Sólo le faltó pedir “sangre, sudor y lágrimas”. El general Walker le habló a los efectivos de la Primera División de la guarnición de Catterick, pero el mensaje era al pueblo británico. El jefe del Ejército del Reino Unido le pidió que acompañe a las fuerzas armadas en caso de estallar una guerra. En ese poblado de Yorkshire está la base militar más grande de Inglaterra. Desde allí, Sir Roland Walker sumó su voz a las muchas que describen a Europa en la antesala de una guerra. No dijo contra quién, pero se refería a Rusia.
Europa marcha hacia un conflicto bélico que parece inexorable y sabe que en esta conflagración no tendrá de su lado a Estados Unidos. Trump ya no disimula. Desde que volvió a la Casa Blanca está desahuciando a Ucrania y ahora traiciona al bloque occidental a cara descubierta, reduciendo su aporte norteamericano a la OTAN, retirando bases estadounidenses de Europa, presionando por la renuncia de Zelenski y rompiendo el bloqueo económico a Rusia para que Putin pueda seguir financiando su guerra expansionista.
La alianza entre Trump, los tecno-magnates del ecosistema digital y el autócrata que impera en Rusia, se hizo explícito cuando Starlink restringió a Ucrania el uso militar de su información satelital, indispensable en la guerra que mantiene contra el gigantesco invasor. Esa empresa de Elon Musk dejó a ciegas a las fuerzas ucranianas, a las que Trump dejó sin municiones para combatir y sin misiles Patriot para defender las ciudades de los misiles rusos que están masacrando civiles.
La dirigencia centrista europea está debilitada. El centro se derrumba en Alemania, donde la empoderada líder neonazi Alice Weidel presiona para que se corte la ayuda a Kyiv mientras su partido extremista, la AFD, proclama su admiración por Trump y Putin. De sincerarse un poco más, incluirían a Netanyahu en el altar de sus ídolos.
Frederick Merz ya no tiene músculo para sostener la ayuda alemana a Ucrania y mantener su coalición centrista en el poder. Macrón naufraga en las protestas que arrasaron París, Marsella, Lyon y Limoge. Detrás de los jóvenes más violentos y organizados podría estar el partido izquierdista de Jean-Luc Melenchon. Pero quien va a cosechar en las urnas “la necesidad de orden en las calles” que ya está reclamando buena parte de los franceses, es Marine Le Pen, la ultraderechista también alineada con Putin y Trump.
Como el movimiento lepenista, aunque más disimuladamente, la izquierda de Melenchon es una aliada del Kremlin y favorece sus designios geopolíticos en Europa. De llegar al poder, el partido La Francia Insumisa también cortaría la colaboración con Ucrania. Seguramente, entre los activistas más violentos puede haber elementos del Islam extremista que se agazapa en los pliegos de la inmigración nor-africana y del Oriente Medio. Pero lo que ocurre en Francia es, principalmente, el síntoma más visible del fin del Estado de Bienestar.
Francia fue, tras la Segunda Guerra Mundial, el país donde con más fuerza se construyó el capitalismo de corte keynesiano, con redes de contención social y con instrumentos para generar una sociedad equilibrada. Fue la derecha liderada por De Gaulle, junto con la izquierda institucionalista que, liderada por Guy Mollet, se alejaba del marxismo, las que construyeron el centro político y el welfare state. Centroderechas y centroizquierdas solidificaron la democracia liberal en Europa Occidental, con la estabilidad política apoyada en el equilibrio social.
Eso es lo que se está derrumbando. Lo agrava el ajuste que deben hacer los estados para poder incrementar el gasto militar, al encontrarse entre la espada rusa y la pared que levantó Trump entre Europa y Estados Unidos. El desmantelamiento del Estado de Bienestar es la causa, pero al abanico que multiplica y amplifica los incendios políticos y sociales donde se incinera la democracia liberal lo mueven manos ocultas del Kremlin y los magnates de las grandes plataformas.
En todos los movimientos de protesta están presentes, en lo profundo, las consecuencias del desmantelamiento del Estado de Bienestar, mientras que, agitando las aguas en la superficie, están los poderosos plutócratas del ecosistema digital y también los largos brazos de los aparatos de inteligencia rusos. Todo se oscurece en torno a Ucrania y se confabula a favor del país invasor. Los líderes europeos que más ayudaron a los ucranianos a defenderse, Frederick Merz, Macron y Pedro Sánchez, se debilitan en las duras batallas políticas que mantienen en sus países. A eso se suma la traición de Trump al bloque occidental que, aún con sus claroscuros, es el que defiende la democracia liberal.
Hay motivos legítimos para la protesta, pero siempre son gobiernos centristas los jaqueados. En Albania, la chispa que incendió Tirana fue la compra de tierras albanesas que hizo un yerno de Trump. Pero si hay manos externas azuzando las llamas, es porque el gobierno socialdemócrata albanés que encabeza Edi Rama es un firme defensor de Ucrania.
Contra los gobiernos centristas actúan los aparatos de inteligencia que descienden del KGB y los algoritmos de los tecno-magnates aliados de Trump, que en las redes tienden emboscadas contra los líderes que aún intentan defender a Ucrania. Parecía que a la derecha de Georgia Meloni estaba la pared, sin embargo apareció Roberto Vanacci, un ultra que corre por derecha a Fratelli d´Italia, el partido derechista de la primera ministra. Y no sería de extrañar que, detrás de este general retirado ultraconservador, estén los operarios del líder ruso en las redes y los algoritmos de los plutócratas que engendraron a Trump y a sus émulos en Europa y Latinoamérica.
De hecho, en Italia, apareció Vannacci y estallaron protestas de todo tipo, jaqueando a la primera ministra que, en muchos aspectos, se desplazó hacia el centro. Las causas son otras y las multitudes que levantan barricadas no son ultraconservadoras. Pero es fácil imaginar a los jefes de la Casa Blanca y del Kremlin azuzando los tembladerales. La razón de Putin se entiende. En cambio, la de Trump tiene el rostro de la traición al bloque occidental y a la democracia liberal.
Si llegarán al poder en Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia las ultraderechas en alza, el riesgo de una guerra entre Europa y Rusia desaparecería. Pero si los gobiernos centristas se mantienen en el poder durante los siguientes tres años, sería muy difícil que no estalle un mega-conflicto bélico que abarque desde Lisboa hasta Vladivostok. A eso se refería el general Walker al hablar en la base de Catterick. El discurso en el que flotó el fantasma de Churchill diciendo por los micrófonos de la BBC: “al pueblo sólo le pido sangre, sudor y lágrimas”.















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