Viernes 9 de diciembre, 2022

MUNDO | 30-10-2022 00:01

El todopoderoso Xi Jinping

La purga tuvo tanta repercusión en el mundo, que el nuevo Luis XIV chino debió lanzar versiones poco creíbles sobre lo ocurrido.

Fue una señal del proceso de “maoización” de Xi Jinping. Como en los tiempos del Gran Timonel, hay purgas con escenas degradantes sobre la caída en desgracia de aquellos a los que el líder baja el pulgar.

Frío como un témpano, Xi hizo sacar de manera humillante al ex presidente Hu Jintao del Gran Salón del Pueblo. La escena evocó el escalofriante momento en que dos militares sacaron arrastrando del Comité Central del partido único norcoreano al hasta entonces poderoso Jang Song-thaek. Días más tarde, el tío de Kim Jong-un fue devorado por 120 perros hambrientos, según una versión, ejecutado con proyectiles antiaéreos, según otra versión, tras ser declarado culpable de acusaciones terribles que iban desde traición al régimen hasta drogadicción, perversiones y corrupción a gran escala.

No fueron militares, como en el caso norcoreano, sino dos hombretones los que levantaron por la fuerza a Hu Jintao del asiento que ocupaba junto a Xi Jinping, y lo sacaron del Congreso del Partido Comunista Chino mientras, con patética indignidad, ninguno de los cientos de delegados hizo algún gesto en defensa del anciano que era expulsado con humillación. Todos parecían petrificados. Ni siquiera reaccionaron los otros dos altos funcionarios que flanqueaban a Xi: el primer ministro Li Keqiang y su número dos, Wang Yang, que también quedaron afuera del Comité Central por pertenecer al grupo Tuanpai, liderado por el purgado ex presidente.

La repercusión que la escena tuvo en el mundo hizo que el nuevo líder todopoderoso buscara una coartada. Se barajó que Hu estaba enfermo y lo sacaron para curarlo. Pero nadie dudó en el PCCh que sobre él caerían acusaciones gravísimas, como hacía Mao Tse-tung con los defenestrados por sus purgas. Lo había aprendido de Stalin, quien con purgas se convirtió en el Luis XIV de la URSS. El mismo método aplicaron los tres líderes norcoreanos. Las víctimas de las purgas que siempre se realizaban en plenarios del Comité Central o en congresos del partido único para que la escena sirva como ejemplo intimidante, normalmente eran quienes impulsaban posiciones reformistas o encabezaban líneas internas críticas al líder que acumulaba poder por sobre el Politburó.

Esas escenificaciones totalitarias dejaron de verse desde que ascendieron al liderazgo dos dirigentes que habían sido purgados por Mao durante la Revolución Cultural: Deng Xiaoping y Zhao Ziyang.

En la era de apertura al capitalismo que inició Deng, el PCCh cometió la masacre de Tiananmén cuando sintió que su poder hegemónico era amenazado por las protestas estudiantiles. Pero ya no hubo purgas como las de Mao Tse-tung porque el poder de los líderes quedó acotado institucionalmente por cuerpos colegiados como el Politburó y el Comité Central, muro de contención al personalismo que también se manifiesta en el límite de dos mandatos.

Cumpliendo diez años en el cargo, Xi Jinping debía concluir sus mandatos en este Congreso del PCCh pero alteró la regla que limitaba el poder personalista. La expulsión de Hu Jintao fue una muestra de su acumulación de poder con formato maoísta. Con las trabas institucionales al poder personalista hizo lo mismo que con el viejo ex presidente que se oponía a concederle otro mandato: removerlas por la fuerza.

Acumular poder con métodos como los que usó Mao implicó para Xi traicionar su propia historia. Pasó parte de su juventud en un “campo de reeducación” porque su padre, Xi Zhongzxun, impulsor de la insurrección comunista contra el régimen del Kuomintang en el norte del país, cayó en una de las purgas por haber cuestionado el culto personalista y los experimentos totalitarios de Mao.

El maoísmo de Xi Jinping no tiene que ver con la economía colectivista de planificación centralizada ni con el trayecto de la historia hacia el socialismo en los que creía con fervor dogmático Mao Tse-tung. Lo que el actual líder chino tiene en común con el creador del estado comunista, es la sed de poder ilimitado, el error de considerarse esclarecido por la ideología y el delirio megalómano de sentirse dotado por una sabiduría de niveles confucianos que merece figurar en la constitución del país y en los estatutos del partido.

Tras la muerte de Mao y la caída del ultra-maoísta Grupo de los Cuatro, el poder llegó a manos de Deng Xiaoping, Zhao Ziyang y otras antiguas víctimas del fanatismo inquisidor conocido como “revolución cultural”. Entonces, los congresos del PCCh se centraron limitar el poder personalista, reforzando la autoridad de los cuerpos colegiados, como el Politburó.

Esa cúpula dirigente del PCCh tiene 25 miembros designados por el Comité Central, cuyos integrantes son elegidos por el Congreso del partido que se realiza cada cinco años.

Bajo gravitación de Deng, los congresos del PCCh limitaron el poder, entre otras cosas, fijando el tope de dos mandatos quinquenales a los presidentes. Con esa regla llegó al mando Xi Jinping tras vencer a Bo Xilai, otro “príncipe de la revolución” por ser el hijo de Bo Yibo, uno de los “Ocho Inmortales” del partido.

La victoria de Xi parecía garantizar el rumbo que hizo despegar la economía con una turbina capitalista. Pero a partir del 2018, empezó a cambiar las reglas para acumular poder en sus propias manos.

En los últimos diez años, la economía tuvo un crecimiento gigantesco, pero debido al envión que traía de las décadas anteriores. Habrá que ver si la era Xi mantiene ese crecimiento. También se verá si el reforzamiento del autoritarismo y del control sobre el capital privado que realiza desde el 2018, con embestidas como la que disciplinó al archimillonario Jack Ma, dueño del grupo Alibabá, ha tenido impacto negativo en el crecimiento económico.

Posiblemente, su decisión de violar lo pactado con Londres para el traspaso de soberanía de Hong Kong, anulando antes de tiempo su autonomía en diversas áreas, junto con los rasgos totalitarios que tuvo y tiene su política anti-pandemia, se sumen al acoso sobre las grandes empresas provocando una desaceleración del crecimiento económico.

Si el crecimiento a “tasas chinas” empieza a quedar en el pasado, crecerá el riesgo de acción militar sobre Taiwán para poner fin a la independencia de facto que tuvo la isla desde que, en 1949, se refugiara en ella el derrotado ejército de Chiang Kai-shek.

Xi procuraría compensar con la invasión de Taiwán la debilidad que le causaría la caída del crecimiento económico. El viejo truco que Samuel Johnson describió como “último refugio del canalla”.

 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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