Opinión, Política / 1 de septiembre de 2018

Cristina Fernández y los penitentes

Saben que Néstor, Cristina y sus adláteres llenaron sus propiedades de botín, pero sienten que sus enemigos son tan malévolos que actúan como si sólo fuera cuestión de una campaña eficaz.

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Ilustración: Pablo Themes.

Parecería que han pasado de moda los pactos de silencio que antes servían para mantener fuera del alcance de la ley a guerreros sucios, revolucionarios, mafiosos, coimeros, curas pedófilos y otros. En círculos determinados, ya no es considerado irremediablemente malo ser un buchón, un traidor que, con la esperanza de ahorrarse algunos años de cárcel, se “arrepiente” formalmente de haber colaborado con bandas de ladrones que se alzaron con vaya a saber cuántos miles de millones de dólares o euros, dejando casi vacío al país y obligando al Gobierno que heredó el desaguisado a peregrinar por el mundo mendigando limosnas.

Si fuera posible tomar en serio lo de “arrepentimiento”, sería conmovedor el espectáculo que están protagonizando los funcionarios que en su momento ocupaban puestos clave en uno de los gobiernos kirchneristas, empresarios sumamente respetables e incluso choferes que están desfilando frente a jueces severos y periodistas, para explicar en detalle cómo sus jefes se las arreglaron para apropiarse de cantidades asombrosas de dinero, pero sólo se trata de un eufemismo. Lo que estamos viendo son los primeros resultados de la aplicación aquí de una modalidad polémica importada de Estados Unidos, la de la justicia penal negociada, en que se premia a delatores que han sido cómplices del acusado y que por tal motivo distan de ser sujetos confiables.

Por cierto, no es que todos los integrantes de la clase política nacional y sus amigos del sector privado estén resueltos a confesar sus pecados con el propósito de procurar en adelante ser dechados de virtud cívica. Hay rebeldes que no cumplirán dicho rol en público para edificación de la buena gente. La más notable es Cristina.

Como una Édith Piaf rediviva, la ex presidenta y líder actual de un movimiento mesiánico de ideología casera que todavía cuenta con el respaldo de varios millones de personas, aseguró a los demás senadores que “no me arrepiento de nada de lo que hice”, palabras que hacen recordar la letra de la canción más célebre de la gran diva francesa aunque, a diferencia del Gorrión de París, no cree que todo esté perdido. A la señora sigue importándole el pasado con tal que sea el del relato imaginativo que confeccionó con la ayuda de sus adeptos. ¿Es que se cree inocente de todos los cargos? Puede que sí, que en su opinión el que los estén formulando personajes que no la quieren es más que suficiente como para absolverla y que, pensándolo bien, sólo fue cuestión de la apropiación de algunas baratijas y plata “para la política”. Sea como fuere, su caso particular plantea un desafío que, en los años próximos, mantendrá bien ocupados a centenares, quizás miles, de psicólogos, historiadores y novelistas.

A sus seguidores no les gustaría reconocerlo, pero Cristina tiene mucho en común con otro dirigente popular, el norteamericano Donald Trump. Para la indignación estupefacta de sus muchos enemigos, “el hombre más poderoso del mundo” suele calificar de falsa toda la información que no le complace o que podría ocasionarle problemas legales. Aunque muchos simpatizantes de Trump entienden que algunas acusaciones pueden justificarse, desconfían tanto de los medios periodísticos tradicionales, las elites costeras, los servicios de inteligencia y la versión local del “círculo rojo” que está dominada por personas cercanas al Partido Demócrata – lo llaman “el pantano”, que se niegan a darle la espalda.

Algo parecido ocurre con ciertos kirchneristas. Saben muy bien que Néstor, Cristina y sus adláteres llenaron sus propiedades de botín –lo encontrado por quienes hace poco allanaron algunas casas y departamentos fue aleccionador–, pero sienten que sus enemigos, en especial Mauricio Macri, son tan malévolos que hablan y actúan como si sólo fuera cuestión de una campaña propagandística fenomenalmente eficaz.

Para tales fieles, los agentes del imperio yanqui neoliberal están librando una guerra sin cuartel contra los pueblos latinoamericanos. Ya han conseguido meter entre rejas a Lula e instigar a más de dos millones de venezolanos a huir de la República Bolivariana regida por el hijo de Chávez, Nicolás Maduro. Quieren que Cristina sea la próxima víctima de su saña reaccionaria.

