Viernes 9 de diciembre, 2022

MUNDO | 02-10-2022 00:02

El velo de la ira

Las mujeres iraníes protagonizan la mayor sublevación contra el régimen despótico. Una legislación delirante que provocó la muerte.

En lo único que se equivocó Voltaire al afirmar que “el fanatismo es un monstruo que osa decirse hijo de la religión”, es que no se trata de que “ose” decirlo: el fanatismo “es” hijo de la religión. Que la palabra derive de fanum, nombre del templo en tiempos pre-romanos, certifica la relación directa entre religión y fanatismo. Por cierto, no todo religioso es fanático, pero, igual que las ideologías dogmáticas, que son prolongaciones seculares de la religión, el fanatismo es una secreción obtusa y violenta de las convicciones absolutas. Por eso se llega hasta el absurdo del silencio cómplice de las izquierdas autoritarias latinoamericanas con los crímenes misóginos y homofóbicos de la teocracia iraní.

Como el nazismo, el estalinismo, el comunismo norcoreano y tantos otros ejemplos del terreno ideológico, las teocracias son regímenes delirantes y totalitarios. Por eso también tiene instrumentos absurdos para imperar sobre la privacidad de las personas. Las teocracias de ambas costas del Golfo Pérsico tienen “agentes  contra el vicio” o “policías de la moral”. En Arabia Saudita y otros reinos suníes, las personas pueden ser detenidas por besarse en una plaza y las mujeres siempre llevan la peor parte. Lo mismo ocurre en el régimen del chiismo persa. En Irán, la Gasht-e Ershad (policía del vicio) patrulla las calles y lleva a “centros de reeducación” a las mujeres que considera impúdicamente vestidas o maquilladas.

Mahsa Amini tenía 22 años y un mechón que se escapaba del hiyab cuando la detuvieron en Teherán. Por los cabellos que rozaban su frente, los agentes la acusaron de llevar mal colocado el velo islámico. La lunática ley del hiyab establece que, desde antes de los diez años, la mujeres deben ocultar totalmente sus cabellos. También deben ocultar sus brazos y sus piernas en ropas holgadas, porque si esbozan el contorno de sus cuerpos se las considera inmorales.
Los ataques de la Gasht-e Ershad contra las mujeres que consideran no suficientemente cubiertas, habilitan a misóginos, fanáticos y violentos en general a golpearlas y gritarles “puta” en plena calle. Y los agentes del estado permiten esos linchamientos públicos. Es común ver en las ciudades iraníes a hombres golpeando o insultando a mujeres ante la mirada impávida de policías que no hacen nada para detener la cobarde agresión.

Testigos de la detención de Mahsa Amina relataron que fue golpeada desde que la subieron al móvil policial. Al Hospital Kasra, donde murió, había llegado agonizando. La indignación general por este nuevo crimen del oscurantismo dictatorial hizo estallar las primeras protestas en el Kurdistán iraní, de donde provenía la joven. Pronto se multiplicaron por todo el país y el régimen respondió como lo hace siempre: con represión.

Irán y las protestas

Hasta ahora la represión siempre triunfó sobre los movimientos de protesta. En 1999, las multitudes que salieron a protestar contra el cierre del diario reformista Salam, fueron atacadas por la policía antimotines en las calles, mientras las fuerzas de choque Basij asaltaban las universidades para apalear a los estudiantes que organizaban las marchas. Aquella ola de protestas apuntaba a la cúpula religiosa del régimen. Desde esa cima del Estado se había instrumentado a través de las unidades de censura del Poder Judicial, la clausura de Salam, el periódico que pertenecía al movimiento reformista entre cuyos dirigentes estaba nada menos que Mohammed Jatami, quien en ese momento era el presidente del país.

O sea que ni el mandatario elegido en 1997 pudo evitar que los brazos represivos del clero chiita atacaran a los manifestantes que defendían su gobierno. Tampoco pudo evitar que actuaran con brutalidad hasta sofocar la protesta dejando decenas de muertos y heridos, las cárceles colmadas de manifestantes y cerca de un centenar de desaparecidos. Las manifestaciones defendían el diario que apoyaba al presidente  reformista, pero éste nada pudo hacer para detener la represión que ensangrentó aquellos seis días de protesta. Una rebelión social que, por primera vez desde el triunfo de la revolución jomeinista, había sacudido el poder religioso y su estructura autoritaria.

Los paramilitares Basij, que desde que los creó el ayatola Jomeini usan bastones verdes para apalear rompiendo huesos y cráneos de manifestantes, volvieron a ser vanguardia en la represión a las masivas manifestaciones del 2009 contra el fraude a favor de Mahmoud Ahmadinejad. Cuando el escrutinio empezaba a mostrar el triunfo del candidato opositor Mir Hosein Musaví, se perpetró el robo de votos que permitió continuar en la presidencia al mayor exponente del populismo retrógrado que lidera el ayatola Alí Jamenei.

Irán y las protestas

Los otros candidatos, Mohsen Rezai y Mehdí Karrubi, también denunciaron el fraude. Las protestas se extendieron y generaron actos de violencia, pero esos desbordes, que fueron consecuencia y no causa, en nada justificaron la represión en la que los Basij, además de usar sus palos, dispararon armas de fuego contra las multitudes. Aquellas protestas que comenzaron en junio del 2009, recién fueron vencidas por la represión en febrero del 2010. La convulsión fue tan grande que quedó en la historia como “la Fitna”, palabra árabe que alude a la guerra civil dentro del Islam.

Los Basij siempre terminan imponiendo su brutalidad sobre la voluntad de cambio. Para eso los creó Jomeini ni bien tomó el poder. Es posible que también en esta oportunidad la voluntad de cambio de grandes sectores de la población vuelva a ser sofocada por la represión. Pero el hecho de que en las clases medias haya tanto espíritu de rebelión contra el autoritarismo religioso que ahora asesinó a una joven por llevar mal el hiyab, señala como posible un desenlace diferente.

El sha Reza Pahlevi, quien había asumido con sólo 22 años cuando los británicos sacaron del trono a su padre, Reza Khan, porque simpatizaba con los nazis, sofocó a sangre y fuego cientos de protestas contra el proceso de secularización forzosa al que llamó “revolución blanca”. Pero hubo una ola de rebeliones que la represión no pudo sofocar y lo derribó. Quizá, como aquel monarca que imperó durante casi tres décadas, la represiva teocracia iraní también acabe barrida por una ola de indignación causada por sus crímenes.

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Claudio Fantini

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