Jueves 19 de mayo, 2022

OPINIóN | 28-01-2022 16:57

El Tío Sam nos está mirando

Los funcionarios norteamericanos están examinando con cuidado las credenciales políticas de quienes les piden ayuda y son reacios a dar una mano a los simpatizan con sus enemigos.

L os kirchneristas eligieron un momento muy malo para pelearse con Estados Unidos. Como en los peores años de la guerra fría, los funcionarios norteamericanos están examinando con cuidado las credenciales políticas de quienes les piden ayuda y son reacios a dar una mano a los que a su juicio simpatizan con sus enemigos. Sucede que el “imperio” que tanto molesta a los pensadores del Instituto Patria y sus compañeros de ruta de la izquierda ya no es la superpotencia segura de sí misma de un par de décadas atrás. Por el contrario, está convulsionado por una crisis de identidad tan grave que quienes hablan del peligro de una guerra civil o, por lo menos, de una etapa larga de violencia política parecida a las sufridas por Irlanda del Norte y el País Vasco, no son considerados delirantes irresponsables sino personas que merecen tomarse en serio.

Puesto que el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner quiere que el equipo de Joe Biden lo apoye en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional y de tal modo ayude a salvar al país de lo que según algunos podría ser un cataclismo socioeconómico aún más destructivo que aquel de hace veinte años, sería de suponer que por un rato desistiría de producir hechos que motivan alarma en Washington. Sin embargo, a juzgar por lo que están diciendo y haciendo no sólo integrantes del ala más kirchnerista del gobierno sino también personas presuntamente más moderadas, parecería que Alberto ha decidido que le convendría asustar a los norteamericanos acercándose a los rusos, chinos y hasta a los teócratas iraníes, razón por la cual se abstuvo de protestar a tiempo por la presencia de Mohsen Rezai, el presunto responsable del atentado sanguinario contra la sede de la AMIA en julio de 1994, en una ceremonia con la presencia del embajador argentino que fue organizada para celebrar el inicio de un nuevo período como presidente del dictador vitalicio nicaragüense Daniel Ortega.

Y como si no fuera suficiente hacer gala de sus sentimientos fraternales hacia Ortega, el igualmente brutal Nicolás Maduro y otros caudillos de la región que, a pesar de su afinidad evidente con el fascismo, suelen ser calificados de izquierdistas por los medios internacionales, Alberto no ha vacilado en prestarse a la ofensiva furibunda contra la Corte Suprema que están impulsando personajes tan prestigiosos como Luis D’Elía y Hugo Moyano. ¿Es que cree que los norteamericanos lo tratarán mejor por miedo a que la Argentina se alinee con Vladimir Putin y Xi Jinping? Es por lo menos posible que se crea capaz de sacar provecho de los juegos geopolíticos que tienen en vilo al resto del planeta.

Como no pudo ser de otra manera, los conflictos virulentos que mantienen dividida la sociedad norteamericana han deslustrado la imagen del país que se había acostumbrado a desempeñar un papel hegemónico en el escenario internacional. ¿Aún es el líder indiscutido del “mundo libre”? Muchos aliados tradicionales de Washington en Europa, Asía y, huelga decirlo, América latina están preparándose para enfrentar una época turbulenta en que, sin una potencia que esté en condiciones de garantizar cierto orden, tiranos ambiciosos no vacilen en hacer uso del poder militar que han acumulado. ¿Pueden confiar en el escudo protector norteamericano Israel, Taiwán, Corea del Sur y Ucrania? La forma indigna en que Biden abandonó a los afganos a un destino terrible los hizo temblar, mientras que los resueltos a aplastarlos, los islamistas iraníes, comunistas chinos y nacionalistas rusos, se sintieron envalentonados y en seguida se pusieron a tantear sus defensas.

Para Biden, que al mudarse a la Casa Blanca hace un año imaginaba que bastaría con el fin de la gestión del disruptiva, imprevisible y aislacionista Donald Trump para restaurar “la normalidad” de antes -de ahí el eslogan optimista “América está de vuelta” que insiste en repetir-, la convicción de tantos de que Estados Unidos ha dejado de ser “el país indispensable” es un problema mayúsculo. No le gusta la idea de que la posteridad lo compare con Rómulo Augústulo, el último emperador romano. Con el propósito de convencer a los pesimistas de que están equivocados, está tratando de persuadir a los gobiernos de los países democráticos a cerrar filas detrás de él para hacer frente con renovado vigor al desafío planteado por las “autocracias” agresivas: China, Rusia, Irán y sus socios menores, como Nicaragua, Venezuela y Cuba. Por ahora cuando menos, los asesores que rodean a Biden ubican la Argentina en el campo democrático, pero tienen motivos de sobra para sospechar que integrantes del gobierno de Alberto, comenzando con Cristina, preferirían cultivar los lazos que ya existen con los regímenes de Putin y Xi que, desde luego, están más que dispuestos a pasar por alto las excentricidades personales de quienes tratan de ser sus amigos. Para ellos, es mejor que éstos sean corruptos y proclives a violar las reglas democráticas, como hacen cuando combaten la Justicia y practican el “lawfare”, ya que en tal caso es mucho más fácil presionarlos.

