Saturday 15 de June, 2024

OPINIóN | 10-12-2023 07:32

Modelo para armar

Los primeros pasos de Milei en el poder pueden ser decisivos. Por qué prende su prédica del ajuste necesario.

Javier Milei triunfó en las elecciones de aquel 19 de noviembre ya distante porque la mayoría entendía que no era viable el país en que sí había mucha plata para quienes lo gobernaban y sus amigos pero muy poca para el grueso de la población. Harta del deterioro constante de su propio nivel de vida, decidió que había llegado la hora de intentar un cambio realmente drástico.   

Aunque al acercarse al poder el anarcocapitalista suavizaba sus propuestas más urticantes, como las supuestas por la venta libre de órganos y el derecho de todos a armarse hasta los dientes como sucede en algunos lugares de Estados Unidos, no ha abandonado el sueño de hacer de la Argentina un país radicalmente distinto del existente, uno mucho más meritocrático que no se vea perjudicado por una “casta” parasitaria de políticos profesionales, militantes y sus muchos dependientes que viven del dinero suministrado por los demás.

Bien, muy pronto el hombre que, en un lapso asombrosamente breve, puso patas arribas el orden político nacional pondrá manos a la obra. Blindado por el apoyo de casi el 56 por ciento del electorado, y por el fracaso penosamente evidente del régimen kirchnerista que en efecto hizo mutis por el foro hace varios meses, tratará de transformar por completo la cultura cívica de una sociedad que durante muchas décadas se había permitido degenerar en una sombra de la que una vez había sido.

Para muchos, la construcción nada fácil del gobierno que lo acompañará en la primera fase -Milei diría “generación”- de un proyecto que hasta hace poco parecía quijotesco puesto que, como el caballero de la triste figura, lo que se proponía el libertario era regresar a un pasado que a su juicio, y el de muchos otros, era llamativamente mejor que la actualidad deprimente que le había tocado, ha sido una continuación de la larguísima campaña electoral, con sus internas malhumoradas y maniobras imprevistas de personajes ambiciosos en busca de cargos.

Que este haya sido el caso puede comprenderse. Lo mismo que los precandidatos y candidatos a puestos electivos, Milei se ha visto obligado a tomar en cuenta no sólo las dotes profesionales y capacidad de trabajar en equipo de las personas dispuestas a colaborar con él sino también su presunta influencia política. Optó por privilegiar a quienes podrían incidir en las legislaturas por encima de aquellos que, es de suponer, le garantizarían cierta eficacia técnica, razón por la que hay más peronistas entre los nombrados que macristas. Asimismo, ha sorprendido la decisión de alejar a Victoria Villarruel del manejo de la seguridad. Patricia Bullrich mandará en aquel ámbito sumamente importante, mientras que el ministro de Defensa será su compañero de fórmula, el radical atípico Luis Petri.

Villaruel ha motivado el repudio de muchos por su negativa a respetar el relato oficial de los derechos humanos que, después de salir de Santa Cruz, los Kirchner adoptaron con entusiasmo, en que se minimiza la gravedad de los crímenes de lesa humanidad cometidos por “jóvenes idealistas” para concentrarse en los actos aberrantes de militares que actuaban en nombre del Estado. Puesto que estos asesinaron, torturaron y secuestraron en el marco de un plan sistemático, hablar de “excesos” es claramente inapropiado, pero también lo es celebrar delitos similares que fueron perpetrados por miembros de grupos de ideología totalitaria que, de haber ganado “la guerra sucia”, no hubieran vacilado en emular a sus sanguinarios compañeros cubanos.

En cuanto a los “desaparecidos”, el número sacralizado de 30.000 fue inventado por razones propagandísticas; la Conadep, cuya autoridad moral sigue siendo mayor que la de las organizaciones militantes, estimó que, como subrayan Villaruel y Milei, hubo menos de 9.000. Puede que hubiera otros pero, como dijo una vez Graciela Fernández Meijide, la que había participado de la Comisión impulsada por el gobierno de Raúl Alfonsín: “¿Me van a decir que hay veinte mil familias que no han denunciado la desaparición de un miembro?”. Puesto que los deudos de los asesinados por la dictadura militar suelen recibir dinero del Estado, es poco probable. Sea como fuere, el “revisionismo” de quienes están por instalarse en el poder ha contribuido a la imagen de “ultraderechistas” de que se revisten a ojos de quienes los temen.

