Opinión, Política / 13 de julio de 2018

¡Viva la desilusión!

Ecos de la edición anterior. Kovadloff, desencanto y “sufrimiento programático”. Nietzche, posverdad y reconcepción del futuro.

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En la edición anterior de NOTICIAS, la del globo amarillo desinflado y sin título de tapa que ahora ilustra esta doble página, escribió el filósofo argentino Santiago Kovadloff:

“Hay desaliento. Es una enfermedad cultural. (…) Hay decepción en sectores de la clase media por la imposibilidad de llevar adelante un milagro fruto de un discurso demagógico que intentó encubrir la responsabilidad que tenía para resolver problemas. En nuestro país, la ilusión de salir rápido de las crisis suele ser una propensión marcada en la historia. Desconocemos la idea del sacrificio programático, aunque no el sacrificio pedido como consecuencia de la pobreza, los desaciertos o la demagogia”.

Kovadloff es un macrista enfático, aunque racional. Sus palabras compendian, con calma, espíritu didáctico y cero ánimo destructivo, las sensaciones negativas hacia el Gobierno que últimamente inundan las encuestas. Habla del desaliento como efecto somático de la desilusión. Y la cuestiona, sin echar culpas, en cuanto mal casi genético de la argentinidad.

Hace dos semanas, en este mismo espacio, publiqué “Crítica de la pasión”. De golpe, un gol agónico de Marcos Rojo había logrado tapar los despropósitos de la Selección y de la AFA, y pasábamos a octavos de final dispuestos a cumplir con el mandato de la historia. La ebriedad milagrera duró poco. Ganó la realidad, vestida de azul Francia. El apasionamiento como único recurso nubla el raciocinio.

Hoy quiero elogiar la desilusión. De golpe, un trimestre de cachetazos económicos alcanzó para conjurar el hechizo del “mejor equipo de los últimos 50 años” y ya veremos si a Mauricio le toca el 2019 que tenía previsto. Solemos vivir la ilusión como un triunfo propio casi cantado y su previsible contraparte, la desilusión, como traición ajena. Más como desengaño que como desencanto. Porque a nosotros no nos encanta nadie. No somos tan boludos, ¿eh? Nada más se las arreglan para engañarnos. Ellos. Los otros. Siempre.

Acaso la raíz de tan recurrente problema esté, de veras, al alcance de la mano. Frente al espejo, digo. Y la salida, por qué no, en declararle la guerra a la ilusión.

Denominamos ilusión a un “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugerido por la imaginación o causado por engaño de los sentidos”. También a la “esperanza acariciada sin fundamento racional”. Proviene del latín “illusio”, que significa engaño.

La sabiduría popular, sin embargo, apaña la ilusión y la propala en el espacio y en el tiempo y la inocula generación tras generación, dado que, con más o menos énfasis, “no se puede vivir sin ilusión” o “de ilusión también se vive”. Cierto. No deben existir convenciones abstractas, y por lo tanto ilusorias, más extendidas que el lenguaje y las matemáticas. ¿Hay un estímulo más apasionante que la ilusión amorosa para la reproducción de nuestra especie? ¿Pueden salvarse vidas o fabricarse naves espaciales sin vocación? Claro que las palabras, los números y los juramentos, románticos o de cualquier clase, pueden resultar demoledoramente engañosos.

La desilusión es una especie de enfermedad cultural, como bien señala Kovadloff. Se manifiesta en el cuerpo y en la psiquis. Fatiga. Deprime y/o enfurece. Pero a no agrandarse, Don Santiago: tampoco es un mal típicamente argentino. El círculo vicioso ilusión-desilusión, así como la pelea ilusión-irrealidad versus ilusión-motor, desvelaron a pensadores de todas las escuelas y tendencias desde el vamos. “Para ser un buen filósofo hace falta ser seco, claro, sin ilusiones”, decía Nietzche, para quien estas últimas se manifiestan, sobre todo, en el arte, en la metafísica y en la moral. La ilusión artística es catártica, exorciza los dramas. El ser humano es el único capaz de soñar despierto con una noción de futuro. La ilusión es anticiéntifica. Materia prima de predicadores, vendedores y políticos. Creer es un acto pasivo devenido de la ilusión. Saber: ¡ese es el asunto! Somos un conjunto de ilusos pasionales. En la más absoluta convicción sobre este punto se anclan las más exitosas campañas electorales y de marketing.

