Domingo 27 de noviembre, 2022

MUNDO | 16-10-2022 00:09

La sombra del Armagedón

Cada retroceso del ejército ruso en los territorios invadidos de Ucrania acerca el dedo de Vladimir Putin al gatillo nuclear.

El dedo de Vladimir Putin lleva largas semanas acercándose al gatillo nuclear. Cada victoria ucraniana, lo arrima un milímetro más.
A esta altura del conflicto, el presidente ruso sabe que a pesar de la inmensa superioridad numérica, las tropas no son su carta ganadora. Carentes de motivación, los soldados del ejército invasor muestran poca de voluntad de combate. Las escenas entrando en desbande se multiplicaron desde la triunfal ofensiva ucraniana en el noreste. Y cada retroceso ruso acerca más el dedo de Putin al gatillo nuclear.

Joe Biden usó el término que aparece en el capítulo 16 del Libro del Apocalipsis. “Armagedón” alude al monte Megido, cercano a Nazaret, donde el Antiguo Testamento dice que se librará la batalla final entre el bien y el mal, que será una batalla apocalíptica. El jefe de la Casa Blanca dijo ver al Armagedón más cerca que nunca antes en la historia. O sea que el actual peligro de guerra nuclear supera al que se dio durante la Crisis de los Misiles de 1962. 

Suena tremendista, pero no es un análisis descabellado. Al comenzar la década del 60, Nikkita Jrushev instaló misiles soviéticos en Cuba para forzar en una tensa negociación lo que se proponía: que Estados Unidos retire de Turquía los misiles Júpiter, que podían llegar con sus ojivas atómicas a Moscú en diez minutos. Aquel líder soviético no tenía otro objetivo que ese y sabía que en el Despacho Oval había un líder sensato para negociar: John Kennedy.

Los debates del Consejo de Seguridad Nacional en los que participaba el duro secretario de Defensa Robert McNamara, dejan ver que Washington estimaba que la peor respuesta de la URSS a un ataque contra Cuba sería la toma de Berlín occidental, en lugar de una ofensiva nuclear. En cambio ahora, el tema es que en el Kremlin no hay un ajedrecista del tablero geoestratégico, sino un líder acostumbrado a ganar guerras que podría perderlo todo si fracasa su acto bélico más injustificable.

Por eso es posible afirmar que el mundo no se acercó tanto a una guerra nuclear como lo está haciendo Putin a medida que sus tropas retroceden en Ucrania. Ese retroceso no implica que la fuerza invasora sea más débil. El poderío militar de Rusia cuenta con armas nucleares. Muchas de las ojivas de ese arsenal son las que Ucrania traspasó en 1994 a Moscú, bajó presión de Moscú, Washington y Londres, cumpliendo lo establecido por el Memorándum de Budapest.

Por cierto, lanzar bombas atómicas en Ucrania no debiera ser una opción. La racionalidad más elemental indica que alcanzaría, en crueldad genocida, a los campos de concentración nazis. Pero el presidente ruso no parece dispuesto a aceptar los límites que imponen la razón. Por momentos da señales de preferir el exterminio en masa a la derrota propia, o preferir que su derrota convierta en un cráter a buena parte de Europa.

Su dedo se acerca al gatillo nuclear al ritmo de golpes ucranianos como la destrucción de un tramo del estratégico puente de Kerch, que une Rusia con Crimea y por donde transita el armamento que abastece al ejército invasor.
La derrota no es una opción para Putin. La historia demuestra que cada vez que Rusia perdió una guerra, se produjeron grandes cambios en su escenario político.

En la Guerra de Crimea de 1853, el Imperio Ruso, con Grecia como aliado, fue derrotado por los otomanos apoyados por Francia, Gran Bretaña y el Reino de Cerdeña. Aquella derrota abrió el camino al zar Alejandro II y a sus reformas de carácter liberal, las más importantes desde Pedro el Grande.

Que en 1905 la flota del zar fuera diezmada en la guerra naval con Japón causó la Primera Revolución Rusa, que impuso una constitución y posibilitó establecer la Duma Estatal del Imperio. Otra derrota que causó sismos transformadores fue la del ejército soviético en Afganistán. El triunfo de los mujahidines sobre las fuerzas enviadas por Moscú, abrió paso a la Glasnost y la Perestroika, los programas de reformas impulsadas por Mijail Gorbachov.

La derrota rusa en la primera guerra contra el separatismo checheno modificó el gobierno del presidente Boris Yeltsin. La victoria de los separatistas caucásicos que lideraba el general Dudayev sobre el ejército ruso, comenzó a debilitar la gestión del primer ministro Viktor Chernomirdin hasta hundir el gobierno en el cortocircuito permanente que convirtió en efímeros premieres a Kirienko, Primakov y Stepashin, hasta que Vladimir Putin se adueñó del cargo que usó como pista de despegue hacia a presidencia.

La victoria fortalece los regímenes que la derrota debilita. Por eso la victoria estratégica de Ucrania en el noreste y los avances que está dando en los frentes del centro y del sur podrían debilitar el régimen autocrático ruso. Los rusos habían logrado controlar la totalidad del oblast de Jarkiv, pero no su capital y segunda ciudad más grande y poblada de Ucrania. Pero dando señales de preparar una ofensiva en el sur para reconquistar el área que rodea a Mykolaiv y Zaporiyia, los militares ucranianos lograron engañar al alto mando y lanzaron el contraataque para recuperar el noreste del país.

Los ucranianos reconquistaron también ciudades importantes como Lyman. Y aunque estas victorias no significan que el ejército ruso está derrotado ni al borde de la derrota, muestran que es posible vencerlo. Si eso ocurriera, el poder que Putin construyó podría desmoronarse como un castillo de naipes.

En un primer momento, el jefe del FSB, Alexander Bortnikov y los primero y segundo del Consejo de Seguridad, Nikolai Patrushev y Dmitri Medvedev, procurarán que sólo caiga Putin. Pero el tembladeral que se desataría podría arrastrar también a esa pequeña nomenklatura de halcones.

El jefe del Kremlin sabe que su suerte se juega en Ucrania. Por eso a cada uno de los avances ucranianos, los respondió dando pasos hacia las armas nucleares. En esa dirección apunta la anexión de Lugansk, Donestk, Zaporiyia y Jersón, incluyendo una reforma de la Constitución por decreto. A partir de esos pasos, los avances de Ucrania implicarán “ataques dentro de Rusia”, la justificación que busca el jefe del Kremlin para aplicar su “solución final”.

Las armas nucleares son la última carta, pero ya asoman en la manga de Putin. Primero usaría proyectiles tácticos, que aunque tienen poder de destrucción acotado producirían aniquilamientos en masa y romperían la Doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD), empujando a la OTAN a involucrarse en los mismos términos. Con el dedo de Putin acercándose al gatillo nuclear, la invasión merodea las puertas del infierno.

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Claudio Fantini

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