En tiempos como los que corren en que todo, hasta el sexo, se politiza, la verdad es lo de menos, lo que es comprensible puesto que una buena mentira puede ser mucho más atractiva. La historia de nuestra especie está repleta de ejemplos de hombre y mujeres inteligentes, cultos y muy bien informados, que se aferraron con tenacidad a alternativas horrorosas porque se resistían a resignarse a la realidad a su juicio indigna que el destino les había proporcionado. No extraña, pues, que en los barrios mugrientos del conurbano en que la recesión está causando cada vez más miseria haya una multitud de personas que aún creen en el alegre evangelio kirchnerista. Advertirles que el regreso al poder de la señora y sus acompañantes acarrearía el peligro de que la Argentina sufriera una catástrofe humanitaria parecida a la venezolana no sirve para mucho. Para ellos, la prioridad ha de ser oponerse al Macri y les encanta hacerlo en nombre de lo que más temen los partidarios de Cambiemos; que el país recaiga en el populismo vengativo y autodestructivo que se ve representado hoy en día por Cristina.

Algunos estrategas oficialistas supondrán que el eventual triunfo del kirchnerismo en una interna pan-peronista facilitaría la reelección de Macri por ser tan mala la oferta opositora, de suerte que al Presidente le convendría que siguiera vigente la doctrina de Miguel Ángel Pichetto según la cual la ex presidenta debería quedar en libertad para candidatearse hasta que la Justicia la haya condenado. Si no fuera por el estado nada feliz de la economía, tal planteo tendría sus méritos, pero cuidado con lo que deseas: no es descartable que, andando el tiempo, un segmento de la población se sienta tan angustiado por el deterioro constante de su calidad de vida y lo sombrías que son las perspectivas frente al país que votaría por virtualmente cualquier candidato que se comprometiera a mejorarla.

Por lo demás, no cabe duda de que el Senado y el resto de la clase política nacional han sido desprestigiados por la sensación de que, gracias a la solidaridad de los “padres de la Patria”, Cristina sigue siendo intocable a pesar de toda la evidencia en su contra, y que no sólo aquí sino también en el exterior hay dudas en cuanto a la voluntad de las elites locales de combatir la corrupción con el vigor necesario. Al fin y al cabo, nadie cree en la sinceridad de todos aquellos “arrepentidos”; no los motiva la voluntad de contribuir a un hipotético renacimiento moral del país sino la de congraciarse con jueces que podrían encarcelarlos.

La Justicia tiene su propia lógica. Si funcionara bien, sería inconcebible que los claramente culpables de cometer delitos gravísimos no pagaran el precio previsto por el código penal, pero sucede que en la Argentina los fiscales y jueces en su conjunto siempre han sabido respetar los tiempos de la política. Intensifican sus esfuerzos cuando las circunstancias lo aconsejan, sólo para ir mucho más despacio si hay señales de que los vientos podrían estar por cambiar de dirección. De difundirse la impresión de que el peronismo, con algunas patas kirchneristas o sin ellas, podría volver al poder, sería más que probable que se frenara la ofensiva que está en marcha, lo que no ayudaría en absoluto al país a conseguir las inversiones que tan desesperadamente necesita.

El proyecto de Macri se basa en la idea de que le será posible persuadir a quienes mandan en el mundo desarrollado a subsidiarlo por algunos años, ya que sería de su interés que la Argentina recuperara el papel internacional que había desempeñado hasta las décadas iniciales del siglo pasado. Mal que les pese a quienes preferirían no verse constreñidos a rendir cuentas ante la Justicia por lo que hicieron en el pasado no tan lejano, para merecer la confianza ajena, el país tendría que adquirir la reputación de estar relativamente libre de corrupción.

No es que todos los empresarios y financistas norteamericanos, europeos y japoneses se destaquen por su honestidad personal, es que hasta los más inescrupulosos entienden que en sus propios países las autoridades no vacilarían en castigarlos si caen en la tentación de adoptar costumbres que son típicas de sociedades en que las reglas son distintas de las presuntamente vigentes en el mundo desarrollado.

La corrupción rampante es mala no sólo por las razones éticas reivindicadas por moralistas sino también porque, mientras persista, continuará privando al país de muchísimo dinero, perjudicando principalmente a quienes menos tienen pero que, así y todo, son los más propensos a apoyar el orden tradicional. Aunque es imposible estimar con precisión cuánto le cuesta a la Argentina ser considerada tan corrupta como Benín, Kosovo y Swazilandia, los países que la escoltan en la lista más reciente de Transparencia Internacional, pero será cuestión de la diferencia entre una salida relativamente fácil de la crisis en que está atrapada y largos años de austeridad exasperante.