La Era de la Posverdad es una etapa de ilusiones volátiles, pasajeras, urgentes, cortoplacistas. Rebautismo y consagración global de la mentira en cuentagotas. Volviendo a Nietzche, ya no sólo “Dios ha muerto”: también los ideales totalizadores del siglo XX, es decir, la ilusión de las certezas permanentes. El futuro es un deseo fragmentado. Difuso. Esquivo. Puro presente.

Dice la filósofa española Remedios Ávila Crespo:
“Las ilusiones no son simplemente errores que afecten a un contenido particular del pensamiento, ni tampoco simples mentiras que surjan del conflicto entre lo que decimos y lo que pensamos; son algo mucho más complejo. Por un lado, afectan a la totalidad de nuestra visión del mundo; por otro, no se corrigen mediante el ejercicio de una ‘buena voluntad’ moral. Se necesita una conciencia crítica capaz de desmontar sin complicaciones una perspectiva distorsionada, aunque para ello deba pagarse un elevado precio: el desengaño, la desilusión. La filosofía es una actividad desenmascaradora. Su propósito es el desengaño. Es un ejercicio infatigable de desilusión”.

A su vez, advierte la citada catedrática de la Universidad de Granada:
“La ilusión tiene el doble sentido del falseamiento y, por otro lado, de ser fuerza vital y carga motivadora. El propósito de la desilusión puede ser desmoralizador”.

Pobreza cero: noble ilusión.

Vencer a la inflación es saber gobernar: ilusión profesional.

Bajar subsidios con trabajo genuino: ilusión de progreso.

Adiós Impuesto a las Ganancias para los asalariados: reparadora ilusión.

Unidad nacional: ilusión republicana…

La ilusión “Cambiemos”, según Kovadloff y todas las encuestas, está en crisis. Desinflada, según la tapa “muda” de NOTICIAS. Surgió más del hartazgo que del amor. Con palabras sencillas y mohínes new age.

Futuro. Seis letras que simbolizan todo, pero que cambian de sentido si en la foto está Cristina Kirchner yéndose o Christine Lagarde llegando.

La palabra se ha devaluado más que el pobre peso.

De golpe, al Gobierno lo inquieta, lo ensimisma y lo aturde la aguja loca del ilusionómetro. Traspié tras tropezón, ya es oficial que ahora se trata de tirar toda la carne al asador. Y que, en el intento, Macri el estadista puede comerse a Mauricio, el candidato, siempre y cuando las cosas salgan bien. Es decir, con dolor y lágrimas pero sin sangre.

Es como si hubiesen llegado a ponerse de acuerdo en que la desilusión podría ser un desenlace inevitable. ¿Cómo impedir, si así fuese, que derive en desánimo o en una nueva ilusión demagógica?

Quizás Kovadloff haya dado en la tecla con aquello del “sacrificio programático”, para lo cual el país necesitaría, primero que nada, un programa. Un plan que vaya más allá de los dudosos pronósticos sobre el próximo trimestre o la elaboración consensuada del Presupuesto 2019 como si se tratara de un Pacto de la Moncloa. Por lo demás, dicho sacrificio debería ser parejo. Abandonar el terreno supercheril de la creencia y recuperar la confianza depende de gestos contundentes. Creer es cosa de espectadores. Paraliza. Quien confía, acompaña. Se mueve.

Cito una vez más a la profesora Ávila Crespo:
“Debemos establecer un criterio que nos permita diferenciar las ilusiones negativas de las positivas, para clasificarlas y jerarquizarlas. Las ilusiones son siempre ‘síntomas’. Revelan y encubren un origen, un tipo de vida. Al filósofo, como al médico, le corresponde analizar esos ‘síntomas’ y establecer un diagnóstico, que consiste poner en relación un tipo de ilusiones con un tipo de vida deseable y posible”.

No está mal reclamarle voltaje (y honestidad) intelectual a un Gobierno de CEOs. Tampoco esperar que un ingeniero le incorpore sensibilidad de médico al diagnóstico y al momento de la cirugía. Dos datos que hablan del más doloroso déficit del Estado argentino:

* Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, la mitad de los niños de nuestro país son pobres.
* Según el International Study Center, los alumnos que ingresan a la secundaria están entre los menos preparados del mundo en matemáticas.

Lo urgente sería reconsiderar una noción de futuro acorde a la vida real. Si el precio es alguna desilusión, bienvenida sea.

 

*Jefe de Redacción de NOTICIAS.