Domingo 25 de septiembre, 2022

POLíTICA | 04-01-2022 14:30

Cristina Kirchner vs. Alberto Fernández: intimidad de una guerra fría

El Presidente lanzó su reelección y la vice coquetea con las elecciones del 2023. Cuál es el juego de cada uno y cómo sigue el vínculo. El factor FMI y los movimientos de Manzur.

-Cristina, mirame a los ojos: ¿qué vas a hacer en el 2023?

El que lanzó la pregunta que se hacen todos en el oficialismo, en especial desde que Alberto Fernández anunció sus intenciones de ir en busca de la reelección en el último reportaje con el diario Perfil, fue el comediante Dady Brieva. Estaban sentados alrededor de una misma mesa en la localidad bonaerense de Pilar, en la que también se encontraban la esposa del artista, el intendente anfitrión Federico de Achával, Oscar Parrilli y los actores Darío Grandinetti y Juan Leyrado. El motivo era un encuentro, dos noches después de la entrevista, entre artistas y periodistas K con la vicepresidenta. Pablo Echarri tenía un lugar reservado en la mesa ultra vip pero no pudo llegar, por lo que se perdió la enigmática respuesta de la vicepresidenta. “Me miró y se rio”, contó luego Brieva.

La escena -que incluyó un cántico generalizado de “Cristina 2023” antes de que terminase la jornada- corrió como pólvora en el fuego de la interna del Gobierno, y despertó en igual cantidad miedos y esperanzas de cara al año que está por empezar. El rumbo del tramo final del Frente de Todos, y el candidato -o la candidata-, se están por definir, mientras que el acuerdo con el FMI flota sobre esta realidad y sobre el país entero. ¿Que gane el mejor?

Arquitectura. Antes de bucear en los laberintos palaciegos del oficialismo, y en la dificultosa relación entre el Presidente y su segunda, hay que entender dos cosas. La primera es la compleja -e inédita hasta el 2019- fórmula que inventó Cristina Kirchner para volver al poder. El esquema de una conducción bicéfala, en un país y en un movimiento político hiperverticalista, supone no sólo desafíos mayúsculos a la hora de gobernar, sino una ecuación tortuosa y casi matemática: si gana poder Alberto, significa que lo perdió Cristina, y viceversa. En cuanto uno se impone -o parece hacerlo, como fue el caso de las declaraciones del mandatario a Perfil-, el otro se desdibuja. Es una especie de ley de Newton argentinizada y peronista, en la que cada acción genera su reacción.

El segundo punto a considerar tiene que ver con la relación entre ellos dos, y con un dato biográfico que hasta que llegaron al poder parecía que no iba a importar tanto pero que luego se volvió muy relevante. Es que cuando Alberto dejó su cargo como jefe de Gabinete y rompió con el kirchnerismo, Cristina todavía no era la que es hoy. Aunque ya había ganado unas elecciones presidenciales, la figura del marido y su famoso doble comando todavía la opacaban, y aún no había nacido ni La Cámpora ni los relatos de una Cristina mitólógica y omnipotente. Es decir: en toda su carrera política, al menos hasta el 10 de diciembre del 2019, Alberto jamás vio a CFK como su líder política o espiritual. Es por eso que el actual Presidente le dijo a Jorge Fontevecchia en la entrevista que “el último jefe político que conocí fue Néstor”. Y en referencia a su vice, que “si uno conduce al otro, entonces efectivamente hay un jefe y un empleado, pero yo no tuve ninguna jefatura”.

Ese reportaje, en el que blanqueó su objetivo 2023, provocó un tsunami en el oficialismo y también en Cristina. Los que hablaron con ella en los últimos días cuentan que, entre todos los dardos que le dirigió un Alberto empoderado como nunca en esa nota, fue el mencionado en el párrafo anterior el que más le disgustó, y por mucho. “Lo que hizo ella en la comida con los artistas fue una respuesta a eso, devolver una chicana con otra”, cuentan en el círculo de la vicepresidenta, aunque luego desdramatizan la escena y aseguran que no hay que agregarle más lecturas que esa. Se basan en que la comida había sido arreglada un mes antes, por Jorge “Topo” Devoto, íntimo de CFK y de su familia y también productor cinematográfico. De hecho, varios invitados -que fueron previamente seleccionados por él, lo que en sí despertó los recelos de los que quedaron afuera, entre ellos algunos ex integrantes de “678”- se quejaron ante CFK del ministro de Cultura Tristán Bauer, con quien Devoto mantiene rencillas propias del mundo artístico. Pero, más allá de la interna, todas las fuentes consultadas por NOTICIAS confirman que la cena había sido arreglada mucho antes de la entrevista de Alberto en Perfil, aunque eso tampoco tapa el bosque: la líder del kirchnerismo sabe bien que cuando habla todos la escuchan, y el juego que hizo ante Brieva, o lo que dijo en el video del encuentro que luego subió a sus redes sociales (“en el 2019, entre la dirigente y la madre elegí la madre, y por eso hicimos lo que teníamos que hacer”, un anticipo de que en la próxima contienda podría volver a pensar como “dirigente”), invitan casi linealmente a una interpretación con gusto político y electoral. Tomá mate con chocolate, diría la propia Cristina.

