Saturday 20 de April, 2024

OPINIóN | 16-09-2023 08:59

En busca de los relatos perdidos

Los candidatos ajustan sus discursos tras las PASO y de cara a la batalla de octubre. Por qué se moderan Milei y Bullrich.

Todo sería más sencillo si las tres personas que compiten por la presidencia de la República encabezaran alternativas bien claras, como parecía ser el caso algunas semanas atrás, pero a partir de las PASO, la política argentina se ha hecho aún más neblinosa de lo que ya era. Tanto Javier Milei como Patricia Bullrich han suavizado sus propuestas por suponer que les convendría brindar la impresión de estar dispuestos a adoptar posturas moderadas. Por su parte, Sergio Massa da prioridad a su relación con los kirchneristas, pero es tan cambiadizo el hombre, que es razonable suponer que sólo es cuestión de una maniobra táctica. Aunque es poco probable que el gran amigo de empresarios y operadores políticos norteamericanos comparta la fe de Cristina y compañía en las bondades del chavismo y el castrismo o que sueñe con ser presidente de un país autoritario paupérrimo, el candidato-ministro parece haberse convencido de que no le queda más opción que la de fingir tomar en serio lo que dice la jefa de la secta. Por lo demás, como buen kirchnerista, no ha vacilado en poner la economía nacional, y el futuro del país, al servicio de su propia campaña electoral.  

Sucede que se ha hecho tan confusa la situación local que, a diferencia de lo que aún ocurre en otros países, aquí las preferencias ideológicas de los candidatos presidenciales importan menos que sus presuntos rasgos personales. Ganará él o ella que logre convencer al electorado de que posee la fortaleza anímica que necesitaría para liderar la travesía por el desierto que tendrá que emprender la sociedad antes de alcanzar la tierra de promisión del desarrollo sustentable. A pesar de los esfuerzos de los resueltos a hacer pensar que la Argentina es un campo de batalla en que los buenos del progresismo local están luchando denodadamente contra “la derecha”, en última instancia la ideología de los aspirantes a encargarse del país importa menos que su presunta capacidad para manejar una crisis que está haciéndose cada vez más destructiva.

Milei lo sabe. El “minarquista” exaltado no puede sino temer que quienes se han sentido atraídos por su vehemencia furibunda decidan que es en realidad un gritón que en cualquier momento podría verse superado por el fenómeno que ha desatado. De conceder más a aquellos que lo tratan como un vendedor de humo que en buena lógica debería ser recluido en un instituto psiquiátrico, la burbuja gigantesca que se ha formado en torno suyo podría desinflarse con suma rapidez. Es una cosa rabiar contra “la casta”, el papa Jorge Bergoglio y los demás malos de su película de horror particular, y otra muy distinta convencer a millones de que estará en condiciones de gobernar un país que ha llegado al final de un camino muy largo sin encontrar uno nuevo que podría llevarlo a un destino mejor.

Antes de ser golpeada por los resultados nada alentadores de las PASO, Bullrich se imaginaba en un papel muy parecido al previsto por Milei; el de una reformadora que cambiaría “el modelo” argentino por otro que se asemejara a los elegidos, muchas décadas atrás, por los países democráticos occidentales y orientales que se consideran exitosos. Aunque es de suponer que no ha abandonado la esperanza de que le haya tocado encabezar el tan demorado renacimiento nacional, “la Pato” se ha sentido obligada a acercarse a los que, como Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau, todavía creen en las recetas gradualistas favorecidas por el radicalismo tradicionalista por entender que sería un error alejarse demasiado del grueso de la clase política nacional.

Desgraciadamente para ella, lo que está ensayando ha hecho menos nítida la imagen que le había permitido triunfar en la interna de Juntos por el Cambio. Con todo, si el electorado optara por descartar a Milei por no creerlo capaz de concretar sus propuestas ambiciosas, Bullrich, cuya campaña acaba de recibir una dosis de oxígeno procedente de Santa Fe, tendría una oportunidad para reconciliarse con quienes entienden que lo que el país más requiere es un gobierno con muchas agallas que esté resuelto a hacer lo preciso para que la Argentina no resulte ser un “Estado fallido”, un proyecto nacional cuyo fracaso sería atribuido a la pésima calidad de una elite gobernante más interesada en el bienestar de sus miembros que en el destino de la sociedad en su conjunto.

