una conversión genuina o de un pragmatismo de ocasión.

Una cartografía en expansión

El fenómeno desborda las fronteras norteamericanas. En el Reino Unido, las elecciones de 2024 llevaron a Westminster a un grupo de independientes que hicieron de Gaza prácticamente su única bandera y que arrebataron al laborismo bancas históricas en distritos de fuerte presencia musulmana. En Francia, La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon convirtió la causa palestina en la piedra angular de su estrategia para seducir a los suburbios, bajo acusaciones de antisemitismo que no dejaron de crecer desde el 7 de octubre.

Melenchon

Las causas son múltiples y se refuerzan entre sí. La primera es demográfica: comunidades musulmanas en expansión, cada vez más organizadas y conscientes de su peso electoral. La segunda es generacional: jóvenes progresistas socializados en las redes, que leen el conflicto de Medio Oriente a través del prisma de las luchas anticoloniales. La tercera es estratégica: una izquierda huérfana de relato encontró en Gaza una causa de enorme potencia movilizadora: parte de lo que buscó el atentado de Hamas se plasmó en esta ola que cruza a Europa y Norteamérica. El saldo lo pagan las comunidades judías de Occidente, que registran desde 2023 niveles récord de incidentes antisemitas.

El espejo israelí

La ironía de la historia es que el capítulo más decisivo de este proceso se escribe en el propio Israel. En las elecciones del 27 de octubre, los partidos árabes obtuvieron un récord histórico de 19 bancas en la Knesset: 11 para la Lista Conjunta, que encabeza Yousef Jabareen, y 8 para Ra’am, la formación islamista de Mansour Abbas, con raíces en la Hermandad Musulmana. Prácticamente duplicaron su representación.

Fotogaleria El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ofrece una conferencia de prensa en su despacho en Jerusalén

La aritmética los convierte en árbitros. El bloque de Benjamin Netanyahu reunió 53 escaños; la oposición liderada por Gadi Eisenkot, 48. Ninguno se acerca a los 61 que exige la mayoría, y las negociaciones podrían prolongarse más de dos meses. Con el aporte árabe, la oposición alcanzaría 67. Ra’am ya anticipó que respaldaría a Eisenkot, como hizo en 2021 al sostener la coalición de Naftali Bennett y Yair Lapid. La Lista Conjunta, por su parte, exige que cualquier gobierno “reconozca los derechos del público árabe” y ponga fin a su exclusión del sistema político.

El obstáculo es tan político como cultural. Salvo Los Demócratas de Yair Golan, los partidos sionistas descartaron gobernar con ellos, y un sondeo del Instituto Israelí de la Democracia reveló que la mayoría de los judíos israelíes rechaza su participación en el Ejecutivo. Netanyahu, fiel a su estilo, los retrata como una amenaza existencial y llegó a deslizar que la elección le fue “robada”.

El dilema no admite atajos: excluirlos puede condenar al país a la parálisis o a una nueva convocatoria a las urnas; incluirlos supone un costo político que pocos líderes judíos parecen dispuestos a asumir. Algunos analistas advierten, además, que marginarlos podría desalentar la participación árabe en el futuro. Abbas lo formuló sin eufemismos: su objetivo es “traducir este poder electoral en una fuerza política influyente”. El antisionismo al poder. 

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Maximiliano Sardi

Maximiliano Sardi

Editor de Noticias

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