En el camporismo directamente descartan de tajo cualquier intención de la vicepresidenta en ese sentido. “El país tiene muchos problemas para solucionar hoy como para que ella se ponga a debatir en público lo que va a pasar dentro de tanto tiempo”, dicen. Sin embargo, no todos comparten esa premisa. Varios comunicadores afines, y también el ex vicepresidente Amado Boudou, salieron a replicar el operativo clamor CFK 2023. “Me da la sensación de que va a encabezar al sector interno de la coalición”, dijo en una charla en la AM 530, en días en los que empezaron a aparecer pintadas con una supuesta fórmula encabezada por la ex presidenta. Las paredes de La Plata, dibujadas por la agrupación “Peronismo Kirchnerista” de esa ciudad, pueden dar fe. “Pero ojo, son solo esos, un grupo de trasnochados”, le baja los decibeles un albertista a la intención de CFK de entronizarse. Pero, aunque falta mucho, lo cierto es que aún dentro de la Casa Rosada parecen haberse hecho eco del tema. Es que para fin de año circuló un flyer, cuya autoría se la atribuyen al ministerio de Interior que comanda Eduardo “Wado” de Pedro, que sigue con la relación cortada con el Presidente luego de su renuncia el día de la estampida K post PASO. “Merry Cris más”, decía la misiva, con una imagen de una Cristina navideña. Son sólo señales, pero se sabe que la política vive y se nutre de ellas.

Trono. Si hubiera que poner un antes y un después a esta historia sería el 12 de septiembre, el día de la colosal derrota del oficialismo en las PASO. Aunque la espuma tardaría hasta después de las generales en asentarse, las heridas que se provocaron por y luego del traspié electoral fueron tan profundas que, al menos en la superficie, parecen haber transformado al Frente de Todos y a sus líderes. No sólo con el cambio de nombres luego de la crisis institucional, sino también en los roles. “Se generaron dolores muy fuertes, y tanto Alberto como Cristina los van expresando y llevando como pueden”, se sincera un hombre fuerte del Gobierno.

Es que es claro que no sólo CFK manda señales. El Presidente declara con picardía en las entrevistas, se da el gusto de contestarle a su vice incluso durante los actos en conjunto en Plaza de Mayo, se suelta en las charlas privadas con empresarios y periodistas diciendo cosas como “en los dos años que quedan voy a gobernar yo, le guste a quien le guste”, y también empodera a los suyos. De esto podría dar fe Debora Giorgi, la primer funcionaria kirchnerista en lo que va de este mandato que es echada de su puesto -era segunda en la secretaria de Comercio- luego de perder una pulseada contra un albertista, en este caso el ministro de Producción Matías Kulfas. También desde este lado de la trinchera se envalentonan para el 2023, y no sólo Alberto, quien de parte de quien sería el candidato. Santiago Cafiero, repatriado a la Cancillería, también lo postuló para esa contienda (“muchos de nosotros lo acompañaremos”, dijo en Perfil el sábado 25, luego de las declaraciones de CFK), e incluso ya se lanzó el merchandising. Aunque pasó inadvertido, el día de la Plaza de Mayo con Lula y “Pepe” Mujica, algunos albertistas recargados -entre ellos el jefe de asesores presidenciales, Juan Manuel Olmos, y el jefe del bloque del FDT en la legislatura porteña, Claudio Ferreño- presentaron con banderas una nueva agrupación, “A23”, cuyo nombre no necesita explicación, aunque sí generó una reacción. Fue en formato papel: Eduardo Valdés, diputado y santo patrono de la unidad, mandó a empapelar el AMBA con carteles que rezaban el lema “todos unidos triunfaremos, frentetodismo al palo” y una imagen de Alberto y Cristina abrazados. Lenguaje de señas.

