POLíTICA | 11-02-2021 14:30

Patricia Bullrich, la candidata de la mano dura

Quiere ser Presidenta, ignora la corrección política y su lema es "lo único que importa es ganar". Distancia de Macri, por qué la escucha Larreta y el temor de los dialoguistas PRO.

Patricia Bullrich domina el partido con comodidad. Aunque la noche costera de Pinamar está pesada y una nube de mosquitos amenaza a todas las piernas presentes, parece que la ex ministra de Seguridad no transpira ni siquiera una gota. El desafío recién comenzó pero ella se sabe y se siente ganadora. Hay que reconocer, para ser justos, que el equipo de enfrente no sólo está en una clara inferioridad numérica sino que parece sacado de un sketch de comedia: son el grupo trabajo de ella, su esposo, que la sigue de sol a sol y le lleva el ritmo como puede, el bailarín multipremiado Maximiliano Guerra, y los dos enviados de NOTICIAS. Pero la batalla contra Bullrich y su centenar de fans, que con el libro que ella acaba de presentar en mano hacen casi de guardia pretoriana y cortan el paso mientras esperan su autógrafo, es desigual, y este medio y el grupo que lo ayudaba pronto tira la toalla. La política más dura de la oposición, aclamada por su público y sus votantes, está en su salsa y la entrevista va a tener que esperar.

Cuarenta minutos después Bullrich, flanqueada por la elite de sus seguidores, llega al bar al aire libre del Hotel del Bosque donde esta revista, su esposo, su equipo de trabajo y Maximiliano Guerra la aguardaban. Al viernes 22 le queda apenas un rato y el bailarín mata la espera fumando un cigarrillo atrás de otro mientras relata hazañas desconocidas sobre su pasado como jugador de fútbol. La presidenta del PRO, que hace instantes era mimada por la multitud, acomoda una silla cerca de quien parece ser su compinche y a duras penas puede contener la sonrisa: durante todo el día su apellido estuvo en boca del país entero luego de que, unas horas antes de la entrevista, un grupo de seis policías se haya cuadrado frente a ella.

Ese saludo en un balneario de Villa Gesell, que quizás en algún otro momento o lugar de la historia menos agrietado podría haber quedado sólo en eso, en la Argentina del 2021 escaló hasta convertirse en un escándalo nacional. Medio gabinete de Axel Kicillof, en pleno avance de la segunda ola de la pandemia, interrumpió su jornada laboral y trató a la venia playera como un asunto de Estado, mientras que del otro lado de la orilla el video recorrió como un fantasma los peores miedos del ala no tan dura de la oposición que ve con creciente temor el avance de Bullrich. En el medio, las redes y la prensa ardieron con opiniones que entendían la situación como poco menos que la antesala de un golpe paramilitar, y otros que preferían verla como la reencarnación del respeto que tenían los Granaderos al Libertador que fundó el regimiento. San Martín, Rosas, Perón, pero también Galimberti, De la Rúa, Macri y Maximiliano Guerra: en la línea histórica de Bullrich no hay imposibles.

Es que ella, desde que tenía los rulos al viento y coqueteaba con esa idea de que el poder político brotaba de la boca de un fusil, siempre siguió la misma dirección: la suya. “No hay que ser ni buen ni mal perdedor”, explica la que casi todos ven como futura diputada, en referencia al partido de paddel que jugó un día antes con Hernán Lombardi pero que perfectamente podría aplicar a lo que cree válido a la hora de hacer política: “Lo único que importa es ganar”. El grupo que la escolta, y que tiene rodeada a la mesa en la que se va a hacer la entrevista, festeja con risas la ocurrencia. Recién ahí se prende el grabador.  

Primos. El ministro de seguridad bonaerense se brota. Mira la televisión, mira su celular, vuelve a ver la televisión. Tira un grito, con tonada militar, y sus colaboradores corren a obedecerlo: quiere ir cuanto antes a Villa Gesell. La máxima número uno de Súper Berni es estar siempre primero en el lugar de los hechos, y, luego de que la venia policial ante Bullrich le haya tocado el orgullo, quiere recuperar el terreno perdido y dar la sensación de que tiene la situación bajo control. En eso estaba cuando le avisan que la ministra de Gobierno de Buenos Aires, Teresa García, se tuiteó encima. “Vamos a echar a los efectivos de la fuerza”, subió ella, con una incontinencia que se suele ver más en usuarios anónimos de las redes que en una funcionaria política de primera línea. Ahí el soldado más fiel de Cristina Kirchner recula: aunque para la cámara suele mostrar su costado más histriónico, es inteligente y, luego de una asonada policial que se le fue de las manos en septiembre, aprendió que hay fuegos con los que es mejor no jugar.

