Viernes 9 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-06-2022 00:54

El ocaso de los dioses populistas

Estaremos pasando por el capítulo final de un largo relato de fracasos personales y colectivos o sólo se trata de una etapa más de un proceso que dista de haber culminado.

Cuando los historiadores del futuro intenten hacer comprensible la decadencia centenaria de la Argentina, acaso el primer país próspero según las pautas vigentes que, con la aprobación de buena parte de sus habitantes, optó por depauperarse, no podrán sino prestar atención a las deficiencias de un orden político que permitió que el gobierno cayera en manos de personajes como Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Por razones que les parecerán misteriosas, una señora acusada, de manera terriblemente convincente, de enriquecerse saqueando a las arcas públicas con la ayuda entusiasta de quienes la rodeaban, logró no sólo conservar durante años el apoyo de millones de pobres y una cantidad notable de hombres y mujeres inteligentes que se suponían idealistas, sino que también pudo darse el lujo de ubicar en la presidencia a un sujeto que a su juicio era una mediocridad cabal, un “mequetrefe” sin principios propios cuya conducta vacilante no tardaría en desconcertar a todos.

Aquellos historiadores podrán contestar a una pregunta que muchos están formulando: ¿Estamos pasando por el capítulo final de un largo relato de fracasos personales y colectivos o sólo se trata de una etapa más de un proceso que dista de haber culminado? Aunque nadie sabe la respuesta a este interrogante ominoso, es difícil ver cómo podría durar mucho más el modelo nac&pop; la insaciable cleptocracia gobernante está por agotar todos los recursos que necesita para satisfacer a los muchos que dependen de su generosidad interesada.

Hay cada vez más señales de que los colaboradores de Alberto y Cristina tienen miedo. Lo sabe muy bien el ministro de Desarrollo Territorial y Habitat, Jorge Ferraresi, Hace poco más de una semana, en un rapto de lucidez afirmó que “si perdemos, algunos vamos a ir presos y, seguramente, otros volverán a dar clases en las universidades internacionales”. ¿A quiénes aludía? Es de suponer que a Cristina, que sin aquellos fueros que la protegen ya estaría entre rejas, y a Guzmán, que podría regresar a la norteamericana Universidad de Columbia y, quizás, al profesor Alberto que, como tantos productos de las facultades de derecho locales, sabe mucho de leyes sin por eso sentir respeto alguno por la legalidad.

Lo dicho por Ferraresi pudo tomarse por una manifestación llamativa del estado de ánimo que impera en los círculos gobernantes. Según algunos que los frecuentan, en los alrededores de la Casa Rosada y Olivos predomina un clima rayano en el pánico. Será por tal razón que el militante kirchnerista, como un personaje de Shakespeare -las brujas que vaticinaron lo que le sucedería a Macbeth, o la esposa de Julio César, Calpurnia, que en vano le aconsejó quedarse en casa para no enfrentar a quienes lo asesinarían-, dio voz a los temores que casi todos comparten. Entienden que la evidencia en contra de muchos compañeros es abrumadora y que en esta ocasión a nadie se le ocurriría defenderlos en base a su gestión puesto que, de acuerdo común, ha sido inenarrablemente mala en buena medida porque, entre las prioridades de Cristina y sus fieles, no hay sitio para el bienestar de quienes se resisten a rendirles pleitesía.

En cuanto a Alberto, continúa sacrificando a los suyos sin lograr reconciliarse con Cristina que, huelga decirlo, jamás olvidará los insultos con los que la colmaban cuando le gustaba figurar como un crítico severo de su accionar y su carácter. Le gusta humillarlo. El más reciente de las víctimas propiciatorias elegidas por Alberto resultó ser el ministro de Producción, Matías Kulfas, que había ocupado un lugar destacado en la lista negra de “la doctora”. Lo reemplazó nada menos que Daniel Scioli que, por masoquismo o porque se cree por encima de los vicios políticos, se acostumbró hace casi veinte años a soportar sin pestañear las flechas disparadas contra su persona por los kirchneristas. En teoría, la tarea que acaba de serle confiada es de gran importancia por estar la improductividad de la economía detrás de la crisis económica, terminal o no, que tiene postrado al país, pero pocos creen que le sea permitido hacer mucho más que exhortar en público a los empresarios a esforzarse más y, en privado, asegurarles que les convendría ser pacientes porque pronto vendrán tiempos mejores. La triste verdad es que a los kirchneristas no les interesa la producción de nada salvo más billetes coloridos; lo único que quieren aumentar es el consumo que a su entender puede suponerles más votos.

