EN LA MIRA DE NOTICIAS | 06-11-2021 00:43

Macrismo retro: un país preso de su pasado

Por qué el ex presidente sigue siendo (junto con Cristina Kircher) el político más visible de la campaña.

No hay con qué darle: a los argentinos nos encanta el pasado. Nos la pasamos diciendo que no tenemos memoria y que por eso repetimos los mismos errores, una y otra vez. Pero no: ¿será que, en realidad, tropezamos de nuevo con la misma piedra sencillamente porque somos nostalgiosos, y no porque olvidamos fácilmente antiguos yerros? Sea como sea, tenemos una marcada tendencia a repetirnos, a contarnos de nuevo los mismos relatos, en un ritornello infantil que nos devuelve míticamente al principio, al origen temido de nuestros males pero también de nuestros fantasiosos paraísos perdidos. A la sombra de esa tara nacional creció el kirchnerismo, y ahora también el macrismo retro.

A una semana de la elección definitiva para renovar el Congreso, las campañas de los respectivos candidatos llegaron desinfladas conceptualmente, sin el ímpetu que podría esperarse de una oposición favorita en los números previos ni de un oficialismo obligado a dar vuelta un resultado adverso. Es como si la sorpresa impactante de las PASO se hubiera disipado, dando paso a una resignación colectiva, multipartidaria, en una versión depresiva del pacto ecuménico que tantos recomiendan como medicina de última instancia para salvar al país. Pase lo que pase en las urnas la semana que viene, a partir del 15 no empezará nada bueno. Hay consenso, parece. Y no es buena noticia.

Después, qué importa del después. Toda mi vida es el ayer, que me detiene en el pasado”, confiesa el tango, en un fraseo tan argentino que dan ganas de actualizar pasaporte y visa, cualquiera sea. Tan para atrás tira el futuro político y económico local, que los protagonistas de esta cuenta regresiva electoral vuelven a ser los de siempre: Cristina Kirchner, con su episodio de salud, y Mauricio Macri, con su peripecia judicial y sus bloopers verbales y gestuales, que ya se han convertido en su marca registrada.

Su “pathos” tragicómico convierte a Mauricio en un personaje perfecto para una serie sobre el poder, no tanto la añeja House of Cards, sino la tira de moda de HBO, Succesion. Solo con la anomalía de que Macri encarna hoy dos personajes a la vez: el padre y el hijo, el heredero y el heredado. Por un lado, fue el hombre que alcanzó fama e influencia por su apellido, ese nombre que al mismo tiempo se sintió empujado (o tentado) a negar, para buscar empatía con la audiencia anti establishment. Como una burla del destino, ahora que “Macri” ya no evoca a Franco sino a Mauricio, otra vez el apellido suena maldito para quienes lo rodean, porque hoy hace recordar los años perdidos de su mandato presidencial. Hasta el primo Jorge escondió su propio apellido en los afiches de campaña en Vicente López.

Sin embargo, aunque suene a fracaso, no es fácil para el PRO superar su ADN macrista. Lo está intentando Horacio Rodríguez Larreta en sus contactos con la prensa, donde argumenta que en la próxima oportunidad -la suya- las cosas saldrán mejor porque arrancará al revés. Larreta promete que no perderá tiempo con el llamado “gradualismo”: esta vez optará directo por el shock, apoyado supuestamente en su idea de un consenso del 70%, ese número mágico que simbolizaría políticas de Estado basadas en equilibrio fiscal con crecimiento.

En sus memorias de gestión, con el sugestivo título “Primer tiempo”, Macri reconoce haber caído en la eterna trampa argenta. Cuenta que, repasando su debate presidencial con Scioli en 2015, lo impresionó que ambos proponían “más gasto y nada de ajuste”, presos del clima de época. Eso representa hoy la opción Macri: la aspiración mágica del que tocó fondo y, por eso, se siente predestinado a rebotar.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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