Se trata de un rol que Massa, que por ahora está desempeñándose como el presunto defensor de un statu quo ruinoso, se cree plenamente capacitado para cumplir. A pesar de ser uno de los máximos responsables de un desastre económico antológico que amenaza con agravarse mucho en los meses próximos, el hombre sigue en carrera. Ni siquiera la información de que la arrogancia infantil de integrantes tan destacados del “espacio” que representa, como Axel Kiciloff y Cristina, costará a los sufridos contribuyentes argentinos 16 mil millones de dólares, parece haberlo perjudicado mucho. En otro país, el fallo durísimo emitido por una jueza estadounidense por la manera extraordinariamente torpe con que los kirchneristas, con el respaldo del ala progre de Juntos por el Cambio, se apropiaron de YPF, para entonces entregarla a La Cámpora, hubiera tenido un impacto electoral contundente, pero parecería que aquí apenas ha incidido en la campaña de Massa.

¿Por qué? Acaso porque virtualmente nadie cree que la versión actual del candidato oficialista sea la definitiva. A través de los años, “Ventajita”, como lo bautizó Mauricio Macri luego de familiarizarse con su forma de comportarse, se ha granjeado la reputación de ser el personaje menos confiable de la política argentina, razón por la que muchos darán por descontado que, si llega a instalarse en la Casa Rosada, se reinventará una vez más para hacer cuanto resulte ser necesario para impedir que el país se hunda en el pantano socioeconómico en que está debatiéndose desde hace muchos años. Sería una ilusión, pero en política una buena vale más que docenas de planes realistas presentados por expertos acreditados. De todos modos, si Massa logra entrar en un hipotético balotaje, podría aprovechar el miedo de los que temen que la “dureza” de Milei o Bullrich tendría consecuencias trágicas no sólo para los políticos profesionales sino también para muchísimos otros que de una manera u otra dependen del Estado para subsistir.  

¿Estamos presenciando el fin del populismo peronista o sólo una nueva mutación pasajera parecida a la protagonizada por Carlos Menem? Se han equivocado tantas veces los que festejaron o lamentaron prematuramente su presunto deceso que es comprensible que muchos sean reacios a creerlo definitivamente muerto. De estar en lo cierto los persuadidos de que por lo menos el kirchnerismo, que está convirtiéndose en una caricatura de sí mismo, tiene los días contados, un hipotético presidente Massa no titubearía en marginar a sus militantes, aunque si creyera que retendrían cierto poder residual, podría continuar tirándoles algunos huesos aun cuando sólo fuera porque no le será tan fácil expulsarlos de todos los lugares que están colonizando con la esperanza ya de sobrevivir a los tiempos inclementes que se avecinan, ya de prepararse para salir de sus escondrijos para sacar provecho de las dificultades enormes que tendrá que enfrentar.

Al igual que en otras partes del mundo democrático, el orden establecido está en problemas debido a que los políticos no han encontrado el modo de satisfacer a los sectores económicamente rezagados. El gobierno kirchnerista hubiera querido privilegiarlos, pero sólo consiguió agravar el problema al crear una multitud de nuevos pobres. Si bien éstos habrán conservado las aptitudes y actitudes que necesitarían para reintegrarse eventualmente a la clase media, las perspectivas frente a los demás seguirán siendo oscuras ya que, para mantenerse, seguirán dependiendo de la caridad ajena. ¿Constituyen una minoría relativamente pequeña de “pobres estructurales” o una mayoría de la mitad de la población que, según los investigadores, ya vive por debajo de la nada generosa línea de pobreza oficial? Lo único seguro es que, para el gobierno que empiece su tarea en diciembre, se tratará de un problema mayúsculo.

Aunque todo gobierno nuevo se queja por la herencia dejada por el anterior, ninguno tendrá más derecho a hacerlo que el que salga de las elecciones del mes que viene o noviembre. Recibirá un país en bancarrota, sin reservas en el Banco Central que estaría por ser devastado por otro tsunami hiperinflacionario y que, para colmo, es un paria financiero internacional que, a juicio de muchos, se ha acostumbrado a ser gobernado por personajes que piensan como piqueteros y creen que al resto del mundo le corresponde subsidiarlo, entregándole miles de millones de dólares todos los años, porque a menos que lo hagan morirá de hambre.

Si bien es habitual que los norteamericanos y europeos se solidaricen con víctimas de catástrofes naturales como terremotos, no saben cómo deberían reaccionar frente a desastres que han sido ocasionados por una combinación rara de ceguera política y cinismo. Los hay que piden una actitud intransigente ya, mientras que hay otros que creen que sería mejor mantener abiertas las opciones con la esperanza de que un gobierno nuevo, aun cuando se vea encabezado por un personaje tan resbaladizo como Massa, resulte estar dispuesto a cumplir con sus obligaciones.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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