Mundo, Showbiz / 21 de Mayo de 2017

Eurovision song: la debacle de la cultura europea

El Festival de la canción es un fiasco. Aunque se esmeran en cantar en inglés, los ganadores no logran hacer carrera .

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de los cuarentaydos países participantes en el Eurosong 2017, solamente un puñado de intérpretes se atrevió a cantar en su idioma.
De los cuarentaydos países participantes en el Eurosong 2017, solamente un puñado de intérpretes se atrevió a cantar en su idioma.

El festival que supo descubrir a ABBA y Celine Dion, donde desfilaron créme de la créme de la música pop europea, se fue convirtiendo en una extravagancia kitsch. El producto de una empresa que fabrica versiones de una misma canción anémica, apoyada por más o menos la misma pirotécnica y escenografía, repartiéndolas luego a Chipre, Dinamarca o Eslovenia, sin pensar dos veces sobre la tradición cultural de dicho país.

Historia 

Un año antes de la firma de Tratado de Roma, que gradualmente llevó a lo que hoy en día es la Unión Europea, los fundadores del Eurovision Song (léase: los fundadores de la UE) idearon el festival de la Unión de la radiodifusión europea (European Broadcasting Union) como una ayuda original a la integración europea incipiente.

Usaron la popularidad de los festivales musicales (como el de San Remo) para subrayar lo que desde entonces se usa como el lema principal de la diplomacia cultural europea dentro y fuera de la UE: la identidad de la cultura europea se basa en el principio de la unidad en la diversidad.

Quien tuvo la suerte (?) de ver Eurovision Song 2017, que tuvo lugar en Kiev (Ucrania) el fin de semana pasado, pudo leer lo mismo: “Unity in diversity“, como el principio aún vigente. Lo único que en lugar de la diversidad –léase particularidad individual–, de las diferentes tradiciones musicales nacionales, se escuchó casi una misma matrix en cuarenta y tantas versiones, pálidas imitaciones de las cancioncitas más comerciales norteamericanas, dignas del repertorio de Justin Bieber. Si no fuera por el ganador portugués, ilusionado en convertirse en un Caetano Veloso lírico del Viejo Mundo, de Europa escuchamos nada.

Como reza uno de los discos de Led Zeppelin: “La canción sigue siendo la misma”. ¿Pero cuál canción? De ninguna manera la europea. ¿A quién se le ocurrió la idea genial de (casi) obligar a los interpretes de (casi) todos los países de la Unión Europea y de los que pretenden a serlo en un futuro cercano o previsible, cantar en un mismo idioma? Y para colmo en inglés.

El inglés puede ser hoy el esperanto del mundo político, informático y comercial, pero no es el idioma oficial en ninguno de los países de la UE (con parcial excepción de Malta y tomando en serio el Brexit). Lo que nos sugiere el Eurosong hoy es que la unidad, empero, no existe más en la diversidad, sino en una utopía colectiva que profesa la conversión instantánea de la música popular europea en un producto globalizado bajo la tutela de una tradición que, en lugar de dos mil, suma a penas unos cientos años. El resultado sería comparable con la competencia coreana de los imitadores de Elvis Presley.

Cipayos

Evitemos el malentendido: no soy un anti-yankees. Y me encantan la adolescente música norteamericana: desde los endemoniados violeros tejanos, pasando por el soul de Detroit, el blues de Chicago y Memphis, y una enorme cantidad de roqueros y jazzeros, además de una sinfonia de Samuel Barber. Pero también me gustan el fado, el cante jondo, la canzoneta romana y napolitana, los violinistas satánicos de Panonia y de los Karpatos, las chançon franceas, las valses guerreros rusos, el sirtaki griego y el jazz caliente de los fríos escandinavos.

Probablemente por el orgullo visceral, de los cuarenta y dos países participantes en el Eurosong 2017, solamente un puñado de intérpretes se atrevió a cantar en su idioma. Los Balkanes, Benelux, Escandinavia, la Europa oriental y central, los países conectados con Europa solamente por el oleoducto y por una dudosa especulación geográfica… Todos, incluida Rusia, cantaron en inglés.

Como un europeo integracionista empedernido, puede ser que soy anticuado o injusto. Quizás la Europa unida ya hace tiempo quiere ser la otra América, y solamente le resulta incómodo confesarlo en público a todo el mundo que la re-conquista ya ha comenzado.

Quizás por eso cada vez mas en todos los calendarios de buenos consumidores aparecen Halloween y Thanksgiving Day, y desde las vidrieras se agitan los SALE!, y nunca “entra”, ni “aktion”, “sniženje”, “saldi” o  “rebajas”.

Como integrante de la Delegación de la Unión Europea en Argentina, desde hace unos quince años participo en la organización de las muestras anuales del cine europeo. El plato fuerte y la mayor atracción de estas manifestaciones no-comerciales era -y sigue siendo- la diversidad de las obras cinematográficas europeas que, sin embargo, mantuvieron un gusto reconocible del “cine de autor” europeo, claramente distinto de las mega-producciones hollywoodenses.

Los cinéfilos apreciaban la oportunidad de ver las películas eslovenas, rumanas, belgas, polacas, griegas, lituanas, pero también de escucharlas en sus idiomas originales, siguiendo el subtitulado en castellano. En la apretadísima agenda cultural porteña, las muestras del cine europeo son, a pesar de la férrea competencia, siempre bien atendidas, manifestando la identidad europea, ni mejor ni peor de las otras, pero reconocible ya a primera vista.

