Jueves 19 de mayo, 2022

MUNDO | 02-05-2022 14:49

El gran fantasma europeo

La Tercera Guerra Mundial no ha estallado, pero la invasión de Ucrania podría derivar en esa tan temida conflagración.

"También quieren que nos llevemos nuestros soldados enterrados en Normandía?”, preguntó Dean Rusk al gobierno del general De Gaulle cuando en 1966 sacaba a Francia del consejo militar de la OTAN, haciendo cerrar bases norteamericanas y trasladar su cuartel general de París a Bruselas. La ironía del secretario de Estado de Lindon Johnson denunciaba ingratitud hacia el rol de Estados Unidos en la liberación de Francia.

De Gaulle no quería romper con la alianza atlántica ni acercarse a la URSS, sino recuperar soberanía frente al poderoso socio americano que diez años antes había obligado a los franceses cesar la guerra por el Canal de Suez.

La sombra de aquellas tensiones merodea Europa. En la antesala del ballotage, Marine Le Pen dijo que, de ganar la presidencia, impulsaría una alianza de seguridad euroasiática con Rusia. Para la líder de la ultraderecha francesa, Europa y Rusia deben aliarse ni bien concluya la guerra en Ucrania. Lo mismo piensan Eric Zemmour, el otro exponente de la ultraderecha, y Jean Luc Melenchon, el líder de la izquierda dura que desprecia a la centroizquierda socialdemócrata.

Lo revelador es que esa misma idea fue expresada por Dmitri Medvedev cuando habló de una alianza euroasiática que abarque desde Vladivostok hasta Lisboa, o sea desde la ciudad más oriental de Rusia, sobre el océano Pacífico, hasta la ciudad más occidental de la Europa continental, sobre el Atlántico.

Medvedev es una figura estrechamente ligada a Vladimir Putin. Tanto confía en él que, cuando chocó con el límite constitucional que le impidió buscar la reelección en el 2008, el jefe del Kremlin le pasó la presidencia en un enroque que lo convirtió en primer ministro hasta el 2012, año en que retomó el cargo mayor.

Durante esos cuatro años, fue Putin quien siguió ejerciendo la jefatura máxima del poder. Medvedev volvió a ser primer ministro hasta que en el 2020 ocupó la vicepresidencia del Consejo de Seguridad Nacional.

La idea que expresó es la meta del Kremlin, inspirada en la concepción del geopolítico ultranacionalista Alexander Duguin. En la alianza euroasiática que promoverá el líder ruso, no entran Estados Unidos ni Gran Bretaña, por lo tanto, apunta a suplantar a la OTAN por un espacio continental sobre el que Rusia asegurará su gravitación merced a su poderío militar y su rol como proveedor principal de hidrocarburos.

Le Pen no explicitó durante la campaña, su voluntad de una Europa continental que se acerque a Moscú alejándose de Washington y Londres. Pero su propuesta de retirar a Francia del Consejo Militar de la OTAN y de cambiar las reglas de la Unión Europea, sugiere ese cambio de eje estratégico. El ultraconservador Víctor Orban estaría dispuesto a sumar a Hungría al grupo de gobiernos y dirigencias que empujen Europa hacia Rusia, buscando reemplazar la OTAN y la sociedad atlántica con la alianza de seguridad que una Lisboa con Vladivostok.

La peor pesadilla geopolítica de Washington no acaba en que Rusia extienda hacia la Europa central y occidental el Pacto de Taskent, o Tratado de Seguridad Colectiva, que hoy tiene con Bielorrusia, Kazajistán, Armenia, Kirguistán, Tadyikistán y Uzbekistán. La reformulación del tablero geoestratégico mundial también podría impactar a Europa desde China.

La entrega de poderoso armamento de Beijing a Belgrado marcharía en esa dirección. Con los misiles tierra- aire HQ-22 que les entregó China, los serbios estarían en condiciones de reiniciar el conflicto en Kosovo para recuperar el control sobre ese territorio con mayoría albanesa.

Los HQ-22 son proyectiles antiaéreos equivalentes a los misiles Patriot y a los S-300, por lo tanto, para la OTAN sería más difícil volver a doblegar a Serbia como lo hizo en 1999, atacando con su poderío aéreo a Belgrado desde el Mar Adriático.

Si lograra recuperar Kosovo, esos misiles tierra aire que recibió de China la tentarían a lanzarse nuevamente a la construcción de “la Gran Serbia”, embistiendo contra Bosnia Herzegovina para retomar la guerra con limpieza étnica que los líderes serbo-bosnios Karadzic y Mladic llevaron adelante hasta que los bombardeó la OTAN.

El reinicio de aquella guerra europea sería parte del caos al que ya se justificaría llamar Tercera Guerra Mundial. Una situación que podría tener como extensión asiática una ofensiva china contra Taiwán con el objetivo de poner la isla bajo control de Pekín.

La invasión de Ucrania implica poner a Europa en camino hacia la Tercera Guerra Mundial, pero la tan temida conflagración aún no ha estallado. El Kremlin sostiene que el mundo ya está en su tercer gran guerra por el hecho de que en Ucrania se están enfrentando indirectamente Rusia y la OTAN, dado que la alianza atlántica está asistiendo con armas y financiación a los ucranianos. Pero eso ya ha ocurrido en el pasado.

Cuando los soviéticos entraron en Afganistán, los norteamericanos y sus aliados armaron a los mujaidines que los combatieron, como Moscú había dado armas al vietcong durante la guerra con Estados Unidos en Vietnam.

Ni esos ni otros casos fueron considerados Tercera Guerra Mundial, por lo tanto la de Ucrania no puede aún considerarse de ese modo.

Esa conflagración habrá estallado si Serbia ataca Kosovo con las armas que ha empezado a darle China para tener sus propias fichas en el tablero de la OTAN. Y tendrá una extensión asiática si, para aprovechar el caos desatado en Europa, China lanza un ataque sobre la isla de Taiwán.

La pesadilla de la OTAN es que se abran tantos frentes al mismo tiempo. El bloque atlántico es el más poderoso en términos militares y económicos, pero el Kremlin tiene por objetivo disputarle la sociedad con Europa, donde espera avanzar a través de las dirigencias ultraderechistas y ultraizquierdistas que desprecian al modelo político liberal-demócrata y al modelo económico de libre mercado. La ultraderecha y la izquierda marxista europeas disienten en temas como la raza y los inmigrantes, pero tienen amplias coincidencias en lo económico. Promueven reemplazar el modelo de capitalismo noroccidental por capitalismos con mayor presencia estatal y con regímenes autoritarios como los que existen en Rusia y China.

También la Turquía nacional-islámica de Erdogán abomina del modelo liberal-demócrata. Por eso es fácil imaginarla abandonando la OTAN para sumarse a la alianza de seguridad euroasiática con que Moscú intentará reducir la influencia de Estados Unidos en Europa.

La invasión a Ucrania está apuntada a esa meta mayor, pero quizás le resulte contraproducente. No sería la primera vez que Putin no logra sus objetivos en Occidente. Sus aparatos de inteligencia y de propaganda trabajaron para que se produzca el Brexit, pero Londres mantuvo su alianza con Washington.

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Claudio Fantini

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