Además de preocuparse por las repercusiones políticas que el alza constante del costo de vida ya está provocando en una sociedad que en cualquier momento podría estallar de ira porque la inflación se ensaña cruelmente con los sectores que conforman el electorado que imaginaban cautivo, los kirchneristas están mirando con inquietud creciente el endurecimiento de la Corte Suprema. Sus cuatro miembros, Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz, Juan Carlos Maqueda y Ricardo Lorenzetti -Alberto no ha conseguido proponer a nadie para suceder a Elena Highton-, están mostrándose resueltos a defender la independencia del Poder Judicial que se ve amenazada por los kirchneristas que, con la colaboración de muchos gobernadores provinciales, y la versión más reciente de Alberto, quisieran instalar un tribunal elefantiásico de veinticinco integrantes que nunca soñaría con dejar que alguien tan eminente como el ex gobernador entrerriano Sergio Urribarri quedara condenado a varios años de prisión por actos rutinarios de corrupción.

Por fortuna, es muy poco probable que prospere la cómicamente drástica iniciativa de la flor y nata de la clase política nacional. Al contrario, hay indicios de que la Corte existente, naturalmente alarmada por el desprecio así expresado por todo lo vinculado con la Justicia, está preparándose para liderar una ofensiva contra la corrupción omnipresente. Puede que el caso protagonizado por Urribarri esté por hacer escuela en el país y que, por fin, más fiscales y jueces decidan anteponer la ley a sus propios vínculos políticos aunque sólo fuera por intuir que, si se niegan a hacerlo, correrían el riesgo de estar entre los perjudicados por el previsto colapso del modelo populista que tantos creen inminente.

Conforme al inflexible calendario constitucional, a la dupla antinatural de Alberto y Cristina le aguarda un año y medio más en el poder, pero son cada vez más los que se preguntan si el país está en condiciones de soportar por tanto tiempo un gobierno que ha resultado ser tan catastróficamente inepto como el actual. Por cierto, Alberto está comportándose como uno de aquellos maratonistas que caen repetidamente y procuran continuar en carrera arrastrándose por el suelo, pero sucede que en su caso la meta no está a la vista sino a kilómetros de distancia. Como le recuerda una y otra vez Cristina, tiene la lapicera, eso sí, pero no la usa para tacharle a ella y sus soldaditos sino para purgar a los que cometen el error de creerlo capaz de gobernar al país con realismo. Por desgracia, no lo es. Antes bien, subordina absolutamente todo a su deseo de congraciarse con una mujer obsesionada por su propio futuro y, hasta cierto punto, aquel de sus hijos. Debió su empleo actual a la ilusión de que, como un jurista profesional, estaría en condiciones de de persuadir a miembros del Poder Judicial a archivar las causas de corrupción; para frustración de ambos, todos sus esfuerzos en tal sentido han sido contraproducentes.

Kulfas cayó en medio de un escándalo motivado por la sospecha de que la demora en la construcción del gasoducto que por ahora se llama “Néstor Kirchner” y que, una vez completado, serviría para transportar gas de Vaca Muerta a otras partes del mundo, se debe a una interna entre grupos de corruptos anidados en el gobierno. En vista de la trayectoria de los kirchneristas que, desde el vamos, han reivindicado todo lo hecho por Néstor, Cristina y sus adherentes, no sorprendería demasiado que tales sospechas se basaran en algo más que la malicia opositora. Sea como fuere, no cabe duda de que la incapacidad oficial de aprovechar lo que según los especialistas es una de las mayores reservas de gas del planeta es de por sí escandalosa. No sólo ha dejado al país sin lo que en buena lógica debería ser una gran fuente de ingresos, sino que también está aportando a las penurias de millones de familias al agravar el desastre económico que las está empobreciendo.

Para colmo, el retraso de las obras ha coincidido con una nueva crisis energética mundial. De ser otras las circunstancias, la invasión de Ucrania por las fuerzas del autócrata ruso Vladimir Putin le hubiera ofrecido al país una oportunidad para recuperar el lugar de privilegio que, en el pasado ya remoto, había ocupado en el comercio internacional como productor y exportador de bienes agrícolas, además, ahora, de gas y petróleo. Sin embargo, merced a los prejuicios ideológicos de sus políticos más influyentes y a la desidia que afecta a todo lo relacionado con la administración pública, la guerra en Europa oriental está ocasionándole dificultades adicionales tanto en el campo como en los sectores industriales que, a pesar de los esfuerzos oficiales por debilitarlos, se resisten a participar del capitalismo de amigos que están promoviendo los kirchneristas y sus aliados coyunturales.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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