La temporada de premios siempre necesita un primer golpe de efecto, y desde hace algunos años ese rol volvió a recaer —con fuerza renovada— en los Golden Globes Awards, que el 11 de enero de 2026 inaugurarán formalmente el camino hacia el Oscar. Más relajados que la ceremonia de la Academia, menos solemnes que los Emmy y mucho más permeables al pulso de la industria, los Globes funcionan hoy como un laboratorio adelantado: prueban climas, miden consensos y, sobre todo, anticipan por dónde puede venir la conversación dominante cuando Hollywood empiece a votar en serio.
Las nominaciones de esta edición no solo confirman tendencias ya visibles, sino que marcan un quiebre más profundo: los Globes son, por primera vez sin discusión posible, verdaderamente globales. No como slogan, sino como política de selección.
El título que mejor condensa ese nuevo escenario es “One Battle After Another”, la película de Paul Thomas Anderson, que lidera el conteo con nueve nominaciones y se convierte en el gran faro de la temporada. Ubicada en la categoría de comedia o musical —una clasificación cada vez más elástica—, la película combina sátira política, humor incómodo y un retrato feroz de una sociedad fracturada por la violencia y la paranoia. El respaldo de los Globes es total: mejor película, director, guion, música original y un abanico de actuaciones que incluye a Leonardo DiCaprio, Benicio Del Toro, Sean Penn y Teyana Taylor.

El dato industrial es clave: aunque recaudó más de 200 millones de dólares, su alto presupuesto la dejó lejos del concepto tradicional de “éxito”. Y aun así, el sistema de premios la coloca al frente. La señal es clara: en 2025, el prestigio artístico y la conversación cultural pesan tanto —o más— que la rentabilidad pura. No es casual que, además, el film llegue a enero tras arrasar en premios de críticos y asociaciones clave, consolidándose como el rival a vencer rumbo al Oscar.
En el terreno del drama, el mapa es más diverso y confirma otro giro decisivo: la internacionalización definitiva de las categorías principales. “Sentimental Value”, del noruego Joachim Trier, y “Sinners”, la potente apuesta de Ryan Coogler, se perfilan como los grandes ejes. La primera, un drama familiar de sensibilidad europea, suma ocho nominaciones y se apoya en actuaciones de alto voltaje emocional; la segunda cruza cine de género, vampiros y segregación racial en el sur de Estados Unidos, con Michael B. Jordan como figura central.

Pero el dato verdaderamente histórico es que, entre las 12 nominadas a mejor película (drama y comedia/musical), cinco son habladas en otros idiomas. Junto a “Sentimental Value” aparecen “It Was Just an Accident” (Irán), “The Secret Agent” (Brasil), “Nouvelle Vague” (Francia) y “No Other Choice” (Corea del Sur). No se trata de una concesión simbólica: son películas de autor, muchas de ellas consagradas en Cannes, que ahora compiten de igual a igual con el cine anglosajón en las categorías más visibles del show. La advertencia es explícita: quienes miren la ceremonia por CBS tendrán que leer subtítulos.

Este viraje tiene una explicación concreta. Tras la disolución de la antigua y cuestionada Hollywood Foreign Press Association, los Globes ampliaron su cuerpo de votantes con cientos de críticos internacionales, muchos de ellos vinculados a festivales y asociaciones como FIPRESCI. El resultado es inmediato: más cine de autor, más películas internacionales y menos dependencia del marketing clásico de los grandes estudios. El gran ganador de este modelo es Neon, la distribuidora indie que, a fuerza de comprar títulos en Cannes, lidera el conteo total de nominaciones y demuestra que el riesgo curatorial puede rendir dividendos simbólicos enormes.

En ese contexto, también se explican algunas sorpresas y ausencias. “Wicked: For Good”, por ejemplo, quedó fuera de mejor película comedia o musical, una categoría que parecía hecha a su medida. En cambio, ese rubro quedó dominado por títulos difíciles de encasillar como “Bugonia”, “Marty Supreme”, “Blue Moon” y la propia “One Battle After Another”. La frontera entre drama, comedia y musical ya no responde a géneros puros, sino a estrategias de campaña. Y los Globes, una vez más, funcionan como campo de ensayo de esa ambigüedad.

La categoría de “logro cinematográfico y de taquilla”, relativamente nueva, aparece como el contrapeso perfecto a este corrimiento autoral. Allí conviven éxitos reales con apuestas futuras como “Avatar: Fire and Ash”, que ni siquiera se estrenó al momento de las nominaciones, junto a títulos como “F1”, “Zootopia 2” o “Mission: Impossible – The Final Reckoning”. En un año dominado por películas exigentes y poco masivas, esta categoría garantiza que el show conserve algo de familiaridad para el público general.
En televisión, el panorama es distinto, pero igual de revelador. “The White Lotus” vuelve a liderar con seis nominaciones gracias a su temporada ambientada en Tailandia. La sátira de Mike White sigue siendo el ejemplo más claro de cómo el lujo, el turismo y la miseria moral pueden convertirse en espectáculo global. Las nominaciones para Carrie Coon, Parker Posey, Walton Goggins y Jason Isaacs confirman el peso de su elenco coral.

Muy cerca aparece “Adolescence”, la miniserie de Netflix contada en un único plano secuencia, que transforma una investigación criminal en una experiencia opresiva y formalmente arriesgada. Su liderazgo en la categoría de serie limitada replica lo ocurrido en los Emmy y refuerza la idea de que los Globes ya no funcionan como espacio de descubrimiento televisivo, sino como reafirmación del consenso crítico.
El resto del mapa televisivo consolida esa tendencia: “Severance”, “Only Murders in the Building”, “The Bear”, “Slow Horses” y “The Diplomat” repiten presencia tras haber sido protagonistas de la última temporada de premios. La única verdadera irrupción es “Pluribus”, la nueva serie de Vince Gilligan, que logra romper el cerco de títulos ya consagrados.
Incluso el star system, históricamente central en los Globes, aparece este año algo desplazado. Sí, están Julia Roberts, Jennifer Lawrence, Dwayne Johnson, George Clooney y Timothée Chalamet, pero muchos de ellos provienen de películas con escaso impacto comercial. La paradoja es evidente: el glamour sigue siendo parte del ADN del evento, pero ya no garantiza centralidad cultural.

Todo esto sucede mientras la industria atraviesa un momento de alta volatilidad: fusiones, recortes, reconfiguración del streaming y movimientos corporativos que incluyen desde el acuerdo Netflix–Warner Bros. hasta la ofensiva de Paramount. En ese contexto, los Golden Globes parecen haber encontrado una nueva identidad: menos complacientes con el mainstream, más alineados con el cine de festivales y más cercanos al modelo global que ya adoptó la Academia.
También está el clima.
A diferencia del Oscar, los Golden Globes no esconden su ADN festivo: alcohol en las mesas, discursos descontracturados y una ceremonia que se vende —con razón— como “la fiesta de Hollywood”. Que Nikki Glaser repita como anfitriona refuerza ese tono: ironía, filo y conciencia de que el espectáculo es parte del mensaje.
Como antesala del Oscar, los Globes no son un oráculo infalible, pero sí un radar muy fino. Marcan quiénes llegan lanzados, quiénes necesitan remontar y qué películas o series ya lograron instalarse en la conversación. A partir del 11 de enero, la carrera entra en su fase decisiva. Y, como suele ocurrir, muchas de las estatuillas doradas que se entregarán en marzo ya empezaron a insinuarse bajo el brillo —menos solemne, pero igual de estratégico— de los Golden Globes.
por R.N.
















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