Patricia Bullrich estaba volviendo a Pinamar cuando le sonó el celular. Se sorprendió: aunque la mitad más uno del círculo rojo los ve casi como primos hermanos hace un tiempo largo que no hablaba directamente con él. De cualquier manera el asombro le dura muy poco y, aunque el que tiene el puesto y a cien mil personas armadas a su cargo es Berni, es la mujer quien toma la iniciativa. “Es una locura que quieran echar a los policías por sacarse una foto conmigo”, le dispara Bullrich a quemarropa, a modo de saludo. Para aquel momento Berni ya estaba buscando contener el daño colateral del escándalo, y ensaya una explicación que lo deja bien parado: “Patricia, para mí está muy bien que te saluden, lo hicieron con respeto y con una formación profesional. Yo les enseñe eso”.

Noticias: Vio que a Berni le dicen la Patricia Bullrich del Gobierno.

Patricia Bullrich: ¿Sí? Está muy bien: tiene un buen ejemplo a seguir.

La mesa entera, en donde incluso aparecieron celulares para grabar la entrevista, se vuelve a reír. Y ella ya no disimula la sonrisa.

Pero las comparaciones no son sólo para que la ex funcionaria se luzca con sus bromas. No sólo se parece a Berni en lo superficial –bravos, puteadores, verticales, militarizados- sino que también ofrecen el mismo mensaje: en un mundo desbordado de corrección política, ellos vienen a tirar por la borda los buenos modales y a hacer lo que nadie se anima a hacer. Es un tono muy similar al que catapultó a Bolsonaro y a Trump a la presidencia, un lenguaje que a una parte de una sociedad con graves problemas le encanta escuchar y sobre todo votar. Es una lógica antisistema bien estudiada, que tiene mucho de sistema y poco de anti, pero que puede caer bien entre peronistas, liberales, radicales o macristas que están hastiados de soportar años y años de crisis económicas y, cansados o enojados, se inclinan hacia los extremos.

Halcones y palomas. El avance de Bullrich es algo que tiene bien en claro Horacio Rodríguez Larreta. El jefe de gobierno porteño, primero en todas las encuestas de imagen dentro de la oposición y en carrera franca para el 2023, readaptó su visión –al menos la política- que tenía con la presidenta del PRO. En el arranque del 2020, cuando el Presidente lo llamaba amigo, le prestaba poca atención a la ex ministra de Seguridad y se ocupaba en que dentro de Juntos por el Cambio se supiera las diferencias que tenía con ella. Pero esa es una foto de un pasado lejano: con el olfato que lo caracteriza, Larreta readaptó su visión. Ahora mantienen diálogo directo y es frecuente verla entrando a su despacho en Uspallata, mientras que se ocupa en que dentro de Juntos por el Cambio se sepa las coincidencias que tiene con ella.

Es una relación que sigue con mucha atención toda la oposición. Es que ellos son los símbolos de las dos alas del espacio y ambos, y todo el resto, saben que se necesitan tanto como Cristina Kirchner necesita a Alberto Fernández. Con Bullrich (o Larreta) no alcanza, pero sin ellos tampoco se puede, y una de las grandes tareas para Juntos por el Cambio será poder hacer coincidir estas dos visiones dentro de una misma lista. Para las de este año los dialoguistas llevan las de perder: los políticos de este espacio que mejor miden (además del jefe de gobierno porteño están Santilli o Fernán Quirós) están en cargos ejecutivos, mientras que el ala dura (Bullrich, Lombardi, Macri) tiene a todos sus jugadores listos para comerse la cancha y agrandar la grieta. De hecho, en el segundo grupo la mayoría está convencida de la idea de una interna para dirimir las candidaturas. En el larretismo hay opiniones encontradas. Si bien entienden, por lo recién expuesto, que podrían perder en unas PASO contra los halcones en este año, les da una gran carta a futuro: creen que una disputa interna entre Larreta y Bullrich, el jefe de gobierno porteño –con la caja y el territorio que da el cargo- lleva las de ganar.

Pero al que más va a complicar toda esta situación es a Cristian Ritondo y los suyos. Ante la más que probable entrada de Bullrich y los duros a Diputados para fines de este año, será todo un desafío para el jefe del bloque PRO mantener unido a un grupo que ya tuvo roces. Al ex ministro de Seguridad de Vidal los “halcones” le achacan ser demasiado dialoguista con Sergio Massa y el oficialismo, y la entrada triunfal de la ex ministra a la Cámara podría ser la gota que termine de rebalsar el vaso.