Frente a los desafíos que le aguardan, Milei ha hecho suya una combinación rara de pesimismo extremo y optimismo que algunos calificarían de delirante. Prevé que los próximos dos años sean durísimos, con estanflación -estancamiento productivo e inflación por las nubes- que afectará negativamente a virtualmente todos, pero que una vez superada la ordalía que sabe es inevitable, con tal que la cure de sus males estructurales, la economía crecerá con rapidez hasta que por fin la Argentina sea una auténtica potencia mundial. ¿Es realista tal pronóstico, o es sólo una versión tecnocrática del viejo mito según el cual lo único que necesita el país para recuperarse es una buena cosecha? 

Los hay que creen que Milei exagera cuando afirma que la alta inflación persistirá por algunos años más aún cuando, desde el primer día, con una “ley ómnibus” logre aplicar una política de choque destinada a erradicarla. Los que piensan así señalan que en los meses venideros aumentarán mucho las exportaciones de granos, hidrocarburos procedentes de Vaca Muerta, litio y otros productos mineros, lo que posibilitaría una recuperación más veloz que la vaticinada por los resignados a un período prolongado de pobreza generalizada.

Coinciden algunos observadores extranjeros: en opinión de un medio británico, The Daily Telegraph, “la estrellas están perfectamente alineadas” para el hayekiano de la motosierra y, en vista del colapso de confianza en el orden existente, “la tabula rasa empieza a tener sentido”.

Sea como fuere, es legítimo preguntarse si al país le convendría una recuperación parcial que sería atribuida a nada más que sus abundantes recursos naturales, ya que serviría para frenar las reformas y de tal manera prolongar la vida del modelo tradicional en que el capital humano siempre ha importado mucho menos que la suerte geológica. Después de todo, en la raíz de la decadencia nacional está una escala de valores que se basa en la noción de que, tarde o temprano, las soluciones a los problemas socioeconómicos surgirán del subsuelo, no de la conducta de la población, y que por lo tanto lo único que los gobiernos necesitan hacer es encontrar la manera más justa de distribuir lo suministrado por Dios o la madre naturaleza.

No se trata de un tema menor. Para que el país aprovechara plenamente la eventual estabilización de la economía, tendría que mejorar muchísimo el desempeño de aquellos sectores de la población que se han acostumbrado a depender de la caridad politizada. El problema así planteado no se verá resuelto por la generosidad o sensibilidad social de un gobierno determinado sino por la voluntad de cada uno de esforzarse al máximo, de ahí la “revolución cultural” que algunos ven en marcha.

Hay señales de que entienden muy bien lo que está en juego los muchos jóvenes que se rebelaron contra el populismo declaradamente solidario pero en verdad antisocial de los kirchneristas para sumarse a las huestes de Milei, pero puede que sólo se haya tratado de un fenómeno pasajero, no de un cambio permanente. Mientras tanto, quienes han prosperado y adquirido cierta notoriedad organizando a los pobres para obligar a los encargados del asistencialismo a darles más dinero seguirán procurando intimidar a Milei que, por su parte, quiere marginarlos eliminando cuanto antes la intermediación, aunque dice que hasta nuevo aviso mantendrá “los planes”. El que a partir de mañana será presidente de la República también amenaza con aplicar la ley a todos aquellos que la violen ocupando lugares públicos, tarea que le corresponderá a Bullrich que, a juzgar por lo que dice, está resuelta a cumplirla con firmeza.  

Milei ha elegido bien su estrategia comunicativa. Ha hecho de “no hay plata” un eslogan popular, pero promete que, después de una etapa de lucha encarnizada, el país podrá disfrutar de un grado de prosperidad que sea equiparable con el imperante en el mundo capitalista desarrollado. Aunque casi todos los movimientos políticos se afirman resueltos a beneficiar materialmente a la gente, la retórica en tal sentido de Milei es más persuasiva porque variantes del esquema que tiene en mente han tenido éxito en muchos otros países, mientras que los propuestos por peronistas tradicionales, radicales, trotskistas y otros han fracasado catastróficamente en todos los lugares en que han sido ensayados.

Lo extraño no es que Milei y sus simpatizantes hayan apostado al capitalismo liberal para remediar los males socioeconómicos que tienen postrado al país, sino que hasta hace muy poco hayan escaseado los políticos que se animaban a hacerlo. Aunque la Argentina dista de ser el único país en que el capitalismo siempre ha tenido mala prensa, en otros las denuncias que se formulan en contra del único sistema que funciona bien suele tener repercusiones sólo en los círculos culturales y académicos, sin que las diatribas que agitan a los biempensantes hayan impedido que el gobierno local tome muy en serio los riesgos planteados por los déficits fiscales y, sobre todo, por la inflación que suelen ocasionar.  

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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