Saturday 20 de April, 2024

OPINIóN | 01-04-2024 07:38

Las isleñas que hablan de Malvinas y Argentina

¿La guerra es la única forma de acercarse a estas islas? A partir de dos mujeres isleñas que unen, más acá y más allá del paréntesis bélico, se acercan historias de cooperaciones entre las islas y Argentina.

El carácter de univocidad masculina de las guerras en general, pero de Malvinas en particular, es una de las constantes a la que nos enfrentamos los historiadores. Esto rige también a la hora de indagar sobre la guerra de Malvinas, uno de los episodios más dolorosos de nuestro pasado cercano junto al terrorismo de Estado. La mayoría de la literatura académica es una cantera de narraciones androcéntricas enfocadas en y desde el conflicto bélico. Ocurre que la guerra bloqueó ciertas posibilidades narrativas para las mujeres y la historia escondió sus experiencias en el fondo del sótano –tanto de isleñas como argentinas. La excepción es Sebastián Carassai con su Lo que no sabemos de Malvinas. Las islas, su gente y nosotros antes de la guerra (2022).

En la década del ´70 -años de gran circulación y cooperación a uno y otro lado del Atlántico Sur-, muchas mujeres transitaron su vida entre las islas y el Continente. Por caso, las maestras argentinas que fueron a vivir y enseñar a las islas. Lamentablemente, la guerra petrificó ¿y eternizó? una forma de entender Malvinas: el conflicto y encono. Pero otras historias se superponen y debemos recuperarlas. No hay que poner a la guerra por delante del caballo. A partir de la firma de los Acuerdos de Comunicación en 1971, varios isleños se cruzaron a estudiar a colegios angloargentinos. El Estado argentino les proveyó y vendió combustible y gas. Existió un sistema de becas para estudiantes que aspiraran a un bachillerato (algunos fueron a Ushuaia) o estudios universitarios en territorio continental. En 1973, la Fuerza Aérea había trasladado a 45 niños para estudiar en distintos colegios y muchos fueron mujeres.

Hija de una madre anglochilena, la isleña Dorcas Reid cursó en el Barker College de Lomas de Zamora. Por haber vivido en Uruguay desde pequeña y por tener familia chilena, su dominio de español fue perfecto; vivió un tiempo en Argentina pero hoy reside en las islas. Luego de egresarse, comenzó a estudiar el magisterio en Lanús en marzo de 1982, con la idea de contribuir a ese oficio en el archipiélago que por aquellos años era casi nula- de hecho se contrataban profesores ingleses que iban desde Inglaterra. Sin embargo, el 2 de abril su papá de corazón, quien trabajaba desde los años 60 en la pavimentación de las rutas de las islas y había nacido en Río Gallegos, “solicitó un salvoconducto para que mamá lleve a mis hermanos al continente porque él tenía miedo. Mis hermanos en ese momento eran todos pequeños. Él temía que hubiera algún tipo de represalias, que pase algo”. Aunque aclara que ese miedo no fue tanto a los militares argentinos, sino a los británicos o isleños, dada su ascendencia angloargentina y por la contribución que realizó al gobierno argentino suministrando información.

Mujeres en Malvinas

 “Entonces lo llevaron a Comodoro Rivadavia donde estuvieron con amigos hasta que la cosa se extendió mucho. Yo estaba en Buenos Aires porque en marzo iba a rendir dos finales. Lo que se me ofreció en la escuela (de las islas), era que me capacite como docente y que vuelva para reemplazar a una de las docentes argentinas. Para tener a alguien local enseñando español y se “deshacían de una Argentina”, digamos así. Era la idea, pero justo estaba en el 2° año de magisterio en el 82. Hasta aquí, Dorcas. Su biografía nos muestra los fuertes enlaces entre patagónicos e isleños, así como Argentina se les abría como fuente de expectativa de su crecimiento.  