Pero no es sólo una cuestión de posturas o de chicanas internas, sino que hay algo que va más a fondo. Parecería asomarse un cambio de piel en Alberto y los suyos, que dejaron de esperar a las cartas de CFK para saber para dónde encarar y que ahora se animan a plantear su juego y a soñar con la reelección. También hay un cambio de piel en la vicepresidenta, que este año se sacó de encima cuatro complicadas causas -Dólar Futuro, Pacto con Irán, Los Sauces y Hotesur, y una por una supuesta evasión fiscal en Río Gallegos-, y que, amén de la mejor salud de su hija, empieza a mostrar que no tiene pleaneado jubilarse en el corto plazo. Es más: su sorpresiva suerte judicial podría convencerla de exactamente lo contrario a retirarse. Estar en el poder, comprobó este 2021, ayuda a que los juicios en su contra se caigan. El final será abierto.

Año nuevo. Todo este debate se verá zanjado antes de que el país vaya a votar. Primero porque es en junio del 2023 la fecha límite para inscribir las fórmulas presidenciales -momento para el que faltan sólo 18 meses-, y segundo porque el rumbo del Frente, y la capacidad de Alberto de presentarse como un candidato apto para la contienda, se definirán en el transcurso del año entrante. Es que durante el 2022, si no hay antes un arreglo, Argentina tendrá que pagarle casi 20.000 millones de dólares al FMI, con desembolosos que serán importantes a partir de marzo. Es decir: en los próximos meses se verá o no si la economía -condicionada por la cantidad de dólares en el Banco Central- se levanta o no, y por lo tanto si Alberto será el presidente de la recuperación del bolsillo de los argentinos o de todo lo contrario.

Es bajo esta óptica que también hay que entender los tironeos dentro del oficialismo para cerrar el acuerdo con el Fondo. A pesar de una lectura muy repetida -incentivada por el paso trunco del Presupuesto y el rol de Máximo Kirchner, es el albertismo el que ahora tiene la pelota. Hay que entender que hasta que terminó el proceso electoral era esta pata del Frente la que juraba que el kirchnerismo, y en especial su jefa, eran los que boicoteaban el acuerdo con el FMI para cuidar los votos. Pero de eso, y de que Alberto anunció el plan plurianual que sería el primer paso para cerrar las trativas con el FMI, pasó ya tiempo y nada cambió, y son varios legisladores, no sólo los K, los que se quejan de que desconocen la letra fina del plan plurianual que luego deberán votar. Es una cuerda fina en la que se tambalea el ministro de Economía, Martín Guzmán, pero también el Presidente. Sin un acuerdo rápido la economía no se recuperará, y sin esto no hay 2023 posible para Alberto. ¿Intuirá el kirchnerismo el reloj arena en el que se desgasta Fernández y por eso no apoya el acuerdo con toda su fuerza?

De cualquier manera, no son sólo los cristinistas los que se anotan en esa contienda. La mayoría del oficialismo entendió que lo de CFK coqueteando con el 2023 no es más que una jugada estudiada para subirse el precio y para presionar la interna, pero que, en el mejor de los casos, cuando llegue el momento terminará entronizando a alguien, como hizo en el 2019. Dentro de los que esperan que el candidato no sea el mismo que en la anterior elección nacional está Juan Luis Manzur, el jefe de Gabinete de relación fría con el Presidente. Los que caminan ese despacho, que tiene una puerta que no se usa demasiado y que la une a la oficina del mandatario, dicen que incluso al proyecto “Juan XXIII” ya se anotaron varios sindicalistas y movimientos sociales, e incluso hay rumores de que le hicieron llegar este plan al Santo Padre, alguien que en el 2019 apoyó a un candidato del peronismo del centro como Roberto Lavagna. No sólo eso: en el oficialismo se habla de que el tucumano ya tiene un jefe de campaña trabajando para dentro de dos años. El tiempo dirá si esta inversión valió la pena, mientras que Sergio Massa aún no se da de baja de la contienda, a la vez que hace valer el lugar omnipotente que está ocupando su consultor, el catalán Antoní Gutiérrez Rubí, dentro del espacio.

Pero para todo esto todavía falta mucho. El primer escollo será cerrar con el Fondo y llegar al fin del 2022 con una economía en levantada -y con un gabinete renovado, esperan varios dentro del peronismo-. De cualquier manera, algo está claro dentro de ese laberinto espeso que es el Frente de Todos: si Alberto gana músculo, significa que lo perdió Cristina. Y viceversa. Que gane el mejor.

 

Galería de imágenes

En esta Nota

Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

Comentarios