Mundo, Opinión / 1 de Abril de 2017

Trump ya tiene el enemigo perfecto para una guerra

Con su gobierno golpeado por los últimos reveses, Trump necesita un conflicto de envergadura que tape todo. Kim Jong Un aparece como el rival a su medida.

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Imitadores. Caracterizados como el dictador coreano y el presidente estadounidense, dos actores anticipan el enfrentamiento.

Trump no logra respaldo ni siquiera en la totalidad del Partido Republicano. La peor muestra de su falta de liderazgo estuvo en el fracaso parlamentario de su plan de salud para reemplazar el Obamacare. Lo sabotearon los propios republicanos. Para colmo, lo sobrevuela el fantasma del juicio político por el “Rusia-gate” y, llegado el momento, habrá muchos conservadores bajándole el pulgar.

Involucrar al ejército para liquidar a ISIS en Raqqa, su capital siria, no alcanza. El califato lleva tiempo perdiendo terreno en Siria por los bombardeos rusos, mientras que Obama dejó la presidencia con las fuerzas de reconquista de Irak cercando la estratégica Mosul. En buena medida gracias al apoyo de Obama, los jihadistas quedaron acorralados en el oeste de la capital de la provincia de Nínive por los kurdos que avanzaron desde el Norte y desde el Este, y por el ejército de Irak y las milicias chiítas que avanzaron desde el Sur.

Aunque Trump incremente la participación norteamericana y le dé algún protagonismo en la caída del califato, para que los republicanos y la sociedad cierren filas tras su liderazgo necesita una guerra en la que tenga la exclusividad.

Corea del Norte parece tener todos los números en el sorteo del mejor blanco para un conflicto. Bannon prefería China, por su expansionismo marítimo a costa de Vietnam, Japón, Filipinas, Brunei, Singapur y Malasia. Pero a esta altura ya le habrán explicado que los riesgos son demasiado grandes y que China tiene, incluso, armas económicas para jaquear a Estados Unidos.

Peligro incalculable

Que una acción militar contra China pueda crear una situación incontrolable no implica que Corea del Norte sea un blanco sin grandes riesgos. Un régimen lunático que posee armas nucleares, es el equivalente a un volcán cuya erupción devastaría lo que está a su alcance. En este caso, Corea del Sur y Japón. Lo que coloca a los norcoreanos en la mira de Trump, es precisamente China.

Para Beijing, proteger al Estado que está en la frontera de Manchuria es estratégico; pero hay síntomas de que China está perdiendo la paciencia con el indómito e impredecible Kim Jong-un.
Hay señales de que en Beijing consideran que Kim Jong-un es impredecible, temerario y tiene incontinencia criminal. Por eso China protegía a Kim Jong-nam, el hermano del sicópata que reina en Pyongyang.

Llevaba años vagando en el exilio. A veces se radicaba en China pero también alternaba sus residencias con Macao y Malasia. El primogénito de Kim Jong-il, que quedó fuera de la línea sucesoria, llevaba tiempo criticando el régimen de su hermano menor y diciendo que éste lo quería asesinar. Finalmente pasó.

Lo curioso no es que Kim Jong-nam haya muerto por orden de su medio-hermano. Lo curioso es que la orden dada por Kim Jon-un no haya sido acompañada por la indicación: “que parezca un accidente”.
Como en las películas de James Bond y en las novelas de Graham Green, lo envenenaron en un aeropuerto. Dos mujeres lo abordaron mientras hacía la cola del check-in. Bastó que le pusieran en la cara un pañuelo con veneno durante breves segundos, para que muriera pocos minutos después.

Las salas de embarque de los aeropuertos son los lugares con más cámaras filmando todo. Si el líder norcoreano hubiera querido crear dudas sobre la muerte de su hermano, habría indicado “que parezca un accidente” y a Kim Jong-nam lo hubiera atropellado un auto.
Por lo tanto, matarlo como lo mató, implicó dar un mensaje. ¿A quién? Al que lo protegía: China.

Para el líder norcoreano, el problema no era que China lo protegiera; sino que el gobierno de Xi Jinping planeara reemplazarlo por su hermano, para poder controlar totalmente al régimen norcoreano.
Si ese era o no el plan chino, es difícil de saber con certeza. Lo probable es que eso pensara Kim Jong-un.

Lo prueba el asesinato de su hermano en Kuala Lumpur. De tal modo, no sería de extrañar que, esta vez, en lugar de proteger al régimen norcoreano como hizo desde la guerra de la década del cincuenta, China negocie secretamente con Washington para que lance un ataque fulminante contra los arsenales misilísticos y las bases militares de Corea del Norte.

El todo por el todo

El riesgo es inmenso, porque el país del “totalitarismo absoluto” parece gobernado por un régimen kamikaze al que no le importa desaparecer de la faz del planeta si puede borrar del mapa a Corea del Sur y alguna que otra ciudad japonesa. Pero Trump necesita cada vez más desesperadamente una guerra que modifique el escenario político.

Su gobierno nació cuadripléjico, las bancadas republicanas están en estado catatónico y las voces más respetadas del Great Old Party, desde John McCain hasta Colin Powell, pasando por la familia Bush, lo describen como un impostor demagógico y peligroso. Dado que su llegada al poder sería consecuencia de una conspiración con Moscú, una guerra de gran porte será cada vez más necesaria para conjurar el Rusia-gate y su marcha inexorable hacia el patíbulo del juicio político.

 

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