Domingo 2 de octubre, 2022

MUNDO | 07-09-2022 08:47

El giro de Italia hacia el neofascismo

De mantenerse la tendencia que señalan las encuestas, Italia tendrá el primer gobierno presidido por una mujer, que añora a Mussolini.

A medida que el insignificante cuatro por ciento que obtuvo en las urnas del 2018 empezó a crecer, Giorgia Meloni trató de bajarle decibeles ideológicos a su discurso. Comenzó por pedirle a sus dirigentes y a sus militantes que dejaran de hacer en público el “saludo romano”, que es el brazo extendido de los nazis, los franquistas y demás ultraderechas del mundo que lo copiaron, precisamente, del los fascistas italianos. Después empezó a eludir en los discursos y entrevistas las referencias directas y elogiosas a Benito Mussolini.

En definitiva, al menos en las formas, se fue deslizando hacia la centroderecha de manera proporcional al aumento del apoyo que mostraban las encuestas. Y en la antesala de las elecciones, quedan pocas señales del molde ideológico que le dio forma al movimiento que podría darle a Italia la primera mujer que alcanza la jefatura de gobierno y también el primer gobierno con raíz política en el fascismo.

En el lenguaje de las formas y los símbolos, no queda mucho más que la llama figurativa en la que el rojo-amarillo del fuego es reemplazado por los tres colores de la bandera italiana. El logo del partido de Giorgia Meloni es el mismo del símbolo que preside la tumba del duce. Pero la intensidad política de esa llamarada simbólica, ha ido disminuyendo.

Como fuere, de cumplirse en las urnas lo que murmuran las encuestas, la pregunta será si de verdad la nueva primera ministra se corrió del neo-fascismo al centro, o si sólo se trata del camuflaje de moderación que los extremos necesitan para conquistar los votos centristas. Lo que está claro es que Meloni no será, en sus verdaderas convicciones personales, una gobernante centrista y contraria a Vladimir Putin, como los son sus congéneres que gobiernan Suecia, Finlandia y Estonia, Magdalena Andersson, Sanna Marin y Kaja Kallas.

Mas lejos aún está de Mette Frederiksen, la socialdemócrata que gobierna Dinamarca. Lo único en común que tiene con Kallas y Frederiksen es la edad: las tres nacieron en 1977. A diferencia de las demás líderes europeas actuales, Meloni no proviene del espectro centrista, sino del ultraconservadurismo de matriz fascista.

La posible futura gobernante italiana inició su militancia a los 15 años en el Frente de la Juventud, que era el brazo juvenil del Movimiento Social Italiano (MSI), creado en 1946 por los seguidores de Benito Mussolini, fusilado un año antes por un partisano comunista al ser capturado en el norte de Italia.

Meloni se había afiliado a la coalición berlusconiana “Pueblo de la Libertad” y también había sido ministra del gobierno de Silvio Berlusconi, pero en el 2014 dejó esa fuerza conservadora para crear Hermanos de Italia con otra figura proveniente del MSI: Ignacio La Russa, exponente del neofascismo lombardo que había dejado el MSI para fundar en 1995, junto con Gianfranco Fini, la Alianza Nacional.

¿Que su partido esté un punto por encima del centroizquierdista Partido Democrático, significa que Italia siente nostalgia del fascismo? No. Cinco puntos por debajo del treinta por ciento es demasiado poco para pensar en un movimiento de masas como el que lideró Mussolini. Además, entre el espacio del centroderecha y la derecha extrema, y el del centro y la centroizquierda, la sociedad se divide en mitades casi iguales.

Lo que favorece a la candidata son las obtusas mezquindades y veleidades que mantienen divididas a las dirigencias de centro y centroizquierda, espacios que de aunar posiciones en lugar de repelerse acrecentarían su competitividad. Por cierto, Giorgia Meloni aporta lo suyo: una notable capacidad oratoria y razonamientos eficaces para dar apariencia de sentido común a posiciones ultraconservadoras.

Si finalmente las elecciones la convierten en primer ministra, Italia no se retrotraerá al autoritarismo y la violencia política que impuso Mussolini como estructura social y como modus operandi del poder. Tampoco hará guerras como la de Abisinia, iniciada por el duce. Lo que intentaría Meloni desde el gobierno es poner la marcha atrás en cuestiones socio-culturales de relevancia crucial, como la aceptación de la diversidad de géneros y el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo.

También avanzaría la xenofobia y las trabas a la inmigración porque,  en ese posible gobierno, Matteo Salvini no tendría los límites que le ponía su anterior coalición política con Luigi Di Maio. La intolerancia étnica, sexual y cultural imperaría a sus anchas si los cálculos de Giorgia Meloni no fallan y a fin de mes queda en posición de conformar el primer gobierno monocolor en años.

La derecha extrema de Hermanos de Italia, compartiendo el poder con la derecha durísima de Matteo Salvini y la centroderecha liberal-conservadora de Silvio Berlusconi, podría virar la proa de Roma hacia Moscú, porque los tres admiran a Putin y quieren acercársele.
Giorgia Meloni es más explícita en su adhesión al modelo ultranacionalista-conservador de Viktor Orban, pero nadie que admire al líder húngaro puede no admirar al jefe del Kremlin y su modelo antiliberal, ultranacionalista, supremacista eslavo y conservador.

El nuevo trío derechista que podría conquistar el gobierno italiano en la próxima elección, igual que la francesa Marine Le Pen, podrían resultar más “euroasianistas” que atlantistas y, si el resultado que arroje la guerra en Ucrania lo favorece, volcarse a favor de reemplazar la OTAN por la “alianza de seguridad que abarque desde Lisboa a Vladivostok” que describe el ex primer ministro, ex presidente de Rusia y eterno aliado del presidente ruso, Dmitri Medvedev, y viene proponiendo el Kremlin desde que enciende los calefactores y motores de Europa con su gas y su petróleo.

Semejantes acechanzas ameritan que el Partido Democrático, el Movimiento Cinco Estrellas y los partidos centristas creados por Di Maio y Mateo Renzi hicieran todo el esfuerzo para crear una alianza de centro con chances de evitar que la entente Meloni-Salvini-Berlusconi se imponga en las urnas del 25 de setiembre.

El irresponsable y mezquino Giuseppe Conte hizo la zancadilla que puso a trastabillar al eficaz gobierno que encabeza el prestigioso Mario Draghi. El cálculo oportunista de la líder de la extrema derecha   se valió de los bajos escrúpulos de Salvini y Berlusconi, para darle al primer ministro el empujón final. Ahora tienen el Palacio del Quirinal al alcance de sus votos. Y el fascismo modelo siglo 21 podría llegar al gobierno justo cuando se cumplen cien años de la Marcha Sobre Roma con que Mussolini conquistó el poder.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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