Quien también tiene todo esto en claro es Mauricio Macri. Fue un desafío para él, seis años atrás, hacerle entender a los suyos la necesidad de poner a Bullrich en el gabinete. También fue más que complejo lograr que ella conviva junto al resto del entonces oficialismo: Marcos Peña y Bullrich se profesan un odio visceral, que creció al calor de cada declaración que hacía la ministra, siempre rápida para las cámaras, sin consultar al rígido esquema comunicacional del jefe de gabinete. De hecho, ella hace gala de ese rechazo cada vez que puede, e insiste con que una de las pocas -sino la única- área donde el macrismo puede sacar pecho de lo que fue su gobierno es la que comandó. Quizás por esto, y porque en su momento sabía que ella necesitaba un padrino de la misma manera en que él necesitaba -mientras todos abandonaban el barco- alguien que lo defienda en público, es que el ex Presidente la tomó bajo su ala.

Puede terminar siendo una jugada arriesgada para Macri. Si bien Bullrich lo elogia y defiende en cada oportunidad, también desliza la idea de que el fundador del PRO no piensa volver a competir en el 2023 y lo pone más en el lugar de un referente que de un político activo. Aunque es verdad que en un momento necesitó su estela para crecer, la ex ministra ya está casi preparada para abandonar el nido, y presentarse como la continuadora de un camino que, es verdad, Macri arrancó pero que ya no puede o quiere continuar. “Sueño con ser presidenta, me preparé mucho”, dice Bullrich. De hecho, en la intimidad la ex ministra ya empezó a hacer algunos bosquejos de lo que podría llegar a ser, en un futuro todavía lejano, un gobierno presidido por ella. Siempre fue crítica del gradualismo que aplicó el gobierno anterior, y de ahí desprende la idea de que al país, para salir de una vez del pozo, le hace falta un violento shock de correcciones a la economía. Se imagina algún tipo de flexibilización laboral contundente, en lo que también sería una señal al sindicalismo peronista al que ella históricamente le desconfía y al que entiende como una de las razones del atraso argentino.

A todo ritmo. A Hernán Lombardi le duele el pecho. También le molesta el hombro. Está calcinándose bajo el sol de las cuatro de la tarde de Pinamar, transpira de a mares, y encima Patricia Bullrich se le adelantó. Eso significa que es él quien tiene que hacer el trabajo sucio de correr de un lado a otro de la cancha de paddle para devolver las pelotas. Bullrich, por su parte, se luce, y el partido termina en una victoria redonda del equipo del ala dura. Lombardi sale extenuado: un rato antes del encuentro deportivo caminó casi una hora junto a ella en la playa, donde había que frenar cada cinco metros para devolver un saludo o posar para una selfie, y no resiste más.

Guillermo Yanco, el esposo de Bullrich, observa al ex secretario desde afuera de la cancha, y si sus ojos hablaran estarían diciendo algo como: “¿Y esto te parece mucho?”. El periodista y abogado, que también es vicepresidente del Museo del Holocausto y tiene buenas migas con el gobierno de Israel, está casado con ella desde hace casi veinticinco años y le sigue su vertiginoso ritmo desde entonces. Tienen una relación muy estrecha: en los primeros meses largos de la cuarentena Bullrich no asistió a ninguna reunión política ni dio entrevistas presenciales por miedo a contagiar a su marido, algunos años mayor. Y él la corretea con una devoción absoluta, aunque conoce las pasiones que mueven a su esposa y todavía lleva presente en sus oídos la frase que le dijo su entonces novia un cuarto de siglo atrás: “Nunca pero nunca me hagas elegir entre vos y la política”.

Porque tiene el entrenamiento que dan los años es que Yanco mira con piedad a Lombardi. Ambos estuvieron la noche anterior al partido de padel, en las últimas horas del miércoles 20, en el Cariló Tenis Club, en lo que fue la primera presentación de la gira costera del libro de Bullrich -“Guerra sin cuartel”, de Editorial Sudamericana-. Ahí el público la recibió como si fuera una estrella de rock, e incluso dos policías de la bonaerense entraron al lugar para cuadrarse ante ella, aunque nadie filmó ese momento y el escándalo nacional por un saludo tuvo que esperar.

“Ese respeto es algo que no se puede comprar, les nace a ellos”, dirá Bullrich cinco días después. En la mesa ya sólo queda su esposo, Guerra y su equipo de comunicación, y los mozos del hotel del Bosque empiezan a mirar de reojo, impacientes por cerrar el bar. Al fin y al cabo es un viernes caluroso de temporada y la noche está en pañales.

No son los únicos que se quieren ir. La ex ministra había quedado en cenar con unos amigos después de la entrevista y los de su grupo se lo empiezan a recordar con insistencia a medida que van pasando los minutos. Pero ella, de todos los que la acompañan, es la única que se niega. “Si empezamos algo lo terminamos”, aclara. Los grises no fueron diseñados para Patricia Bullrich y ya lo dejó en claro: si juega es a ganar.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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