OPINIóN | 15-10-2021 16:45

Cuando la sociedad se harta ante el “haz lo que yo digo…”

La falta de empatía de los políticos y el afán por recuperar los votos perdidos desembocan en acciones contradictorias que afectan a casi todos, menos a ellos.

La mentira duele más por la parte moral que por la emocional. Todos sabemos que la mentira existe pero el tema es quien nos miente. Si nos miente un ser querido nos sentimos humillados, que no es lo mismo que ser traicionados. Ahora, todos sabemos que los políticos mienten, y de alguna forma las sociedades conviven con ello. Pero, como para todo, hay un umbral de aceptación: las libertades, la vida y la muerte. Porque cuando un gobierno miente frente a uno de estos tema sensibles, las sociedades se rebelan.

El acto en la cancha de Nueva Chicago (colmado de gente al punto de contar con un aforo muy por encima del permitido por el decreto del propio presidente Alberto Fernándesz, principal orador del mismo); el festejo de cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yañez, en plena cuarentena estricta; o los abrazos sin barbijo del mismísimo presidente con otros dirigentes del mismo espacio en plena pandemia no fuero parte de una mentira del Gobierno, sino una simple demostración de que hay dos tipos de ciudadanos: ellos y el resto.

El Gobierno, como la gran mayoría de los políticos, terminan sucumbiendo ante su propio ego y arrogancia. Y hoy, con la masificación y democratización de la información que otorgan las redes sociales, los hechos salen a la luz con mayor velocidad. Ya no hay lugar para las medias tintas. Y los relatos caen cuan castillo de naipes de cartas ante un soplido.

Hoy nos damos cuenta que prácticamente cada DNU que dictó el Presidente, con los que le exigieron a los ciudadanos quedarse en casa, no salir, pedir permiso para moverse, no poder despedir a sus seres queridos fallecidos, no poder festejar un cumpleaños o ver a los abuelos y tantas otras cosas más, era sólo para la gente común. Sin ir más lejos, miles de causas hay en la Justicia por personas que salían para ir a comprar pan o leche. Y, mientras tanto, en la Quinta de Olivos parecía que no había llegado la pandemia, porque circulaba gente como si nada. Y no todos por trabajo.

Pero este accionar tiene un límite. Y la ciudadanía se cansó cuando salieron a la luz los “privilegios” de los políticos, los funcionarios y los familiares y amigos de los mismos. Y la humillación llegó hasta a los propios votantes del oficialismo, que como gran parte de la sociedad tienen problemas concretos par allegar a fin de mes y están tapados de deudas o, incluso, quebrados.

Humillación, ofensa, desprecio, bronca. La sociedad alcanzó su punto de ebullición. El relato se desvaneció como arena entre las manos. Y, quizá, este sea el disparador para que los políticos entiendan que su obligación está en gobernar par el pueblo. Y que ellos no son una casta superior, son tan pueblo como cualquier otro argentino.

 

Por Gustavo Gabriel Bren, politólogo

por Gustavo Gabriel Bren, politólogo

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