Y en ese ovillo que hay que seguir desanudando sobre los años 70, las islas y la guerra, se enreda otra isleña. A miles de kilómetros de distancia, nos atiende por videollamada SB -que para no generar crispaciones en las islas reserva su identidad. A diferencia de Dorcas, maneja un “englishñol”. Y digo miles porque SB vive en Guersney -sí, tuve que googlear esa otra isla- un reducto colonial británico cercano al Canal de la Mancha. Cursó en el Colegio Northlands de Olivos. Es también de familia anglochilena y croata, de Punta Arenas. A los 16 años, ya egresada de Argentina volvió a las islas.

“Las cosas no estaban muy estables y muchas familias estaban yéndose a vivir a Inglaterra, Australia o Nueva Zelandia. Mi hermana estaba casada con un oficial del Buque Darwin (de la FIC). Se fueron a vivir a Nueva Zelandia y le dijeron a mi papá de ir. Nos fuimos y esperamos el resultado de la inmigración, pero dijeron que mi papá era muy anciano con 60 años, así que tuvimos que regresar a Malvinas y trabajar”. Cuando regresó, trabajó en el Aeropuerto definitivo que montaron los ingleses y en el West Store de la FIC. Ambos dispositivos se conectan a dos actividades que funcionaron de argamasa: la educación y el turismo. Por la llegada masiva de turistas -por aire y mar- a las islas, la tomaron como traductora para atender las inquietudes de los visitantes.     

Hasta marzo de 1982, los buques logísticos de la Armada Argentina llevaban comida, fruta, verdura, repuestos y hasta combustible. Pero, dice SD, después de marzo “el Buque Hospital Bahía Paraíso llevaba municiones al archipiélago”. El sentido logístico de la nave había mutado: “nosotros lo mirábamos en la ventana a la noche. O por los huequitos para no dar luz. Arriba, en lo que era mi habitación, no dormí más por miedo, dormí abajo. Todas las luces del pueblo (de Stanley o Puerto Argentino, según se elija) permanecían apagadas, pero las del barco estaban brillantes y se veía cuando sacaban la carga porque el muelle estaba debajo de nuestra casa”.

 

Mi papá siempre consciente de las necesidades de la gente, iba al muelle, veía bultos de carne congelada que se estaban deteriorando y les aconsejaba (a las autoridades argentinas), que la echen porque iban a llegar las ratas. No podían repartirla porque la gente estaba en las montañas en combate. Al final cuando todo paró, en el pueblo había muchos containers y pensábamos que estaban llenos de municiones, cuando las abrieron había latas grandes de Nescafé, papas y ropas. Los británicos nos invitaron para llevarnos lo que podíamos. Íbamos con los bolsos”. Sobre ese quiebre que produjo la guerra, nos dijo que “Gran Bretaña estaba como “lavándose las manos”, pero nosotros éramos muy leales, nacimos británicos y tenemos honor a nuestro país. Fue una lástima que no pudiéramos mantener relación con los dos países”. Por último, nos confesó que fue “bueno para mí contarte esto porque ha quedado en una cajita”.

Así como Dorcas y SB, hay muchas historias más. En estas décadas, la ayuda humanitaria, logística y comercial del Estado argentino, mejoró la calidad de vida y comunicación isleña, lo que pondría en entredicho la imagen de agresión permanente y cercamiento al archipiélago, aunque las tensiones nacionales no desaparecieron. Una era de mayor acercamiento e intercambio estatal, social y cultural entre argentinos e isleños en el plano sanitario, educacional y el comercio, de la que poco se conoce. Lamentablemente, el conflicto bélico quebró las relaciones gestadas en los años anteriores, así como los lazos de amistad. Quizás tengamos que seguir buscando esas historias encofradas hace un tiempo por la guerra y desprivatizarlas, para entender que la guerra no es la única vía de entrada a Malvinas.  

 

 

*Por Sebastían París, (Programa de Estudios Malvinas, Atlántico Sur y Patagonia, UNAJ/ UBA/UNSAM)

por Sebastían Paris

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