Sunday 25 de January, 2026

SHOWBIZ | 23-01-2026 04:01

Cómo el Mundial setea el 2026 y por qué en Argentina se va a sentir distinto

El Mundial como industria de atención: derechos, publicidad y pantallas. Si viajar es prohibitivo, la pelea local se traslada al acceso: quién transmite y cómo se mira.

Faltan seis meses para la final del Mundial 2026, el 19 de julio en East Rutherford, Nueva Jersey, y ya se puede intuir algo más profundo que un fixture: el torneo está empezando a ordenar el año. No sólo para los países sede (Estados Unidos, México y Canadá), sino para una Argentina que llega como campeona defensora y con un atributo extra: el Mundial no es un evento en el calendario, es un organizador social. Define conversaciones, consumo, viajes, marcas, política y hasta humor colectivo. Y, en 2026, además, va a definir quién queda adentro y quién queda afuera de la experiencia.

El primer filtro es brutal y se llama precio. La demanda de entradas se disparó y el torneo está probando un modelo de precios dinámicos: cuanto más se demanda, más sube. Eso, en clave argentina, significa un traslado inmediato: el Mundial “presencial” deja de ser un sueño aspiracional para convertirse en un lujo para pocos. Aun para quienes tienen dólares, el combo entradas + vuelos + hoteles en ciudades sede tensiona cualquier presupuesto. Y para el público local, que suele vivir el Mundial como un ritual popular, la distancia económica se traduce en otra cosa: más pantalla y menos tribuna.

Ese segundo filtro es el viaje. En los Mundiales siempre hubo peregrinación, pero este tiene una complejidad inédita: tres países, cuatro husos horarios y 16 ciudades. Para un argentino, la logística puede volverse un juego de descartes: elegir una sede “amigable” no es sólo una preferencia turística, es una decisión financiera. Y, aun así, el viaje se encarece por un factor clásico de Mundial: vuelos más caros y hoteles con precios inflados, en parte porque la organización bloquea cupos para delegaciones, oficiales y prensa.

Pero el 2026 trae un condimento que excede el turismo: la política migratoria estadounidense como variable del torneo. Si el Mundial 2022 fue un evento en un país hipervigilado, este puede ser un Mundial en un país donde la discusión sobre fronteras y control está en el centro de la escena. Y ahí el efecto argentino es doble. Por un lado, la comunidad argentina que vive en Estados Unidos puede convertirse —más que nunca— en base de apoyo y logística para los que viajan “a último momento”. Por el otro, crece la sensación de que el Mundial no se juega sólo en la cancha: también se juega en aduanas, aeropuertos, permisos, controles y costos.

En el plano futbolero, el formato nuevo de 48 selecciones también “setea” otra narrativa: el arranque puede tener menos presión porque pasan más equipos, y la fase de grupos pierde parte de la tensión clásica del “un error y te volvés”. Para Argentina eso es una ventaja psicológica —un margen extra para calibrar—, pero también un riesgo narrativo: un Mundial más largo, con más partidos, puede demandar otro tipo de gestión de plantel y de energía. Y, sobre todo, puede cambiar el modo en que el público consume épica: si la historia tarda en arrancar, la ansiedad se desplaza a la eliminación directa, donde un cruce malo te borra en 90 minutos.

Todo esto impacta en un tercer terreno donde Argentina siempre es sensible: la economía emocional del Mundial. Si viajar es casi imposible para la mayoría, la experiencia se reubica en el living, el bar, la pantalla del celular, el streaming, la radio. Es decir: el Mundial como industria de atención. Eso mueve otra disputa local: derechos de transmisión, acceso abierto, relato “para todos”, y el negocio publicitario más caro del año. En Argentina, el Mundial es el gran equalizador: durante un mes, el país habla el mismo idioma. Cuando el acceso se restringe (por precio, por plataforma o por barreras), la conversación se fragmenta.

Y encima está el factor que convierte a este Mundial en un evento con segunda capa permanente: Estados Unidos como escenario político. El torneo va a convivir con la pulsión de espectáculo y polarización de la política norteamericana, y con una FIFA que busca maximizar ingresos con un producto global. En ese cruce, Argentina mira con una mezcla de distancia y familiaridad: sabemos lo que es que el fútbol sea usado como narrativa de poder, pero también sabemos que, cuando rueda la pelota, el resto se negocia alrededor.

El Mundial 2026, entonces, no “llega” en junio: ya está operando como un molde del año. Para Argentina, lo que setea no es sólo el sueño deportivo de repetir título. Setea algo más terrenal: cuánto cuesta participar, cómo se vive desde lejos, qué lugar ocupa en la economía doméstica y qué tipo de país —y de hincha— queda habilitado para estar ahí. Mientras el planeta discute entradas, viajes y política, acá la ecuación es más simple y más áspera: el Mundial ordena el 2026 porque obliga a decidir, con anticipación, quién puede pagarlo y cómo lo vive el resto.

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