Igualdad cero

No es ningún secreto que el pop-festival de Eurovisión siempre tuvo su lado político. De eso hay mucha evidencia periodística desde la época de la Guerra Fría, cuando Yugoslavia ingresó en 1961, cinco años después del inicio, manifestando su independencia del bloque soviético y su cercanía a la cultura occidental. Ni los niños en en el jardín de infantes hoy en día creen, si observan esta manifestación anacrónica, empapada en juegos de sanciones, boicots y castigos, que un jurado imparcial y justo garantiza una competencia sana de los músicos talentosos. Pero enviar, además, un mensaje políticamente muy incorrecto ¡es otra cosa! Supuestamente por un número demasiado grande de participantes (léase: por el éxito de la política integracionista europea), el núcleo duro de la EU tienen asegurado el lugar en la final de la “competencia”.

Mientras tanto, los países novatos tienen que ganar en calificaciones su lugar en la gala final. Es la tantas veces descartada y negada teoría de la “Europa de dos velocidades” hecha en práctica. Ningún proceso de integración, ni siquiera el más exitoso, el europeo, no puede simultáneamente profundizarse y ampliarse sin un daño colateral.

La historia lo demostró. Los organismos supranacionales de toma de decisiones se convierten en unos entes hipertrofiados y más numerosos que el comité central del partido comunista chino. Alguien debe mantener el orden. Con la inclusión directa en las finales de Eurosong de los „países fundadores“, la Eurovisión se convierte en la primera institución que reconoce la existencia de la “elite europea”, a los europeos de la primera y de la segunda clase.

Al tacho

Los gurúes de la diplomacia pública en Bruselas tendrían cuanto antes de deshacerse del Eurosong. En mis años mozos de periodismo, cuando presentaba mi artículo, un editor solía decirme: “En principio, tu nota es buena, solamente necesita ser profundamente reorganizada“.

Con la cultura popular oficialmente el estatus de una poderosa herramienta, capaz de llevar acabo la diplomacia pública, alguien debería decir a los gerentes de la empresa musical lo mismo. O borrarle ese “euro” al nombre y tomar distancia, convirtiéndole en una gran extravaganza internacional de la música pop, abierta a todo el mundo, terminando de una vez con la envidia de los excluidos que como nosotros siguen preguntándose qué tiene que ver Australia con la canción europea. C’est fini.

 

3 comentarios de “Eurovision song: la debacle de la cultura europea”

  1. Este artículo tiene varias imprecisiones, empezando por el nombre del concurso, que jamás fue conocido como “Eurovision Song” sino como “Eurovision Song Contest” o “Festival de Eurovisión”. Otra falta importante es el slogan que se menciona. Este año el slogan fue “Celebrate Diversity”, y no “Unity in Diversity”, como Branko Andjic menciona en la nota. Éstas, entre otras imprecisiones salpicadas de varios errores de escritura, muestran un franco desconocimiento en materia eurovisiva.
    Es imposible comparar un festival de música popular, donde los artistas sólo persiguen eso, la popularidad, otorgada por medio del voto de la gente usando sus celulares; con una muestra de cine arte, destinada a una élite de cinéfilos. Son dos mundos opuestos, ninguno mejor o peor que el otro, simplemente diferentes.
    Por otra parte, justamente es la búsqueda de esa popularidad la que ha hecho que año tras año más y más participantes se inclinen por el idioma inglés, algo que de ningún modo es impuesto por nadie más que por los mismos aspirantes a obtener el popular trofeo. Aunque cabe destacar que este año, el tema ganador, representante de Portugal, fue una elegante canción con aires retro, cantada totalmente en portugués, y que no podría estar más alejada de los sonidos actuales norteamericanos.
    Precisamente, cuando Branko Andjic compara al Festival de Eurovisión con los estilos musicales que lideran los ránkings estadounidenses, es cuando considero que comete la mayor de las imprecisiones. Si hay algo que me atrae y hace que desde más de una década atrás no me pierda ninguna edición de este festival, es que su música es muy diferente a la de los yanquis, tan desbordada de rap, regaeton y otras otras malas hierbas. Si bien es cierto que cada vez se busca mostrar presentaciones cada vez más espectaculares, con más tecnología, mejores recursos e impactantes efectos escénicos, ahí terminan todas sus ínfulas americanas, y los ganadores de los dos últimos años son la muestra más contundente de eso.
    Podría seguir aclarando otras imprecisiones propias de quien opina sin conocer a fondo un tema, pero no quiero seguir extendiéndome, así voy a cerrar mencionando que más allá de cualquier controversia e intrusiones políticas en este festival de música (inevitables en cualquier evento tan masivo y tan longevo), el Eurovision Song Contest es seguido en directo todos los años por más de mil millones de personas. Por lo tanto, su objetivo de brindar un entrenamiento popular y masivo, está cumplido con creces.

  2. Salvo Gran Bretaña, Europa nunca se destacó mucho en los géneros del pop o del rock, que tienen su centro en USA. Europa tiene el orgullo de ser la cuna de la música clásica, eterna.

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