EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-12-2021 11:52

El voto descalificado

Por qué la UCR resolvió su interna ignorando el resultado de las PASO. Cuanto más cerca del poder, menos unidad.

Cuando la democracia todavía estaba floreciendo en la Argentina, se puso de moda en la política el llamado Teorema de Baglini, que postulaba que la actitud responsable de un partido era directamente proporcional a su cercanía al poder. Casualmente, el teorema fue enunciado por un diputado radical en el contexto del debate sobre la deuda externa durante la administración de Alfonsín. La evolución de aquella ley no escrita hasta el día de hoy permite entender más ampliamente la noticia de la fractura interna en las filas de la UCR, justo cuando la oposición debe asumir en el Congreso su reciente triunfo electoral.

El Teorema de Baglini fue mutando, como las variantes de un mismo virus, a medida que la dirigencia política fue decepcionando a los votantes, año tras año. La fórmula ingeniosa inicial tomó el sentido de denunciar la manía de los partidos a prometer una cosa en campaña, para terminar haciendo lo opuesto una vez logrado el objetivo de sumar poder. En esa línea, se recuerda aquella picardía cínica de Carlos Menem, que justificó sus contradicciones explicando que si hubiera confesado sus verdaderas intenciones durante la campaña, la mayoría no lo hubiera votado.

Aunque el Teorema se pensó originalmente como denuncia de la demagogia discursiva de los opositores, luego se volvió un modo irónico de criticar el giro conservador de cualquier fuerza desde que se hace cargo del Gobierno. En ese sentido, la intelectualidad kirchnerista llegó a postular que los Kirchner dieron vuelta esa maldición de Baglini, gobernando con la audacia disruptiva más propia de un relato opositor.

En cualquier caso, el desgaste cada vez más intenso de la democracia recuperada hace cuatro décadas obliga a reformular ese teorema fundacional del legislador de la UCR. A partir de ahora, la fórmula de Baglini sirve para expresar la relación inversamente proporcional entre la cohesión aparente de un frente político y su distancia del poder real. A mayor cercanía del centro del poder, menos unidad. O para expresarlo al estilo Tolosa Paz: cuanto mejor, peor. Y viceversa.

Ya no importan -como sí sucedía hace décadas- las promesas de campaña, porque casi no las hay, porque ya no se proponen planes ni modelos claros, solo escenarios de ensueño social para los Instagram partidarios. Las pocas promesas que subsisten en el discurso político contemporáneo tampoco son tomadas muy en serio por los votantes desengañados, que votan más bien por un acto de fe irracional, o por pura bronca revanchista contra el otro bando. La Grieta, que le dicen.

Se ha explicado la sorpresiva e inoportuna ruptura radical como una recaída en el mal crónico del internismo de la UCR a lo largo de su historia. Pero esa explicación no alcanza a cubrir las otras pujas facciosas fuera de tiempo y lugar en otros socios de Juntos por el Cambio. Tampoco en el Frente de Todos. Y mucho menos en el flamante espacio autodenominado “libertario”, que renuncia a autopercibirse como bloque parlamentario, basado en matices academicistas de la biblioteca liberal económica.

¿Para qué sirvieron las PASO, si al final los partidos resolvieron sus internas después, retorciendo la interpretación del mensaje de las urnas al calor de los intereses facciosos y personalísimos de la dirigencia? Se suponía que las PASO eran un incentivo a la participación ciudadana en la vida partidaria, para alejar a la democracia argentina del viejo vicio del “voto calificado”. Sin embargo, el remedio es peor que la enfermedad: la dinámica real -más allá de la formalidad administrativa del voto universal- es que los partidos encubren bajo la cáscara institucional una puja descarnada y constante por el poder individual o de élite, más allá de las urgencias colectivas del país. Es la era del “voto descalificado”. Y así nos va.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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