OPINIóN | 25-11-2019 11:25

Contra el machismo

A Camila, la nueva novia de Gastón Pauls, se la castigó por ser joven. Cuando la visibilización de la violencia arrasa con el deseo.

Un brutal ataque machista se produjo en estos días, más que nada en las redes sociales. Su víctima en esta ocasión fue la nueva novia de Gastón Pauls (a la que se denominó casi siempre así, y no por su propio nombre, Camila Canicoba Jaimes): una mujer de dieciocho años a la que, según parece, le gustan los hombres más grandes que ella. El machirulismo virulento arreció y la sancionó: la subestimó, la infantilizó, la redujo a objeto de los deseos del hombre, la negó como sujeto deseante, la cosificó designándola como “carne fresca”. Se habló de “vulnerabilidad” y de “inmadurez emocional”, así como hasta hace un tiempo se definía a la mujer como “sexo débil”. Se la calificó de “nena”, quitándole así consistencia y responsabilidad a sus decisiones personales. Se la consideró a merced del varón, pasiva por definición, presa fácil de las astucias de las que ella misma sería presuntamente incapaz. Se la intentó normalizar diciendo que esa relación era patológica. Se la vigiló y se la castigó. Y, por supuesto, todo en nombre del bien, la moral y las buenas costumbres. 

Las luchas emancipatorias son luchas de liberación sexual, por eso toda esta regresión es cuanto menos llamativa: llamativo que se conciba, una vez más, que el deseo es más que nada del hombre, y se hable más que nada de eso; llamativo que el deseo activo de la mujer se obture: que se obture lo que a ella pueda atraerle, la relación que pueda desear; o bien se pretenda dictaminar con quién puede estar y con quién no, qué puede hacer y qué no puede hacer con su propio cuerpo (unirlo sexualmente a alguien de su misma edad, sí; unirlo sexualmente a alguien de otra edad, no. Así como otros dictaminaron o dictaminan: unión con alguien del “sexo, opuesto”, sí; unión con alguien del “mismo sexo”, no). 

No es nuestro propósito aquí defenderla: de lo que planteamos se desprende que no hace falta. Lo que nos preguntamos es por qué razón se homologa tan a menudo, y tan sin Michel Foucault, el abuso de poder con la relación de poder, dado que toda relación es una relación de poder y no en todas se cometen abusos. Nos preguntamos por qué se supone, tan sin Michel Foucault, que lo otro del poder es una paridad de estabilidad y simetrías absolutas (cosa sumamente improbable), y no una resistencia, no un contrapoder, ya que el poder no es una cosa que el otro tenga y uno no (hipótesis intimidatoria dirigida a amedrentar a las mujeres, eventualmente para ofrecerles de inmediato protecciones y salvaciones, especialmente cuando no las precisan de verdad). Nos preguntamos cómo es que Witold Gombrowicz no ha calado más entre nosotros y se sigue sin advertir el poder que la juventud detenta, en especial respecto de los viejos (cfr., en Ferdydurke, al profesor Pimko y a la “colegiala moderna”).

Por supuesto que la pedofilia es un límite: por eso es tan problemática la tendencia a la infantilización general. Y por supuesto que la violación es un límite: por eso es tan problemático suponer que el que desea es siempre el otro y que toda relación está en última instancia amenazada por una violación en ciernes; ¿cómo es que ya no podemos pensar las relaciones sin la violencia en el horizonte? ¿Cómo es que se está pretendiendo protocolizar todas las relaciones? 

Que la visibilización de las distintas violencias, tan necesaria en este tiempo, no se lleve puesto el deseo, que no pretenda que se puede subsumir el deseo en valores morales. Que la visibilización de las distintas violencias, tan necesaria en este tiempo, no arrase con la posibilidad de que las mujeres puedan ser sujetos activos en lo que a elecciones sexoafectivas se refiere. Que la visibilización de las distintas violencias, tan necesaria en este tiempo, no haga que veamos violencia en todos lados porque eso sería debilitar la potencia del gesto. 

Que las luchas declaradamente emancipatorias no arrasen con la singularidad del deseo; soportemos que las emancipaciones sean singulares -lo que no significa una salida individual-, no agobiemos la inquietud que suscita la otredad como tal, la del deseo. Intentemos no sostenernos en posiciones paternalistas, tratemos de no erigir discursos moralistas, procuremos dejar de prescribir conductas en lo que a las relaciones y al deseo se refiere; en definitiva: no confundamos cuidado con vigilancia. 

Una sociedad sexualmente libre, en la que nadie violente a nadie y cada cual pueda hacer lo que quiera: ¿llegaremos a conseguirla? Sí. La vamos a conseguir. Que no es fácil está claro. Pero la vamos a conseguir.

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por Alexandra Kohan y Martín Kohan

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