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Opinión / 16 de diciembre de 2011

El fantasma de Perón

Revisionismo. Cristina criticó al fundador del movimiento en su discurso de asunción. Dijo que no le simpatizaban las huelgas.

Ilustración: Pablo Temes.

Si el nombre que eligieron para la asociación de ayuda mutua que han formado significara algo, los militantes de La Cámpora se prosternarían todos los días frente a un altar con un ícono del general Juan Domingo Perón y de su santificada segunda esposa, Evita, honrando así la memoria del legendariamente servil odontólogo de San Andrés de Giles, pero sucede que su actitud hacia el militar que echó a “los imberbes y estúpidos” de la Plaza de Mayo es, por decirlo de algún modo, un tanto ambigua. También lo es la de Cristina. Parecería que, lo mismo que su marido, la Presidenta desprecia el “pejotismo” tanto por motivos estéticos como por entender que le sería inútil confiar en la lealtad de un aglomerado de conversos seriales que siempre estarán dispuestos a seguir al cacique más votado de turno sin preocuparse en absoluto si su “relato” es revisionista, izquierdista, neoliberal, neofascista o cualquier otra variante ideológica concebible.

Aunque por razones que podrían calificarse de pragmáticas la Presidenta se afirma peronista, ya apenas disimula su voluntad de consignar el movimiento en que ha militado y del cual es la jefa formal al pasado por suponerlo anticuado, reemplazándolo por algo mucho mejor: el kirchnerismo o, si se prefiere, el cristinismo.

Que Cristina quisiera ver sepultado a Perón puede entenderse. Con la presunta excepción de Héctor Cámpora, todos los mandatarios nacionales, incluyendo a Perón mismo en sus días finales, entendían que el movimiento comprometido con un modelo socioeconómico corporativista, clientelista y congénitamente autoritario que fue ensamblado por una cofradía de golpistas filonazis cuando la Segunda Guerra Mundial estaba por terminar frenaba el desarrollo de la Argentina por ser esencialmente conservador. Y todos, de un modo u otro, procuraron ya reprimirlo o prohibirlo, ya desmantelarlo, canibalizarlo o, decían, modernizarlo, pero para su frustración sus esfuerzos en tal sentido no prosperaron.