Sea como fuere, cuando de la Argentina se trata, no sólo es cuestión de impedir que el presidente de turno colabore con dictadores que son hostiles hacia Estados Unidos. También lo es encontrar la forma de ayudar para que el país se reincorpore al mundo desarrollado al que abandonó para ir en busca de un destino diferente sin que nadie supiera a ciencia cierta a qué exactamente aspiraba. Así pues, los encargados de la política exterior norteamericana siguen procurando encontrar una respuesta a un interrogante nada sencillo que se remonta al siglo XIX: ¿Cómo relacionarse con la Argentina?

Si bien el previsto “coloso del sur” pronto dejaría de ser un rival en ciernes para el del norte, lo que vendría después resultó ser aún más problemático para quienes en Washington han querido fomentar el desarrollo de los países de lo que ven como su esfera de influencia. Desde hace más de cincuenta años, en Estados Unidos están preguntándose lo que podría hacer su país para reducir el riesgo de que la Argentina termine como una especie de agujero negro geopolítico que otros intentarían llenar.

En los años que siguieron a la derrota del nazismo, los norteamericanos entendían que la Unión Soviética esperaba sacar provecho de la prolongada agonía argentina; en la actualidad, sus sucesores creen que está resuelta a hacerlo China que, claro está, cuenta con recursos técnicos y financieros que son muy superiores a los que tenía el imperio soviético cuando aún existía. Asimismo, en opinión de muchos el capitalismo chino es una alternativa atractiva porque en el “modelo” así supuesto lo económico se ve firmemente subordinado a lo político.

Por una multitud de razones, la elite política norteamericana actual quisiera que, para bien del Occidente en su conjunto y, sobre todo, para el de América latina, la Argentina lograra solucionar sus problemas económicos para consolidarse como una democracia próspera, estable y, como diría Anthony Blinkin, “vibrante”. Por cierto, no sería de su interés que el país se hundiera. Sin embargo, por benévolas que sean las intenciones de los norteamericanos, además de los europeos, japoneses y otros que están anímicamente comprometidos con el orden que se estableció luego de la Segunda Guerra Mundial, hasta ahora los expertos mejor cotizados del mundo desarrollado han sido tan incapaces como los miembros de la clase política argentina de elaborar un programa de recuperación que podría ser viable.

¿Inundar el país de dólares frescos? Es, más o menos, lo que intentó el Fondo Monetario Internacional cuando Mauricio Macri estaba en la Casa Rosada y en Washington muchos imaginaron que ayudarlo serviría para mantener a raya a Cristina y los suyos. No funcionó. Tampoco serviría para mucho que el FMI accediera a firmar un acuerdo nada exigente con el gobierno de Alberto con la esperanza de que aprovechara la oportunidad para llevar a cabo algunas reformas genuinas.

¿Sería más realista que los norteamericanos y sus aliados se resignaran a que el desastre argentino siguiera profundizándose hasta tal punto que al país no le quedara más alternativa que la de conformarse con lo poco que conservaría para entonces hacer un esfuerzo serio por recuperarse? Los riesgos de lavarse las manos del según parece imposible caso argentino para que tengan que resolverlo los protagonistas, o sea, los dirigentes políticos que le han permitido alcanzar sus dimensiones actuales, serían tan grandes que sería de suponer que ya hay quienes están procurando pensar en cómo manejar la catástrofe sociopolítica y económica que ven acercándose.

Los autores del informe del Foro de Davos en que se especula acerca del eventual “colapso del Estado” argentino distan de ser los únicos que prevén un desenlace trágico del drama que el país está viviendo. Comparte el temor que sienten una proporción creciente de quienes creen tener los recursos materiales y culturales necesarios para abrirse camino en otra parte del mundo. Demás está decir que, a manos que se revierta pronto, la fuga de capital humano que está en marcha tendrá a la larga consecuencias mucho más negativas que las que ocasionaría la pérdida de todos los dólares que aún quedan en las bóvedas del Banco Central.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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